A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
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Ecos de otro tiempo
El sol comenzó a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, y las luces cálidas de El Confín volvieron a ser el faro que guiaba a todo el barrio. Con la llegada de la tarde, el ambiente cambió: la charla se hizo más animada, el sonido de las bolas de billar comenzó a escucharse de nuevo al fondo y el lugar se llenó de esa energía especial que solo Alejandro sabía crear.
Él estaba en su puesto habitual, detrás del mostrador. Impecable como siempre: cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada, camisa de tela suave que se adaptaba a su cuerpo atlético, y esos ojos claros que brillaban con intensidad, observándolo todo. Desde que aquellos dos hombres se habían marchado horas antes, algo había cambiado en él. Por fuera seguía siendo exactamente el mismo: sonriente, amable, el dueño que recuerda el nombre de todos y trata a todos con encanto. Pero por dentro, una alerta silenciosa se había encendido, esa capacidad de notar lo que otros ignoran, esa calma absoluta ante lo desconocido... cosas que él tenía desde siempre, o al menos, eso era lo que él hacía creer.
Se movía entre las mesas con suavidad, sirviendo, charlando, riendo, pero su mente analizaba cada detalle. Sabía que aquellos hombres no habían ido por casualidad. La forma en que miraban, las palabras que eligieron, la manera en que se retiraban cuando él se acercó... todo eso le había dicho mucho, aunque no podía explicarle a nadie cómo ni por qué lo notaba. Simplemente, tenía ese don, esa forma de ver las cosas. Algo le decía que el pasado, ese pasado del que nunca hablaba, caminaba cerca, pero él estaba decidido a mantenerlo bien lejos de la luz.
—Estás muy callado hoy, amigo —dijo Lucas, acercándose a la barra con su bebida en la mano, interrumpiendo sus pensamientos—. Más de lo habitual. ¿Pasa algo malo? Te noto atento a todo, más de lo normal.
Alejandro limpió un vaso con calma, pasando el trapo una y otra vez, mirando el cristal como si en él pudiera ver las respuestas. Levantó la vista y clavó sus ojos claros en los de su amigo, con esa mirada tranquila y segura que siempre usaba para no preocupar a nadie.
—Nada malo, Lucas. Solo... que conozco bien a la gente de por aquí. Y hoy vi caras nuevas que no parecían venir solo a tomar algo. Uno aprende a distinguir cuando alguien viene a mirar en lugar de venir a disfrutar, ¿me entiendes? —respondió con voz baja y serena, sin dar más explicaciones—. Solo quiero cuidar este lugar y que todo siga igual de tranquilo.
Lucas asintió, sin sospechar nada más. Para él, Alejandro era simplemente un hombre muy observador, muy perfeccionista y muy protector con lo que había construido. No había razón para pensar en nada más.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Un hombre de mediana edad, de traje oscuro y porte serio, casi rígido, entró acompañado de dos personas más. No parecían clientes habituales, ni siquiera gente que buscara divertirse. El aire cambió en todo el local; hasta la música pareció sonar más despacio. El hombre del traje recorrió el lugar con la mirada, deteniéndose en cada rincón, en las mesas, en las luces, hasta que sus ojos se fijaron directamente en Alejandro.
Alejandro no se movió ni un milímetro. No cambió su expresión. Siguió de pie detrás del mostrador, con las manos apoyadas en la madera, relajado y elegante, devolviéndole la mirada con esa calma que parecía infinita. No hubo sorpresa en su cara, ni miedo, ni nada que pudiera delatarlo. Solo la cortesía educada del anfitrión que recibe a cualquiera.
El hombre avanzó directamente hacia él, ignorando a todo el resto de la gente, como si nada más importara en el lugar. Se detuvo frente al mostrador, a pocos pasos de distancia.
—Buenas noches —dijo el recién llegado con voz grave y cortés, pero con un tono que parecía medir cada palabra—. He oído hablar mucho de este lugar. Dicen que es el mejor sitio de la zona, y que su dueño es un hombre muy especial. Que sabe escuchar, que sabe guardar secretos... y que sabe cómo llevar todo bajo control.
Alejandro sonrió, esa sonrisa suya, amable y a la vez seductora, que nunca revelaba lo que pasaba por su cabeza.
—Exageraciones de la gente, seguramente. Solo me dedico a que todos estén a gusto y se sientan como en su casa. Soy Alejandro, para servirle. ¿Les sirvo algo? —respondió con naturalidad, sin darle importancia a sus palabras, como si fueran solo cumplidos.
El hombre, que se presentó como Javier, lo miró fijamente, escudriñando cada rasgo de su cara, su postura, sus ojos claros. Buscaba algo, una señal, un gesto... algo que le dijera que estaba frente a quien buscaba. Pero Alejandro era una pared. Amable, atento, tranquilo... pero impenetrable.
—Solo pasábamos a conocer el lugar, Alejandro. Es impresionante cómo ha logrado armar todo esto. Se nota que es un hombre que sabe lo que hace, que tiene disciplina, orden... cualidades que no se ven en todos lados —dijo Javier, marcando ciertas palabras, insinuando cosas, pero sin decir nada en claro.
—Me alegra que le guste. Le pongo mucho cariño y esfuerzo, nada más —respondió Alejandro con total sencillez, sirviendo un agua con calma, como si estuviera hablando con cualquier vecino—. El orden y el respeto son importantes para mí, supongo que es la forma en que me criaron. Nada del otro mundo.
Javier se quedó mirándolo unos segundos más. Había algo en ese joven dueño de bar que le resultaba... distinto. Su forma de estar parado, la seguridad absoluta con la que sostenía la mirada, el hecho de que no se pusiera nervioso ni intimidado por la presencia de tres hombres serios y desconocidos. Pero no había nada concreto, nada que pudiera demostrar nada. Alejandro era solo eso: el dueño joven, apuesto y educado que todos conocían.
—Bueno... seguramente nos veremos pronto. Un lugar como este invita a volver —dijo Javier finalmente, esbozando una sonrisa que no terminaba de ser amistosa, y haciendo una seña a sus acompañantes para irse.
Alejandro los despidió con una inclinación de cabeza y la misma sonrisa de siempre.
—Cuando quieran, son bienvenidos.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, y el aire pesado pareció disiparse poco a poco, Alejandro soltó el aire despacio, manteniendo la compostura hasta el último segundo. Sus amigos, que habían observado todo desde lejos, se acercaron un poco preocupados.
—Vaya tipos... parecían serios de verdad —comentó Martín—. ¿Qué querían? ¿Te han dicho algo raro?
Alejandro se pasó una mano por el cabello oscuro, acomodándolo como siempre, y volvió a su tono relajado y alegre, borrando cualquier rastro de tensión de su rostro.
—Nada del otro mundo, solo curiosos. Gente de fuera, seguramente. Les gusta hablar mucho y dar importancia a las cosas —dijo con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. Lo importante es que ya se fueron y todo sigue igual.
Pero mientras decía esto, sus ojos claros volvieron a recorrer el local con atención renovada. Por fuera, todo seguía siendo el dueño de bar simpático y tranquilo. Pero él sabía, muy en el fondo, que esa visita no había sido casual. Sabía que esos hombres buscaban algo, o a alguien. Y sabía también que, pase lo que pase, haría todo lo necesario para que ese alguien nunca fuera encontrado.
Su pasado seguía enterrado, bien cerrado bajo llave, y nadie, absolutamente nadie, iba a lograr que saliera a la luz. No aquí, no ahora, no mientras él pudiera evitarlo con esa calma y ese control que, aunque nadie lo sabía, eran sus mejores armas.
—Vamos, no paremos la fiesta por unos cuantos desconocidos —dijo él, levantando la voz con su encanto habitual—. ¿Quién se anima a otra ronda? ¡Yo invito la primera!
Todo volvió a la normalidad. Risas, vasos chocando, el sonido de las bolas de pool. Y Alejandro, detrás del mostrador, el hombre de treinta años, apuesto, soltero y misterioso, siguió siendo el alma del lugar, guardando su secreto con más fuerza que nunca.