Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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Las Catacumbas del Olvido
El eco del agua filtrándose entre las criptas subterráneas de la Basílica de la Santa Croce era el único sonido que competía con el metrónomo helado del pecho de Lucciana. La lectura del testamento había dejado al Palazzo Vance en ruinas sociales y a Leonora desaparecida en las corrientes del Arno, pero la victoria sabía a ceniza. Las últimas palabras de la matriarca —aquella advertencia sobre lo que Matteo había descubierto en las profundidades— la habían conducido de vuelta al origen de todo.
Vestida con ropa de trabajo de cuero oscuro y botas altas, Lucciana descendía por una escalera de caracol de piedra calcárea que pocos vivos conocían. En su mano izquierda sostenía un candil de latón cuya llama dorada proyectaba sombras grotescas sobre las hileras de calaveras y nichos tapiados del siglo XIV. En su bolsillo derecho, la caja de ébano con el alma de Matteo se sentía inusualmente pesada, vibrando con una sutil calidez, como si la cercanía con el subsuelo despertara la memoria de su esencia espiritual.
A su lado, la oscuridad parecía doblarse para abrir paso a Luca Ferro. El Diablo caminaba sin hacer ruido, vistiendo esta vez una chaqueta de terciopelo oscuro, con las manos metidas en los bolsillos. Su presencia en las catacumbas de una iglesia consagrada debería haber sido un sacrilegio insoportable, pero a Lucifer los templos de los hombres le divertían; los consideraba monumentos a los pactos que la humanidad nunca lograba cumplir.
—Los vivos entierran sus secretos aquí abajo creyendo que la piedra y el tiempo los transformarán en olvido —comentó Luca, pasando un dedo enguantado por el borde de un sarcófago de mármol carcomido—. No entienden que la tierra tiene mejor memoria que el cielo.
—Matteo pasó semanas catalogando las criptas familiares antes de la boda —dijo Lucciana, deteniéndose ante una bifurcación de túneles donde el olor a humedad se mezclaba con el hedor rancio de la mirra y la grasa quemada—. Le dijo a su padre que buscaba actas de propiedad medievales para consolidar los viñedos, pero el diario que encontré en su estudio apunta a este lugar: el pozo de la antigua Cofradía de San Juan Decapitado.
—Una secta de verdugos y penitentes del siglo XV —añadió Luca, entrecerrando sus ojos pálidos—. Interesante. Eran expertos en limpiar los cabos sueltos de los Médici. Si Matteo encontró algo de ellos, no era un trozo de papel legal.
Lucciana alzó el candil hacia el túnel de la izquierda. El suelo aquí ya no era de piedra lisa, sino de tierra compacta mezclada con huesos rotos y fragmentos de cerámica herética. Avanzó con cautela, sintiendo cómo la marca del pacto en su palma izquierda comenzaba a pulsar con un calor azulado que atravesaba el guante de seda. Estaban cerca.
Al final del corredor, el espacio se abrió en una cripta circular abovedada. En el centro no había un altar, sino un pozo seco de sillería negra, rodeado por un relieve esculpido en el suelo: una serpiente mística que se devoraba a sí misma, pero cuyos ojos habían sido incrustados con fragmentos de obsidiana idénticos al amuleto destruído de Leonora.
Lucciana se acercó al borde del pozo. Al proyectar la luz del candil hacia el fondo, el corazón helado de su pecho dio un vuelco.
No era un pozo de agua. A diez metros de profundidad, descansaba un taller de restauración idéntico al suyo, pero a escala macroscópica y retorcido por la blasfemia. Había caballetes donde los lienzos no mostraban santos, sino desollamientos rituales; mesas de madera repletas de frascos de cristal que contenían fluidos fosforescentes de color púrpura y, en el centro de la estancia inferior, un inmenso mapa de Florencia dibujado sobre piel humana curtida.
—Matteo no estaba investigando a la Hermandad —murmuró Lucciana, la revelación golpeándola con la fuerza de un impacto físico—. Él era el restaurador de la Hermandad.
Luca Ferro soltó un silbido bajo, genuinamente impresionado. Se asomó al pozo al lado de ella, apoyando los brazos en el borde de piedra con la soltura de un espectador en la ópera.
—Vaya, vaya. Tu dulce e inocente prometido tenía un pasatiempo mucho más lucrativo que los viñedos, Lucciana. Limpiaba las evidencias místicas de los crímenes de su familia. Resucitaba los pergaminos de invocación que se desgastaban con el uso. Era un artesano del pecado.
El dolor de la traición intentó abrirse paso en la mente de Lucciana, pero la marca de su mano ardió, recordándole las últimas palabras que Matteo había escrito en su diario: "No puedo entregarla a las sombras... Mi sangre estará en las manos de mi madre". He ahí la contradicción. Matteo había nacido en la podredumbre de esa secta, había trabajado para ellos, pero al conocer a Lucciana, había decidido romper el círculo. Su amor por ella había sido su redención, y también su sentencia de muerte.
—Él quería salirse —dijo Lucciana, con la voz firme como el acero, negándose a dejar que el Diablo se burlara de la memoria del hombre que intentó salvarla—. Por eso lo mataron.
Antes de que Luca pudiera replicar, un sonido espeso, como el arrastre de telas pesadas sobre la tierra húmeda, resonó desde los túneles que conectaban con la cripta circular.
Las sombras de las paredes comenzaron a estirarse hacia el pozo, adoptando formas angulosas y esbeltas. Lucciana dio un paso atrás, desenvainando el bisturí de cirujano de su bastón de ébano. La luz del candil comenzó a parpadear violentamente hasta apagarse, dejando la cripta iluminada únicamente por el fulgor azulado que emanaba de la palma izquierda de Lucciana y una súbita luminiscencia púrpura que brotó del fondo del pozo.
De la oscuridad del túnel principal surgieron tres figuras vestidas con las túnicas de arpillera roja de la antigua Cofradía de San Juan. No llevaban máscaras; sus rostros eran los de hombres de la alta sociedad florentina que Lucciana había visto en el funeral, pero sus facciones estaban deformadas, con las mandíbulas desencajadas y hilos de humo negro saliendo de sus bocas abiertas. No eran Ghuls invocados; eran los propios miembros de la Hermandad que habían sobrevivido al asalto de la basílica, ahora poseídos voluntariamente por las entidades a las que servían.
—La cobradora de deudas... —siseó el que lideraba el grupo, cuya voz era una superposición de tres tonos distintos, uno humano y dos bestiales—. Has venido a la madriguera del carnicero. El alma del chico no te pertenece. La deuda de los Vance se paga con la consumación del mapa.
Los tres hombres se abalanzaron al unísono. Su velocidad en el espacio confinado de la cripta era aterradora.
Lucciana no tuvo tiempo de dudar. Esquivó la primera embestida arrojándose hacia el suelo de tierra, sintiendo el aire helado de una daga de hueso rozarle la mejilla. Desde el suelo, concentró el latido helado de su pecho y barrió su mano izquierda abierta en un arco hacia los pies de sus atacantes, liberando una línea de fuego azul infernal que encendió el polvo de las tumbas.
Las llamas azules levantaron una barrera temporal, haciendo que los poseídos retrocedieran entre alaridos que no parecían humanos. Sin embargo, el líder de la secta cruzó el fuego sin importarle que la arpillera de su túnica se consumiera; su piel, endurecida por la nigromancia, resistía la quemadura mística el tiempo suficiente para lanzar un golpe directo al pecho de Lucciana.
El impacto la lanzó contra uno de los sarcófagos de piedra. El dolor en sus costillas fue agudo, y el bisturí de cirujano salió despedido de su mano, perdiéndose en la oscuridad del pozo.
Atrapada, sin armas y con el aire escapando de sus pulmones, Lucciana vio al hombre alzarse sobre ella, con la daga de hueso apuntando a su garganta. Los ojos púrpuras del poseído brillaban con una sed de sangre milenaria.
—¡Luca! —gritó ella por puro instinto.
El Diablo, sin embargo, permanecía apoyado en la pared de la cripta, observando la escena con los brazos cruzados y una frialdad absoluta.
—Un contrato enmienda no incluye guardaespaldas personal las veinticuatro horas, Lucciana —dijo Luca Ferro, con una calma exasperante—. Si no puedes defender tu posición en su propio terreno, entonces tu alma y la de Matteo serán un excelente abono para este mapa. Demuéstrame por qué firmé contigo y no con tu suegra.
La rabia, pura y concentrada, eclipsó el dolor físico de las costillas de Lucciana. El Diablo no venía a salvarla; el Diablo la estaba probando. Si moría aquí, era solo una mala inversión para él.
El poseído descargó la daga.
Lucciana no cerró los ojos. En el último milisegundo, levantó su mano izquierda desprotegida y atrapó la hoja de hueso ritual directamente con la palma de su mano, justo sobre la cicatriz del pacto. El metal místico cortó el cuero de su guante y penetró en su carne, pero en lugar de gritar, Lucciana sonrió. Su sangre oscura y febril entró en contacto directo con la magia púrpura de la daga.
La sangre es la ley.
El fuego azul de Lucifer dentro de sus venas reaccionó ante la intrusión de la magia menor de la Hermandad como un león ante un intruso. Una ráfaga de llamas azul zafiro, densas y rugientes, brotó directamente de la herida de su mano, viajando hacia arriba por la daga de hueso y envolviendo el brazo del atacante. El fuego no quemó su ropa; quemó la entidad oscura que habitaba en su interior.
El hombre soltó la daga y cayó hacia atrás, convulsionando en el suelo mientras el humo negro era purgado de sus pulmones a la fuerza por las llamas de Lucifer, dejándolo inconsciente y reducido a un cascarón humano vacío.
Los otros dos poseídos, al ver la magnitud del poder que emanaba de la joven restauradora, retrocedieron hacia los túneles, sus ojos púrpuras apagándose por el miedo antes de desaparecer en la oscuridad de las catacumbas.
Lucciana se puso en pie a tropezones, sujetándose la mano izquierda que humeaba con hilos de fuego azul que poco a poco cicatrizaban la nueva herida. Miró a Luca Ferro con una mirada que habría hecho temblar a un hombre mortal.
El Diablo rompió a aplaudir lentamente, con una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro.
—Brillante. Simplemente brillante, Signorina Bianchi. Has aprendido a usar el veneno como medicina. Ese es el verdadero estilo del Infierno.
Lucciana no respondió al cumplido. Caminó hacia el borde del pozo y miró hacia el mapa de piel humana que brillaba en el fondo. Ahora que la energía mística del lugar se había estabilizado tras el combate, pudo ver las líneas con claridad. El mapa de Florencia tenía marcados cinco puntos específicos en forma de pentagrama: Santa María del Fiore, la Santa Croce, el Palazzo Vance... y dos iglesias más que aún no habían sido tocadas.
Matteo no solo limpiaba los rastros; había dejado anotaciones en los márgenes del mapa inferior con su propia letra mística, notas que solo una restauradora con sus ojos alterados podía descifrar.
—No querían el alma de Matteo para un simple sacrificio de estatus —dijo Lucciana, su voz resonando en la cripta vacía—. Su alma es la llave para activar este mapa. La Hermandad no busca dinero, Luca... Buscan abrir una puerta grande aquí abajo. Una puerta que desplazaría tu autoridad en Toscana.
Luca Ferro se acercó al pozo, y por primera vez desde que se conocieron, la ironía desapareció por completo de su semblante. Sus ojos pálidos se fijaron en las anotaciones de Matteo con una seriedad milenaria y gélida.
—Parece que los ratones locales quieren construir su propio sótano sin pedir permiso al dueño del edificio —murmuró el Diablo, y su aliento congeló el aire de la cripta—. La Hermandad de la Ceniza acaba de convertirse en una molestia personal, Lucciana. El testamento fue el primer paso, pero ahora... vamos a quemar el mapa entero.
gracias autora por esta joya 👏👏👏