A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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19. Niños encantadores
Fabricio no era un hombre que improvisara cuando se trataba de decisiones importantes. Y Marjorie Lauder empezaba a convertirse en una.
Necesitaba saber algo más antes de cruzar una línea. No le preocupaba su inteligencia, ni su capacidad financiera, ni su temple frente a negociaciones complejas. Eso ya estaba probado.
Lo que necesitaba comprobar era otra cosa. Si ella entendía el núcleo de su vida.
- “Mañana llevaré a Liam y a Kimmy a la muestra interactiva del Museo D’Angelo. SI no tiene nada mejor que hacer, puede acompañarnos, dijo Fabricio mientras firmaba un documento, sin mirarla.
Marisela sintió que algo dentro de su pecho se comprimía con fuerza. El nombre de sus hijos en boca de él era un golpe y una caricia al mismo tiempo, porque sintió que su corazón dió un vuelco ante la posibilidad de ver a sus hijos, pero también sabía que no podía dar a notar sus emociones.
- “¿A qué hora?”, preguntó de manera serena.
Fabricio levantó la vista apenas un segundo. No encontró titubeo. No encontró nervios. No encontró la reacción que solía provocar esa invitación. En su experiencia, muchas mujeres disfrutaban de su atención. Pero pocas sabían qué hacer frente a niños que no eran propios.
- “Diez en punto”, respondió Fabricio.
- “Estaré lista”, dijo Marisela.
Y ninguno dijo nada más, siguió su trabajo sin hacer notar al otro, el interés real por aquel encuentro que iba a realizarse.
La mañana siguiente el museo estaba cerrado al público general. Sergio había autorizado el acceso privado, con seguridad discreta.
Liam fue el primero en verlo, al ingresar al salón.
- “Tío”, dijo el pequeño.
Fabricio se inclinó apenas para recibirlo. No era un hombre de efusividades públicas, pero con sus sobrinos el gesto era distinto. Kimmy llegó después, más observadora, con esa cautela suave que tenían los niños que miran antes de confiar.
Marisela, en la imagen perfecta de Marjorie Lauder, no avanzó de inmediato, esperó tranquilamente, aunque en el fondo quisiera correr a abrazarlos.
Cuando Kimmy la miró, ella no extendió la mano como adulta que se presenta. Se agachó a su altura.
- “Hola, Kimmy. Me han dicho que eres la más inteligente de la familia”, dijo Marisela, con una sonrisa, cuya ternura se notaba más en los ojos que en sus labios.
Kimmy entrecerró los ojos.
- “Eso dice mi tío”, comentó Kimmy
- “Entonces tendremos que comprobarlo”, dijo Marisela, con cierta complicidad innata.
Dentro de la sala principal, una instalación de luces reaccionaba al movimiento. Liam corrió primero. Kimmy dudó medio segundo antes de seguirlo. Marjorie caminó detrás, sin invadir.
En un punto, el abrigo de Kimmy se deslizó de un hombro. Marisela lo acomodó con naturalidad, sin hacer comentario alguno, sin buscar mirada de aprobación.
Fabricio observaba, no era un gesto exagerado, tampoco era una actuación, era tan natural, que parecía una preocupación genuina.
- “¿Sabes por qué las luces cambian cuando corres?”, preguntó Marisela a Liam.
- “Porque hay sensores”, respondió Liam con seguridad infantil.
- “Exacto. Sensores que detectan energía. Si te detienes mira lo que pasa”, dijo Marisela.
Liam se quedó quieto. Las luces bajaron de intensidad y le sonrió con emoción, pudo ver que la sonrisa que su hijo tenía a los tres años no había desaparecido y se obligó a controlar sus emociones.
Kimmy, en algún momento, tomó la mano de Marisela, fue algo automático, sin pedir permiso, el contacto fue pequeño, pero para una madre que ha esperado por años para tenerlos cerca, eso era casi un milagro.
El calor de esa mano diminuta le subió por el brazo como un recuerdo que no tenía derecho a reclamar. No cambió la expresión, no se tensó, solo entrelazó los dedos con suavidad medida, no podía desbordarse.
Siguió caminando. Fabricio vio el gesto y vio algo más, que ella no miró alrededor para comprobar si él estaba observando, no buscaba puntos, era genuina con los pequeños.
En la sala de proyección, Liam tropezó con el borde de una plataforma. Fue un golpe leve, pero antes de que Fabricio diera el paso, Marisela ya estaba inclinada frente a él.
- “Respira, no mires el golpe, mírame a mí”, dijo Marisela con voz firme y tranquila, Liam obedeció. “Eso, ya pasó, vas a estar bien”, añadió.
No lo sobreprotegió, lo ayudó a levantarse y soltó. Fabricio sintió algo incómodo en el pecho, ella no actuaba como invitada, actuaba como alguien que sabía exactamente cuánto sostener y cuándo soltar, con cariño real.
Más tarde, mientras los niños probaban una estación digital, Kimmy regresó sola hacia Marisela.
- “¿Vas a venir otra vez?”, preguntó la pequeña.
En apariencia era una pregunta simple, pero en el fondo no lo era. Marisela sostuvo su mirada.
- “Si tu tío me vuelve a invitar”, respondió Marisela.
Kimmy asintió, satisfecha y entonces la abrazó.
Fue breve y espontáneo. Marisela se quedó quieta medio segundo, luego devolvió el abrazo con una firmeza contenida, apoyando apenas la mejilla sobre el cabello de la niña.
Fabricio vio ese microinstante. Ese segundo de pausa antes de responder. Y entendió algo que no estaba en sus planes; ella por alguna razón no era una extraña y encajaba perfectamente con los sobrinos que quería proteger.
Cuando salieron del museo, Liam caminaba delante hablando sin parar. Kimmy sostenía ahora la mano de su tío.
Fabricio abrió la puerta del auto para “Marjorie Lauder”.
- “No sabía que le gustaban los niños”, dijo Fabricio estudiándola.
- “No me disgustan”, respondió tratando de no sonar exagerada, a pesar que por dentro tenía muchísimas emociones a punto de desbordarse.
- “La invité para ver cómo reaccionaba”, dijo Fabricio. Ella lo miró directo.
- “Lo sé”, replicó Marisela, haciendo que el abriera los ojos aún más.
- “¿Y?”, preguntó él. Marjorie se acomodó el cinturón de seguridad con calma.
- “¿Y qué?”, cuestionó Marisela.
- “¿Qué conclusión sacó?, ¿Cree que no fue justo ponerla a prueba?”, repreguntó Fabricio.
- “Creo que usted protege lo que ama. Y eso lo vuelve más interesante de lo que cree, gracias por amarlos”, respondió Marisela, aunque se volviera a cuestionar utilizarlo, ahora tenía más razones para no retroceder.
Fabricio no respondió de inmediato; no sabía si ella estaba bajo su prueba, o él mismo se hizo la prueba, la mujer a su lado, era un enigma, pero un enigma que deseaba descubrir.