🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
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Línea crítica
El Hospital Central de Altavalle no dormía.
A las dos de la madrugada, las luces blancas de urgencias parecían más frías, más implacables.
Emilia llevaba dieciséis horas de turno.
Dieciséis horas de café tibio, órdenes rápidas y pacientes inestables.
Estaba revisando una historia clínica cuando la alarma de trauma sonó.
—Accidente industrial. Varón, 42 años. Traumatismo craneoencefálico severo. Pupila derecha fija.
El mundo se redujo a movimiento.
Camilla entrando.
Sangre.
Órdenes superpuestas.
—Escala de Glasgow seis.
Emilia evaluó rápido.
—Intubación inmediata. Avisen a neuro.
No tuvo que preguntar quién vendría.
Minutos después, la puerta se abrió con precisión calculada.
Thiago Ferrer.
No parecía cansado.
No parecía alterado.
Solo enfocado.
Miró la tomografía en la pantalla.
Hematoma epidural masivo.
Desviación de línea media.
Tiempo quirúrgico limitado.
—Quirófano ahora —ordenó.
El equipo se movió como engranaje entrenado.
Emilia sintió esa mezcla de adrenalina y claridad que solo aparece cuando la vida depende de segundos.
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El quirófano era territorio de Thiago.
Todo estaba bajo su control.
O al menos eso creía.
—Craneotomía urgente —indicó.
Emilia asistía.
El sangrado era más extenso de lo que mostraban las imágenes.
—Presión cayendo —anunció anestesia.
Thiago trabajaba con precisión milimétrica.
Pero algo no cuadraba.
Emilia observó el monitor.
Revisó el campo.
Notó una pequeña fuente de sangrado posterior que no estaba siendo contenida.
Podía ser secundaria.
Podía no serlo.
Dudó.
Un segundo.
Dos.
Y habló.
—Doctor, revise región posterior. Hay fuga activa.
Silencio.
Nadie le interrumpía a Thiago Ferrer en quirófano.
Nadie.
Él no respondió de inmediato.
Continuó.
Pero la presión volvió a descender.
Miró.
Y la vio.
Tenía razón.
Un vaso secundario comprometido.
Thiago ajustó técnica.
Controló el sangrado.
Estabilización progresiva.
El monitor volvió a marcar ritmo estable.
Nadie habló.
Pero todos habían visto.
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Al finalizar, Thiago se quitó los guantes lentamente.
Se acercó a ella.
Demasiado cerca.
—¿Cuánto tiempo llevas en neuro?
—Dos semanas.
—Y ya corriges a tu superior.
No era burla.
Era evaluación.
Emilia sostuvo su mirada.
—Corrijo al sangrado, no a usted.
Un músculo en la mandíbula de Thiago se tensó.
No por enojo.
Por algo más complejo.
Desafío.
—Ven a mi despacho cuando termines el informe.
Se fue.
Sin decir más.
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El despacho era silencioso cuando ella entró.
Altavalle brillaba detrás del vidrio.
Thiago no la miró al inicio.
Revisaba el reporte quirúrgico.
—Si no hubieras hablado, el paciente habría entrado en paro —dijo finalmente.
No era acusación.
Era hecho.
—Lo sé.
—Y aun así dudaste.
Emilia apretó el expediente contra su pecho.
—Porque interrumpirlo no es precisamente bien recibido aquí.
Él levantó la vista.
Oscura. Analítica.
—Si vuelves a ver algo, no dudes.
—¿Aunque sea usted?
Se acercó un paso.
La diferencia de altura era evidente.
—Especialmente si soy yo.
La tensión no era profesional.
Ya no.
Era eléctrica.
Incómoda.
Nueva.
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—¿Por qué medicina? —preguntó él de pronto.
Emilia no esperaba eso.
—Porque alguien tiene que estar del lado correcto cuando todo sale mal.
Thiago la estudió.
No había ambición superficial en su respuesta.
Había convicción.
—Altavalle no es amable con los idealistas.
—No soy idealista. Soy preparada.
Silencio.
Ese tipo de respuesta no era común.
La mayoría buscaba aprobación.
Ella no.
—Puedes irte —dijo finalmente.
Pero cuando Emilia dio la vuelta hacia la puerta, añadió:
—Duarte.
Se detuvo.
—Buen trabajo hoy.
Y en ese hospital, eso no era pequeño.
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Esa noche, Emilia no pudo dormir.
No por el turno.
Por la conversación.
Thiago Ferrer no era el hombre frío que describían.
Era exigente.
Rígido.
Pero escuchaba.
Eso lo hacía más peligroso.
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En su apartamento, revisó el caso una vez más.
El paciente seguía crítico.
Pero vivo.
Y eso bastaba.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Thiago estaba solo en su penthouse minimalista.
Sin ruido.
Sin compañía.
Sirvió whisky.
Miró la ciudad.
Y por primera vez en años, no pensó en protocolos.
Pensó en la residente que no se inclinó.
En su seguridad.
En su mirada firme bajo presión.
Eso no era atracción.
Aún no.
Era curiosidad.
Y la curiosidad, en su mundo, era una variable que debía controlarse.
Pero Emilia Duarte no parecía diseñada para ser controlada.
Y eso…
Eso podía convertirse en un problema.
culpa 👀 deseo /Drool/