VOLVER A AMAR - TEMPORADA II
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 9
No dormí bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía el sobre encima de mi mesa, las letras que parecían tatuarse en mis párpados. Pensé en todo lo que habíamos hablado con Leonardo, el investigador privado, los guardaespaldas que iban a cubrir turnos en el edificio, el plan para reforzar mi seguridad.
Y aun así, nada borraba la imagen más brutal, Octavio, de pie en mi puerta, como si aún tuviera algún derecho de irrumpir en mi vida.
No era solo miedo, era la sensación de invasión. La sensación de que, aunque estuviera rodeada de seguridad, él podía aparecer otra vez cuando quisiera.
El celular vibró sobre la mesa. Un mensaje corto de Leonardo: “Llegaré en un momento.”
No lo había pedido. No lo había necesitado en voz alta. Pero tampoco lo detuve. Parte de mí lo esperaba. Parte de mí lo necesitaba con una urgencia que me dolía reconocer.
Cuando abrí la puerta, lo vi con el ceño fruncido, los ojos cansados. Supe al instante que él había pasado la noche igual que yo, peleando contra los mismos fantasmas.
—Samantha— dijo Leonardo apenas entrar, su voz grave, cargada de determinación. —No podemos dejar que Octavio juegue contigo.
Tragué saliva, con un nudo en la garganta que no me dejaba responder. Él dio un paso más, acortando la distancia, y su voz bajó a un murmullo que me estremeció.
—Déjame cuidarte mejor. Confía en mí— dijo Leonardo.
Y fue como si algo dentro de mí se quebrara. Lo busqué con la mirada, y antes de pensarlo, nuestras bocas se encontraron. El beso empezó suave, casi inseguro, pero enseguida se volvió más urgente, más real. El calor de su aliento se mezcló con el mío, y mi cuerpo respondió antes que mi mente.
Su mano rozó mi mejilla, luego encontraron mi cintura como si supieran exactamente dónde pertenecían, los dedos hundiéndose en la tela fina de mi camiseta, atrayéndome contra él con una fuerza que no admitía resistencia. Respondí con la misma desesperación, aferrándome a los hombros de él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela, la dureza de sus músculos bajo sus palmas. Un gemido ahogado escapó de mi garganta cuando la lengua de Leonardo trazó el contorno de mis labios antes de profundizar el beso, explorándome con una lentitud deliberada que me hizo arquear contra él.
El mundo se redujo a eso, al sabor de su boca, al peso de sus manos en mi espalda, deslizándose hacia abajo hasta rozar el borde de sus jeans, donde la piel estaba caliente y sensible. Cada centímetro que recorría era un incendio, una promesa. Sentí cómo mi cuerpo respondía sin permiso, cómo el calor se acumulaba entre mis piernas. Era demasiado y era exactamente lo que necesitaba.
Pero entonces, como un flashazo de lucidez, la imagen del sobre sobre la mesa atravesó mi mente. Me aparté de golpe, jadeando, con los labios hinchados y el corazón golpeándo mis costillas como si quisiera salir. Mi frente chocó contra la de él, y por un instante, solo respiramos el uno al aire del otro, compartiendo el mismo oxígeno.
—No podemos —logré decir, aunque cada palabra me costaba, como si las arrastrara desde el fondo de un pozo—. No aquí. No así. No quiero que sea solo por… por esto.
Leonardo cerró los ojos, su mandíbula tensa, los músculos del cuello marcados como cables bajo la piel. Sus manos seguían en mi cintura, pero ya no me atraían hacia él. Ahora parecían sostenerme, como si supiera que, si me soltaba, me derrumbaría.
—Lo sé —susurró, y su aliento me rozó los labios, una tortura—. Pero un día, Samantha… un día no nos vamos a detener.
Esa promesa recorrió mi piel como un incendio que ninguna amenaza podía apagar.
El resto de la mañana transcurrió en un vaivén extraño, silencio y miradas que hablaban más que cualquier palabra, mensajes del investigador, llamadas rápidas con los hombres de seguridad. Entre todo eso, cada roce suyo me desarmaba. El contacto de sus dedos al pasarme una taza, la forma en que su mirada se detenía en mí como si nada más existiera.
En la cocina, cuando me pasó el café, sus dedos rozaron los míos con una intención demasiado clara. Un gesto mínimo, pero que me hizo contener la respiración.
—Si sigues mirándome así —murmuró Leonardo, tan bajo que tuvo que inclinarse ligeramente para escucharlo—, voy a olvidar que estamos en tu sala.
No apartó la mirada. No se movió. El desafío estaba ahí, suspendido en el aire entre nosotros. Él avanzó un paso, retrocedí instintivamente, hasta que la mesa de la cocina me golpeó la espalda. La taza tembló en mis manos. Leonardo apoyó una palma en el borde de la mesa, a su lado, encerrándome sin tocarme, y con la otra mano rozó mi mejilla con una lentitud que me hizo estremecerse.
—Leonardo… —dije y su nombre salió como un suspiro.
Él inclinó la cabeza, sus labios a un centímetro de los míos, su aliento mezclándose con el mío. Podía sentir el calor de su cuerpo, el latido acelerado de su corazón contra el mío. Estuvimoa así, al borde, durante un segundo eterno. Un segundo en el que supe, si él cerrara esa distancia, no tendría fuerzas para detenerlo.
Pero Leonardo cerró los ojos primero. Exhaló con fuerza, como si estuviera soltando algo pesado, algo que lo ahogaba, y dio un paso atrás. El aire frío donde antes estaba su cuerpo me estremeció.
—No aquí —repitió, con un esfuerzo visible en cada sílaba—. No así.
Me mordí el labio, sintiendo cómo el deseo y la frustración se enredaban en mi pecho. Nunca había sido tan difícil detenerse. Nunca había querido tanto seguir adelante.
Lo comprendí entonces, lo nuestro no era un juego. Era algo que nos arrastraba, que crecía en silencio y que, tarde o temprano, iba a reclamarnos sin darnos opción de escapar.
Y en ese instante supe dos cosas con absoluta certeza, que lo deseaba tanto como temía perderlo, y que Octavio no tenía idea del fuego al que se estaba enfrentando.