Renace en un mundo mágico, dispuesta a cambiar su destino, recuperar lo que le pertenece y vengarse de quienes la lastimaron.
*Esta novela pertenece a un mundo*
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Herencia
La semana siguiente pasó… casi como un suspiro.
Pero también como un mundo entero contenido entre cuatro paredes.
La mansión Moriarty del valle, tan imponente, tan llena de pasillos y ecos… quedó reducida a un solo espacio.
Su habitación.
El resto apenas existía.
El duque había dado órdenes claras.
Solo el personal mínimo.
Nadie debía interrumpir.
Nadie debía acercarse sin ser llamado.
Y así…
El tiempo dejó de medirse en horas.
Se volvió algo más suave.
Más difuso.
Las mañanas comenzaban tarde.
Con la luz fría filtrándose entre las cortinas.
Y Ophelia despertando lentamente, envuelta en calor.
No por mantas.
Sino por él.
Siempre cerca.
Siempre presente.
A veces la observaba dormir.
Otras, la atraía apenas despertaba.
Como si incluso ese pequeño instante de distancia fuera demasiado.
Ophelia reía más.
Se movía con más confianza.
Había perdido esa ligera timidez inicial.
al ver su imponente y dotado cuerpo desnudo..
Y en su lugar…
Había curiosidad.
Atrevimiento.
Ganas de descubrir.
De probar.
De entenderlo.
Y también de entenderse a sí misma en ese nuevo espacio.
En esa nueva relación.
Pasaban horas hablando.
Preguntándose cosas.
Contándose detalles.
Pequeñas historias.
Momentos de silencio donde simplemente se miraban.
O se tocaban con suavidad.
Aprendiendo el ritmo del otro.
Las reacciones.
Los gestos.
Y entre todo eso…
La cercanía.
Constante.
Natural.
Inevitable.
Se buscaban sin pensarlo.
Se encontraban sin esfuerzo.
Como si el cuerpo ya supiera antes que la mente.
Los besos dejaban de ser solo impulso.
Se volvían lenguaje.
Las caricias… respuestas.
Y cada día…
Se conocían un poco más.
Para Ophelia, era una mezcla hermosa.
De emoción.
De descubrimiento.
De sentirse deseada… pero también cuidada.
Había intensidad, sí.
Pero también momentos suaves.
Donde él simplemente la sostenía.
Donde el mundo parecía detenerse.
Y ella… se sentía segura.
Para el duque…
Era algo más profundo.
Más marcado.
Más… suyo.
No era solo deseo.
Era necesidad.
De tenerla cerca.
De sentirla.
De saber que estaba ahí.
Con él.
Para él.
Y aunque su forma de demostrarlo seguía siendo intensa…
Había algo nuevo.
Algo que no esperaba.
Paciencia.
Momentos en los que la observaba.
En los que dejaba que fuera ella quien guiara.
En los que simplemente… se quedaba.
La semana pasó así.
Entre sábanas desordenadas.
Risas bajas.
Conversaciones a media voz.
Y una conexión que crecía sin pausa.
Y cuando finalmente el mundo exterior volvió a llamar…
Cuando la realidad del ducado comenzó a asomarse otra vez—
Nada era igual.
Porque ya no eran dos desconocidos unidos por un acuerdo.
Ahora…
Eran dos personas que se habían encontrado en lo más íntimo.
Y que, sin darse cuenta del todo…
Habían empezado a construir algo mucho más fuerte que un simple matrimonio.
Algo que…
Apenas comenzaba.
Cuando la semana llegó a su fin, y volvieron a la residencia habitual, el ritmo dentro de la mansión comenzó a cambiar.
El mundo exterior, que habían ignorado por completo, volvía a hacerse presente.
El duque estaba revisando documentos cuando Ophelia se acercó, aún con esa calma suave que había adquirido esos días.
Se sentó cerca de él.
Observándolo.
—¿Mucho trabajo? —preguntó con curiosidad.
El duque asintió.
—Hay problemas cerca del territorio. Movimientos extraños… tendré que encargarme personalmente.
Su tono era serio.
Distinto al de los días anteriores.
Ophelia lo notó.
Pero no se tensó.
Solo asintió con tranquilidad.
—Entonces… quizá este sea un buen momento para que yo viaje a Bernicia.
El duque dejó de escribir.
Lentamente levantó la mirada.
—¿Qué?
Ophelia no pareció sorprendida por la reacción.
—Mi herencia.. Recuerda… solo podía reclamarla si me casaba con alguien del reino de Sunderland.
Sonrió levemente.
—Ahora ya puedo hacerlo.
El duque la miraba en silencio.
—Podría ir ahora… aprovechar que tú estarás ocupado.
Hablaba como si fuera lo más lógico del mundo.
—Sería solo un par de días.
El silencio se volvió más pesado.
—¿Viajar… sola? —repitió él.
Ella asintió.
Natural.
Sin dudar.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—No.
La palabra fue firme.
Fría.
Sin espacio para discusión.
Ophelia lo miró.
—Solo serán uno o dos días.
—No.
Más seco.
Más definitivo.
Ella frunció apenas el ceño.
—No es nada peligroso.
El duque se inclinó ligeramente hacia atrás.
Sus ojos se oscurecieron.
—Si necesitas dinero, te daré el doble de esa herencia.
Ophelia negó.
—No se trata de eso.
Su tono seguía siendo calmado.
Pero firme.
—Quiero mis cosas.
El duque entrecerró los ojos.
—¿Para qué?
Ella lo miró directo.
—Porque son mías.
La respuesta fue simple.
Pero contundente.
El aire cambió.
—Nadie tocará tu dinero.. Pero no saldrás del reino sin mí.
Una pausa.
—Y mucho menos sola.
Ophelia sostuvo su mirada.
Sin bajar los ojos.
—No te estoy pidiendo permiso.
El silencio que siguió fue… distinto.
Más tenso.
Más cargado.
Y entonces..
El duque sonrió.
Pero no fue una sonrisa suave.
Fue ladeada.
Oscura.
—Ya veremos.
Ophelia no retrocedió.
Asintió apenas.
Aceptando el desafío sin decir más.
Esa noche…
El ambiente en la habitación no era el mismo.
La cama seguía siendo la misma.
El calor también.
Pero la distancia…
Era nueva.
Ophelia se acomodó en el extremo.
Lejos.
Rodeada de almohadas.
Como una pequeña fortaleza improvisada.
No lo miró.
No lo buscó.
No se acercó.
Ni un beso.
Ni una caricia.
Nada.
El duque lo notó.
Desde el primer momento.
La observó en silencio.
Sin moverse.
Sin decir nada.
Pero sus ojos…
No la dejaron.
Porque esa distancia…
Esa pequeña separación…
Le resultaba más incómoda que cualquier discusión.
Más que cualquier negativa.
Y por primera vez desde que la tenía a su lado..
No era él quien decidía la cercanía.
Era ella…
Quien la negaba.
Suerte que al menos la tiene a la leal Nanny...
Nos vamos al Reino de Hielo Ophelia?!