Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
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Katrina
Elira
Entro al club y asiento a todas las personas que me saludan, pero sigo avanzando rápidamente a mi camerino. El olor a alcohol y tabaco se pega a mi cuerpo de inmediato, anulando cualquier soplo de aire fresco que haya podido tener hoy.
Dejo mi pesada mochila en el suelo y me siento en la silla frente al enorme espejo con luces, pero no me miro. No todavía al menos. No mientras todavía siga siendo yo, esa criatura que solo avanza por la vida sin profundizar en nada, solo en sus objetivos. Esa criatura que apenas puede dormir más de tres horas al día entre las clases, las prácticas en el hospital comunitario y el trabajo.
No.
No quiero mirarla a ella, porque su reflejo pesa demasiado.
Me quito la ropa rápidamente y me coloco las prendas, que alguien del miembro del personal, dejó cuidadosamente dobladas sobre el pequeño tocador.
En cuanto esas prendas están sobre mi cuerpo, mi mente se apaga y puedo mirarme al espejo.
El reflejo me sonríe.
Katrina está de vuelta.
Me maquillo mientras pienso en la rutina que haré, en el deseo de todos esos ojos clavándose en las curvas de mi cuerpo, en todas esas manos tocando mi suave piel.
Es lo que quiero, lo que anhelo.
Termino de aplicarme el maquillaje y lanzo un beso al reflejo que veo. Soy hermosa y todas esas personas que gritan en el escenario vienen a verme.
Vienen con la esperanza de que pueda fijar mis ojos en ellos, de tocarlos, de dejar que se corran contra mi trasero.
Sonrío. Soy poderosa. Hermosa. Y libre.
Soy todo lo que quiero ser.
–Tu turno –me grita uno de los muchachos que atiende el bar.
Le guiño un ojo y le doy una nalgada cuando paso a su lado, logrando que sus ojos se oscurezcan con promesas oscuras y deliciosas.
La música comienza y antes de que suba el telón todos están gritando y admirándome.
Bailo alrededor del escenario, jugando con la blusa vaquera, dejando ver un hombro mientras les doy la espalda, para luego mirarlos de lado y guiñarles un ojo.
La audiencia enloquece con ese gesto y sé que esta noche volveré a brillar.
Me dejo caer al suelo sobre mi vientre y muevo mi trasero como si estuviera follando, primero de vientre y luego de espalda mientras me toco.
Los gritos calientan mi piel, me hacen sentir deseada y admirada. Pero no los veo, no realmente. Son solo un estímulo que necesito, nada más. Son parte del escenario. Son nada.
Pero aun así me aman.
Comienzo a gatear hacia la orilla del escenario mientras me quito la blusa dejando mis pechos al aire, completamente desnudos. A veces los pinto, otras veces uso transparencias, pero hoy... hoy me siento generosa.
Hoy podrán ver y admirar hasta hastiarse.
Los euros comienzan a caer a mi alrededor en esa lluvia que espero todas las noches.
Dinero. Sexo. Alcohol. Hombres. Deseo.
¿Puede haber algo mejor?
Me levanto y camino hasta un hombre con sobrepeso y una rojez pesada en su piel. Parece un hombre casado que no ha follado con su mujer en meses.
Mis favoritos.
–¿Qué vienes a buscar esta noche? –susurro en su oído mientras me subo a horcajadas sobre su cuerpo.
Ya está duro. Siempre lo están cuando me ven.
Soy la mejor del lugar.
Sus manos tímidas se aferran a mi espalda, pero las tomo y las presiono contra mis pechos.
–Esta noche tienes que disfrutar –digo mientras paso mis labios por su barbilla y luego mi lengua acaricia la forma de su oreja.
Varias manos comienzan a tocarme y dejar dinero entre mis bragas.
No sé qué me excita más, si las caricias o el dinero.
–Ah –gimoteo contra el cuello del hombre, que no sabe que hacer con sus manos, a diferencia de los demás que están tocándome cada vez que pueden.
Una mano se mete dentro de mis bragas y veo un billete de un euro.
–Oh, encanto, para meter tus dedos en mi coño necesitas un billete de cien –le digo al chico que enrojece. Es joven, debe tener veintiún años y probablemente sea virgen. Puedo olerlos de lejos.
Vulnerables. Ansiosos. Dispuestos a todo por clavar su polla por primera vez.
Sus amigos se burlan de él y es cuando siento algo distinto.
Una presencia.
Una mirada que no se siente torpe ni desesperada. Una que no pide nada.
Una que espera.
Busco a mi alrededor, pero no veo a nadie. A nadie que pueda hacer que el aire cambie tan solo con mirarme.
Sonrío mirando hacia la oscuridad y comienzo a bailar sobre una mesa, dándole un show privado a esa mirada misteriosa que quema mi piel de una forma diferente.
Quiero que me vea, quiero que me desee hasta que ya no pueda controlarse y me tome aquí mismo sobre esta mesa.
La música sube y las luces cambian.
Las manos aparecen, los billetes vuelan a mi alrededor. Las voces piden y ruegan por poder follarme, pero no pueden pagar lo que valgo.
Una mano roza mi muslo mientras bailo sobre la mesa. Tomo la mano y la guio a mi coño, quiero que esa persona que me está mirando entre las sombras pueda verme, pueda desear ser quien me toque.
Cierro los ojos cuando la música llega a la parte final y sonrío.
Esto es maravilloso.
Esto es libertad. Aquí puedo sentir, puedo vivir.
Aquí puedo ser yo.
La música termina y sonrío ante los gritos pidiendo otro baile.
Les guiño un ojo. –Hasta la próxima, chicos –les prometo con una sonrisa que siempre los deja esperando más.
Deseando más.
Camino hasta el camerino y le sonrío a la chica que está por entrar.
–A por ellos, cariño –la animo con un golpe de caderas antes de volver al camerino.
Miro la belleza en el espejo y sonrío antes de quitarme el maquillaje.
Pero luego, cuando el maquillaje no está sobre mi piel, y vuelvo mi rostro al espejo, desaparezco.
Elira está de vuelta.
–Los tenías en tus manos esta noche.
La voz de Luan me saca del letargo y asiento, sintiéndome incomoda vestida de esta manera delante de alguien.
Deja el balde lleno de dinero, más el sobre con mi sueldo. Falta menos para poder pagar el arancel de este semestre.
Y luego, quizá, pueda ahorrar un poco para poder arreglar la caravana o quizá arrendar una linda casa.
–Gracias –digo de corazón–. Me estás salvando la vida.
–Tú estás salvando mi negocio –devuelve–. Es gracioso, ¿sabes? A veces, cuando te veo allá arriba, es como si estuviera viendo a Katrina. Es como si estuviera de vuelta.
Asiento, porque sé que es ella. Necesito que sea ella.
Porque yo nunca podría moverme como ella lo hace o dejar que alguien me toque de esa manera. No puedo permitirme sentir.
Pero, gracias a esto, puedo apagar mi cerebro y descansar. Descansar de verdad mientras ella se hace cargo.
Y esos minutos allá arriba son el único descanso real que he tenido en mi vida.
Y no pienso renunciar a ello. No mientras ser yo duela tanto.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama