Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Preguntas Indecentes...
...23...
La luna se cuela por mis ventanas como un susurro plateado, proyectando sombras largas y delgadas sobre las paredes de mi habitación. He estado intentando dormir durante horas, pero mi mente no deja de dar vueltas, repitiendo una y otra vez cada palabra de nuestra conversación en la terraza. Luke fue tan directo, tan sincero… y aunque en un principio me molestó que se metiera en algo que no le concernía, ahora empiezo a preguntarme si tal vez tenía razón. Si tal vez todo lo que dijo sobre Adrian es la verdad cruel y cruda que he estado evitando ver.
Frustrada, me siento en la cama, arrojando las sábanas de lino a un lado. El algodón de mi pijama de satén rosa se siente suave contra mi piel, pero no logro encontrar la calma que necesito. Decido que un pequeño paseo por la mansión podría ayudarme a relajarme, así que me cubro con mi bata de seda blanca y me calzo mis pantuflas de terciopelo gris. Mis pies deslizan silenciosamente sobre el suelo de madera pulida mientras bajo las escaleras principales, la mansión está en silencio profundo, como si estuviera durmiéndose junto con el resto del mundo.
Camino hasta la cocina, donde la luz tenue de la luna ilumina los muebles de roble y los utensilios brillantes sobre la encimera. Decido prepararme chocolate caliente —algo que siempre me ha ayudado a calmar mis nervios. Mientras caliento la leche en una cacerola, mi mente vuelve a él: Luke en la gala, con su traje negro ajustado a su figura imponente, su cabello oscuro peinado con precisión, sus ojos oscuros que parecían ver más allá de mi vestido y mi máscara de compostura. Fue entrometido, sí… pero también fue el primero en decirme lo que nadie más se atrevía a pronunciar.
Me culpo a mí misma por ser tan pulcra, tan tímida. Por no ser como las otras chicas que veo en las fiestas, que parecen moverse con tanta soltura en el mundo de las relaciones. No estoy lista para pasar al siguiente nivel con Adrian… ni siquiera sé cómo se supone que debo hacerlo. He intentado leer sobre ello, preguntar discretamente a mis amigas, pero todo parece tan complicado, tan abrumador.
Mientras saco una taza de porcelana blanca de la alacena para verter el chocolate caliente que ya está hirviendo y aromático, una voz detrás de mí me hace girar abruptamente, haciendo que mis dedos se aprieten alrededor del asa de la taza.
—Señorita Montgomery.
Es él. Luke Easton está ahí, parado en la puerta de la cocina, con su traje negro aún impecable, como si no hubiera pasado ni un minuto desde la gala. Su expresión es la misma de siempre: seria, concentrada, con esos ojos oscuros que me miran de una manera que aún no logro descifrar —como si estuviera viendo no solo a la heredera de los Montgomery, sino a algo más profundo en mí, algo que ni yo misma comprendo del todo.
—Luke —susurro, sintiendo cómo mi corazón acelera su ritmo—. No te escuché llegar. ¿Estás bien?
Él asiente con una breve inclinación de cabeza, su presencia imponente aunque se mantenga a la entrada, respetando mi espacio.
—Estoy bien, señorita. ¿Y usted? Vi que bajaba las escaleras y quise asegurarme de que todo estuviera en orden.
—Estoy bien —respondo, aunque mi voz tiembla ligeramente—. Solo… no podía dormir. Decidí prepararme algo caliente para relajarme. ¿Quieres tomar algo? El chocolate está delicioso.
Él hace una mueca casi imperceptible y sacude la cabeza.
—Gracias, señorita, pero no soy muy fan de lo dulce. Prefiero el café, o simplemente el agua.
—Entiendo —digo con una sonrisa tímida—. Bueno… al menos ven a descansar un poco. Debes estar cansado después de toda la noche de trabajo.
Luke avanza unos pasos hasta la isla de la cocina, pero se mantiene de pie, con la postura recta que lo caracteriza. En la penumbra de la cocina, con solo la luz de la luna y el suave resplandor del fuego de la estufa, veo cómo sus músculos se tensan bajo la tela de su camisa, cómo su mandíbula se define con claridad cuando mira hacia la ventana. Está haciendo su trabajo, vigilando, estando atento a cualquier ruido fuera de lugar, aunque estamos en la seguridad de la mansión.
Yo me siento en uno de los taburetes de la isla, envolviéndome en mi bata mientras miro cómo se mueve con gracia aunque mantenga su seriedad. El aroma del chocolate caliente se mezcla con el olor a loción de hombre y café que emana de él, creando una combinación que me hace sentir a la vez calmada y nerviosa.
Y entonces, sin pensarlo dos veces, la pregunta sale de mis labios antes de que pueda contenerme.
—Luke… ¿cómo se hace?
Él gira hacia mí de golpe, sus ojos oscuros llenos de desconcierto. Parece que no ha entendido bien, o que está esperando que aclare de qué estoy hablando.
—Señorita? ¿Cómo se hace qué?
Mi rostro se calienta de vergüenza, pero ya no puedo volver atrás. Me agarro con fuerza al borde de la isla, mirándolo a los ojos con una mezcla de timidez y determinación.
—Eso… lo que las parejas hacen. Cuando están listas para… para ir más allá. No entiendo cómo se supone que debo saberlo, o cómo hacer que no sea tan… tan intimidante. He intentado preguntar a mis amigas, pero siempre se ríen o me dan respuestas muy vagas. Y Adrian… él solo dice que será natural, que sucederá solo. Pero no me siento preparada, y no sé si estoy haciendo algo mal al no estar lista aún.
Luke se queda callado por un largo instante, sus ojos fijos en mí. Veo cómo su mandíbula se tensó, cómo sus manos se cerraron en puños antes de relajarse. Parece estar luchando consigo mismo, tratando de decidir cómo responder.
—Señorita, eso es algo muy personal —dice finalmente, su voz más baja de lo habitual—. No es algo que me corresponda a mí explicarle. Debería hablar con alguien de confianza, quizás tu madre, o una tía, o alguna persona mayor a la que le tengas confianza.
Pero ya he tomado una decisión. Me levanto del taburete con determinación, acercándome hasta él antes de que pueda dar media vuelta y marcharse. Con toda la valentía que puedo reunir, tomo su mano derecha entre las mías, sintiendo cómo su piel caliente y firme se contrae ligeramente bajo el contacto de mis dedos más pequeños y fríos.
—Por favor, Luke —susurro, sintiendo cómo las lágrimas amenazan con salir—. No tengo a nadie más en quien confiar. Mi madre murió cuando era pequeña, y mi abuela… bueno, nunca ha sido de hablar de estas cosas. Mis amigas no me entienden, y Adrian solo se frustra cuando intento preguntarle. Tú eres la única persona que me ha hablado con sinceridad, que me ha tratado como si tuviera derecho a sentir miedo o confusión. Por favor… solo quiero entender un poco más, para saber si estoy siendo irracional, o si realmente es normal sentirme así.
Lo miro a los ojos entonces, y veo cómo su expresión cambia —la seriedad se mezcla con una compasión que no había visto antes. Sus ojos oscuros estudian el mío con una intensidad que me hace temblar, pero no de miedo… sino de una sensación de calma y seguridad que nunca he sentido con nadie más. Sé que le estoy pidiendo algo que va más allá de su trabajo, que puede estar cruzando una línea que nunca debería haber sido tocada. Pero en este momento, en la penumbra de la cocina de mi casa, con el aroma del chocolate caliente en el aire y su mano en la mía, sé que él es la única persona en quien puedo confiar para darme respuestas honestas, sin juzgarme ni presionarme.
Luke se queda mirándome por un momento más, y en sus ojos veo una guerra interna que parece reflejar la mía propia. Luego, sus dedos se cierran suavemente alrededor de la mía, apretándolos con una ternura que me hace sentir como si el mundo entero se hubiera detenido en ese instante.