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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 18

Miro mi copa de vino tinto. El líquido es de un rojo oscuro, casi granate, y por un segundo me pierdo en él. Ese color es lo único que me conecta con mi verdadera identidad ahora mismo. Me imagino vertiendo el vino sobre el mantel blanco inmaculado, rompiendo la etiqueta, gritando que estoy enamorada de un hombre cuyo rostro nunca he visto.

En lugar de eso, doy un sorbo elegante y sonrío.

Mi mente se escapa a la habitación 402. Puedo escuchar su voz. No es una voz de senador, ni de abogado, ni de alguien que quiere algo de mí. Es una voz que simplemente está. He empezado a notar que busco su apoyo incluso en los momentos más triviales. Cuando un cliente es grosero, me imagino su mano en mi nuca, dándome esa seguridad silenciosa que nadie más me ofrece.

La dependencia ha dejado de ser una metáfora para convertirse en un hecho biológico. Mi cuerpo necesita su sándalo. Mi alma necesita su honestidad brutal.

El viernes llega como un indulto de última hora. No hay lluvia hoy, solo un viento frío que barre las calles. Entro en Anónimos con la sensación de que mis pulmones por fin se expanden. Al subir las escaleras, mis dedos acarician la barandilla de hierro, contando los pasos.

Al abrir la puerta de la 402, lo veo. Él está sentado en el suelo, apoyado contra la cama, con una botella de agua a su lado. Se ha quitado la camisa de seda; su torso está desnudo, iluminado por la luz ámbar de la lámpara. Sus manos, esas manos que pueblan mis insomnios, están entrelazadas detrás de su cabeza.

Al verme, se incorpora con un movimiento fluido. No me espera a que llegue a él; camina hacia la puerta y me rodea con sus brazos, hundiendo su rostro en mi peluca roja.

—He tenido la peor semana de mi vida —confiesa él. Su voz vibra contra mi pecho—. He tenido que despedir a gente, he tenido que ser un bastardo para salvar una empresa. He odiado cada segundo de mi propia piel.

Lo abrazo con fuerza, sintiendo el calor de su torso desnudo contra mi vestido. Mis manos recorren sus hombros, bajando por sus brazos, reconociendo la tensión en sus músculos.

—Aquí no eres un bastardo —le susurro—. Aquí solo eres el hombre que me sostiene cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.

Él me toma del rostro. Sus pulgares delinean mis labios, una caricia tan cargada de sensualidad que siento un escalofrío que me recorre hasta los dedos de los pies. Sus manos están calientes, protectoras. Me guía hacia la cama y nos tumbamos, pero no para lo que solemos hacer de inmediato. Nos quedamos de lado, mirándonos a través de las máscaras, con nuestras manos entrelazadas entre nosotros.

—Háblame de algo real —me pide—. No de leyes, ni de cenas de caridad. Dime algo que te haga feliz de verdad.

Me quedo en silencio un momento. Es difícil encontrar algo "real" en mi vida gris.

—Me hace feliz el olor a libro viejo —digo finalmente—. Y el sonido del mar cuando no hay nadie más en la playa. Pero sobre todo... me hace feliz el momento en que cruzo esa puerta y sé que estás aquí. Que no tengo que fingir que soy perfecta.

Él aprieta mi mano. Sus dedos largos recorren mi palma, trazando las líneas de mi mano como si estuviera leyendo mi futuro.

—A mí me hace feliz el color rojo —dice él, y su voz baja una octava—. Antes lo asociaba con el peligro o con la ira. Ahora solo lo asocio contigo. Contigo y con la única verdad que me queda.

La sensualidad de la noche se despliega de forma lenta, casi coreografiada. Él empieza a desvestirme con una delicadeza que me hace querer llorar. Sus manos no tienen prisa; recorren cada centímetro de mi piel como si fuera un santuario. Cuando sus labios encuentran los míos, el beso sabe a confesión y a hambre.

Entrelazamos nuestras piernas mientras nos movemos en un ritmo que ya conocemos de memoria, pero que cada vez se siente nuevo. Sus manos sujetan mis muñecas, no para dominarme, sino para mantenerme anclada a la realidad de su cuerpo. Cada vez que su pulso choca contra el mío, siento que las grietas en mi máscara se ensanchan hasta el punto de no retorno.

—Te necesito —susurra él, mientras su respiración se vuelve errática—. Maldita sea, no debería necesitarte tanto, pero lo hago.

—Yo también —respondo, enterrando mis uñas en sus hombros—. Te busco en todas partes. Te busco en el gris, aunque sé que solo te encontraré aquí.

En el clímax, la oscuridad de la habitación se ilumina con la intensidad de lo que sentimos. No es solo placer; es la desesperación de dos náufragos que han encontrado una tabla de salvación. Me fijo en sus manos una vez más, apretando las sábanas de seda, y me doy cuenta de que la peluca roja ya no es suficiente. Quiero ser Alicia para él. Pero el miedo a que él rechace a la abogada fría es un muro que todavía no me atrevo a derribar.

Nos quedamos en silencio, envueltos en el aroma a sándalo y en el calor de nuestros cuerpos. El viernes está llegando a su fin, y sé que en unas horas tendré que volver al desierto. Pero por ahora, su voz es el único eco que necesito para seguir respirando.

La ciudad de noche es un tablero de ajedrez donde yo siempre muevo las piezas negras. Desde el ventanal de mi despacho, observo el tráfico infinito. Mi reflejo en el cristal me devuelve la imagen de un hombre que lo tiene todo: poder, apellido, respeto. Pero si ese cristal se rompiera, solo quedaría un armazón vacío.

Hoy ha sido un día de reuniones tensas. He tenido que negociar la absorción de una naviera y, mientras el abogado de la otra parte hablaba sobre activos y pasivos, yo solo podía mirar mis propias manos. Manos que esta mañana firmaron despidos y contratos millonarios, pero que ahora, a medida que se acerca la noche del viernes, empiezan a buscar desesperadamente el contacto con la seda y la piel.

He empezado a llegar antes a Anónimos. Ya no me basta con el encuentro; necesito el tiempo de espera. Necesito el silencio de la habitación 402 para purgar al "director ejecutivo" antes de que ella entre.

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