Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 10: El Frío del Papel
POV: Alessia
Dante se ha ido a la reunión familiar. El calor de su mano sobre la mía hace apenas unos minutos todavía persiste, una mancha de calidez en una piel que suele estar fría. Pero la Villa Vitale tiene una forma cruel de recordarte quién eres en realidad cuando las luces se apagan y el silencio de los pasillos de mármol se vuelve ensordecedor.
Bajé al despacho para empezar con los libros de Catania. El trabajo con los números siempre había sido mi refugio, el único lugar donde el caos del mundo de mi padre se ordenaba en columnas perfectas. Dante dejó la llave sobre el escritorio, una señal de confianza que ayer, bajo la euforia de su protección, me habría hecho sonreír. Pero al abrir el cajón principal para buscar los balances, mis ojos se clavaron en una carpeta de cuero negro que sobresalía, desgastada por los bordes.
No son números lo que hay dentro. Es el documento original.
Lo tomé con dedos temblorosos, sintiendo el gramaje del papel como si pesara toneladas. Ahí estaba. La caligrafía descuidada y nerviosa de mi padre junto a la firma impecable, autoritaria y casi violenta de Lorenzo Vitale.
"Yo, Ricardo, cedo la tutela y los servicios profesionales de mi hija, Alessia, a la organización Vitale. Este acto cancela de forma definitiva e irrevocable mi deuda de tres millones de euros. La joven pasará a ser activo de la organización al cumplir la mayoría de edad..."
Leí la palabra "Activo" una y otra vez hasta que las letras se desdibujaron.
Ayer, bajo las luces de Palermo y entre los brazos de Dante, olvidé que soy una moneda de cambio. Olvidé que cada vestido caro que cuelga en mi armario y cada palabra de aliento que él me dedica son solo el mantenimiento preventivo de una propiedad valiosa. No soy su prometida; soy el recibo de una deuda de juego que mi padre no pudo pagar. Me alejé del escritorio, dejando el papel donde lo encontré, pero la gélida realidad ya se había filtrado en mis huesos. No siento rabia. La rabia es para los que esperan algo mejor. Yo solo siento un vacío inmenso, una claridad gélida que me devuelve a mi lugar: el de una herramienta contable con un rostro bonito.
POV: Dante
La reunión con Marcello ha sido un nido de víboras. He pasado dos horas escuchando sus quejas sobre el territorio mientras mi mente solo podía proyectar la imagen de Alessia en la cocina de la villa. He logrado imponer mi autoridad, dejando claro que cualquier movimiento contra ella es un movimiento contra mi propia cabeza.
Subí las escaleras hacia el despacho, ansioso por verla. Anoche, por primera vez, sentí que la muralla de cristal que ella levanta contra el mundo se agrietaba. Sentí que ella empezaba a confiar en el hombre que hay bajo el traje a medida, no solo en el Capo que custodia su puerta.
Abrí la puerta con una media sonrisa, pero se borró al instante.
Alessia estaba sentada frente al ventanal. La luz del atardecer bañaba su perfil, pero no había rastro de la suavidad de las últimas horas. No estaba trabajando. Sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo con una tensión que hacía que sus nudillos se vieran blancos. No se giró al oírme entrar.
—Alessia —dije, acercándome con paso firme pero cuidadoso—. He terminado con Marcello. No volverá a molestarte, he puesto sus ambiciones en una caja muy pequeña.
Ella se levantó despacio, con una parsimonia que me puso los pelos de punta. Cuando me miró, su rostro era una máscara de cortesía perfecta, pero sus ojos... sus ojos habían vuelto a ser los de la mujer que conocí en aquella cocina: distantes, profesionales, desprovistos de cualquier brillo de humanidad.
—Gracias, señor Vitale —respondió. Su voz era tan formal que me golpeó como una bofetada en frío.
—¿"Señor Vitale"? —Fruncí el ceño, acortando la distancia hasta que solo un par de metros nos separaban—. Anoche me llamabas Dante. Anoche me pediste que no te dejara sola, Alessia. ¿Qué ha cambiado en tres horas?
—Anoche estaba confundida por el miedo, y quizá por una gratitud mal entendida —dijo ella, retrocediendo un paso con una elegancia mecánica, manteniendo siempre ese espacio de seguridad—. He revisado los documentos del cajón. El contrato de cesión de mi padre. Me ha servido de recordatorio, señor. Me ha servido para entender el propósito exacto de mi estancia en esta casa. He empezado el balance de las cuentas de Catania. Tendrá el informe detallado en su mesa mañana a primera hora.
POV: Alessia
Dante se quedó inmóvil. Pude ver la confusión surcar su frente, y luego, una chispa de algo que en cualquier otro hombre llamaría dolor, aunque sé que un Capo solo siente frustración cuando sus posesiones no responden como deberían.
—Alessia, el contrato es un papel viejo. Es solo un tecnicismo legal que usé para sacarte de las manos de esos buitres y que estuvieras segura bajo mi apellido —intentó decir, dando un paso más, invadiendo mi aire.
—No, es la realidad —lo interrumpí con una calma que me estaba costando la vida mantener—. Un tecnicismo que especifica mi valor de mercado en tres millones de euros. Usted pagó por mis servicios, por mi cerebro para sus libros y por mi presencia para su prestigio. Cumpliré con mi parte del trato con la mayor eficiencia posible; después de todo, soy una contadora excelente.
Pero le ruego que, de ahora en adelante, mantengamos la distancia profesional adecuada entre un dueño y su... activo. No quiero que los eventos de anoche vuelvan a nublar mi juicio.
Me crucé de brazos, hundiendo las uñas en mis propios antebrazos para ocultar el temblor de mis manos. No quería pelear con él. Solo necesitaba que dejara de mirarme con esa intensidad protectora, porque cada vez que lo hacía, mi corazón olvidaba que el precio de esa mirada ya fue pagado con mi libertad años atrás.
—¿Distancia profesional? —Dante soltó una risa seca, un sonido áspero que resonó en las paredes de madera del despacho—. Te he curado las heridas de la espalda con mis propias manos. Has dormido en mi cama porque temblabas de terror. He matado a tres hombres por ti hace menos de veinticuatro horas en ese sótano. ¿Crees que puedes volver a ponerme una pared de cristal ahora solo porque has leído un trozo de papel que ya conocías?
—No lo conocía. No con esas palabras —respondí, bajando la vista al suelo para no perderme en la tormenta de sus ojos oscuros—. "Activo". "Cese de tutela". Mi padre me vendió como quien vende una propiedad en ruinas para salvar el resto del edificio. Y usted la compró. Es lo mejor para la organización que yo mantenga la cabeza fría. Si quiere que desmascare al traidor que está desangrando sus cuentas, necesito lógica, no sentimientos. Y su cercanía... su cercanía no me permite pensar. Me hace olvidar quién soy.
POV: Dante
La miré y por fin entendí la magnitud del desastre. El papel había ganado a la piel. Ella había visto la firma de su padre, el hombre que debería haberla protegido, entregándola como carne de sacrificio, y había decidido que es más seguro odiarme —o peor, tratarme como a un extraño— que arriesgarse a quererme y descubrir que, para ella, el amor y la esclavitud son la misma cosa.
Quise agarrarla de los hombros, sacudirla hasta que esa máscara de frialdad se rompiera y gritarle que quemaría ese contrato mil veces, que lo reduciría a cenizas frente a ella si con eso volviera a mirarme con la vulnerabilidad con la que me miró en el restaurante. Pero su postura era un muro infranqueable. Me estaba pidiendo, casi suplicando, que fuera el monstruo que compró su vida, porque un monstruo es fácil de entender. Un hombre que la ama es una amenaza para su supervivencia.
—Está bien, Alessia —dije, recuperando mi propia máscara de frialdad. Mi voz se volvió el acero que ella esperaba que fuera, cortante y desapasionada—. Si quieres un jefe, tendrás un jefe. Si prefieres ser un número en un balance en lugar de la mujer que se sentó a mi mesa, no seré yo quien te lo impida. Trabaja en los libros. Come en tu habitación si la compañía de tu dueño te resulta tan insoportable.
Me acerqué a ella, ignorando su retroceso, y me incliné hasta que mi aliento rozó su oído.
—Pero no olvides una cosa, contadora: aunque mantengamos la distancia, sigues siendo mi responsabilidad. Y en esta casa, nadie sale de la villa ni toma una decisión sin mi permiso. Si vamos a jugar a los contratos, léelos bien. Eres mía, por contrato o por voluntad. Y ninguna de las dos cosas va a cambiar porque hayas encontrado una carpeta que no debías tocar.
Me di la vuelta y salí del despacho, cerrando la puerta con una fuerza que hizo vibrar los cristales.
Mientras caminaba por el pasillo, sentí una rabia sorda quemándome los pulmones. Enzo y Marcello querían separarnos con balas, traiciones y miedo, pero ha sido un simple trozo de papel amarillento el que ha logrado lo que ellos no pudieron. Alessia estaba a diez metros de mí, pero ahora mismo, mientras escuchaba el silencio de su llanto contenido a través de la madera de la puerta, parecía que nos separaba un océano de tres millones de euros.