Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
NovelToon tiene autorización de Angy_ly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: La Exhumación de los Blackwood
El ruido de la maquinaria pesada era un bálsamo para los nervios destrozados de Marta. Ver las excavadoras morder la piedra ennegrecida de la mansión Blackwood le devolvía una ilusión de control. Si podía reducir a polvo el escenario de su infancia, quizá el eco de las voces de Niclaus y Elena también se desvanecería en el aire.
—Quiero que nivelen todo —ordenó Marta al jefe de obra, un hombre rudo llamado Vargas—. Que no quede ni una sola piedra sobre otra. Quiero que aquí solo haya tierra plana para el final de la semana.
Vargas asintió, aunque miraba las ruinas con una desconfianza instintiva. —Señora Valmont, esta estructura es... extraña. Los planos originales no coinciden con lo que estamos encontrando. Hay muros reforzados con acero donde no deberían estar, y conductos de ventilación que bajan mucho más profundo de lo que permite el alcantarillado local.
Marta apretó los dientes. El "Maestro" no solo había dirigido un orfanato; había construido una fortaleza de dolor.
—No me importa la arquitectura —sentenció ella—. Solo destrúyanlo.
I. El Grito del Metal
Pasadas las tres de la tarde, un sonido metálico y chirriante detuvo las máquinas. Fue un estruendo seco, seguido de un silencio que pesó más que el ruido anterior. Marta, que observaba desde su coche blindado, bajó la ventanilla.
Vargas corrió hacia ella, pálido bajo el casco de seguridad.
—Señora... la excavadora ha golpeado algo. Una placa de acero macizo. Parece una escotilla, pero está soldada desde dentro. Y... —Vargas tragó saliva—. Y juraría que después del golpe, algo devolvió el sonido desde abajo.
Marta sintió que el mundo se inclinaba. Bajó del coche y caminó sobre los escombros, sus tacones de diseñador hundiéndose en el polvo de ladrillo que una vez fue su hogar. En el centro de lo que fue el ala este, una enorme plancha de hierro gris emergía de la tierra, marcada por el brazo de la excavadora.
—Abran eso —ordenó Marta, su voz apenas un susurro de acero.
—Necesitaremos sopletes oxhídricos, señora. Es blindaje militar.
—Háganlo ahora.
II. El Sótano que no Existía
El proceso duró horas. Mientras el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de un rojo violáceo que recordaba al incendio, las chispas de los sopletes iluminaban la escena como fuegos artificiales macabros. Finalmente, con un estruendo sordo, la escotilla cedió.
Un olor nauseabundo escapó de la abertura: una mezcla de ozono, humedad rancia y algo dulce, como flores podridas.
Marta tomó una linterna y, antes de que los obreros pudieran detenerla, se asomó al agujero. No era un sótano común. Era un búnker. Una escalera de caracol descendía hacia una oscuridad absoluta que parecía devorar la luz de la linterna.
Bajó sola. Los hombres de Vargas se quedaron arriba, murmurando sobre maldiciones y gases tóxicos. A medida que Marta descendía, el aire se volvía más frío. Al llegar al fondo, la luz de su linterna reveló una habitación circular rodeada de monitores antiguos, cables que colgaban como lianas muertas y, en el centro, dos camas de hierro con correas de cuero.
En la pared frente a las camas, escrito con una precisión maníaca, estaba el diario de vida de Niclaus. Cientos de fechas, anotaciones sobre el ritmo cardíaco de Elena, sobre sus horas de sueño, sobre la comida que Marta le llevaba a escondidas cuando el Maestro no miraba.
—Él no estaba solo aquí —murmuró Marta, el terror subiendo por su garganta—. Él lo convirtió en su laboratorio.
III. El Pasado Respira
En el rincón más oscuro de la habitación, la linterna iluminó un pequeño armario. La puerta estaba entreabierta. Marta se acercó, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al abrirla, no encontró un cuerpo, ni un fantasma.
Encontró un sistema de altavoces de alta fidelidad, conectado a una grabadora de cinta que aún giraba silenciosamente. Al acercarse, escuchó una voz. No era la voz de un niño. Era la voz de Niclaus hoy, grabada recientemente.
"Hola, Marta. Sabía que vendrías a demoler el pasado. Es lo que siempre haces: borrar lo que te estorba. Pero las raíces de los Blackwood son más profundas que tus excavadoras. ¿Te gusta mi nueva habitación? Aquí es donde Elena y yo jugamos a que tú no existías. Aquí es donde aprendimos que el fuego no es el final, sino el bautismo."
Marta retrocedió, tropezando con una de las camas de hierro. De repente, la escotilla superior se cerró con un golpe violento, sumergiéndola en la penumbra total, rota solo por el débil haz de su linterna.
Desde las sombras de la habitación, el sonido de unos pasos ligeros empezó a rodearla. No era un paso pesado de hombre. Eran pasos de niña. Clac, clac, clac.
—Tan pronto me olvidaste, Marta —susurró una voz de niña desde el armario vacío—. Pero Niclaus dice que ahora te toca a ti ser la variable de control.
Marta apuntó la linterna hacia el techo, buscando una salida, pero lo que vio la dejó paralizada. En las vigas de acero, colgaban cientos de soldaditos de plomo, suspendidos por hilos invisibles, moviéndose con una brisa que no debería existir bajo tierra.
Y en el centro del búnker, una luz roja comenzó a parpadear en uno de los monitores. Era una transmisión en vivo. La cámara apuntaba a la habitación de Marta en la mansión Valmont. En la imagen, se veía a Julián, que supuestamente estaba en prisión, sentado en la cama, sosteniendo un bidón de gasolina y un encendedor, con una expresión de absoluto vacío en los ojos.
—El ciclo se repite, hermana —resonó la voz de Niclaus por los altavoces—. Tú quemaste nuestra infancia. Ahora nosotros quemaremos tu presente.
Marta gritó, golpeando la escotilla de acero, pero el búnker estaba insonorizado. Estaba atrapada en el útero del dolor que ella misma ayudó a crear, mientras veía en la pantalla cómo el hombre que amaba se disponía a convertir su vida de lujo en una pira funeraria