Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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Votos renovados.
Las paredes inmaculadas del hospital privado que Dimitri Volkov había reservado para los suyos eran testigos del lento pero firme regreso de Olga Lombardi a la vida. La esposa de Gean Carlo Lombardi, yacía en una cama rodeada de la última tecnología médica, pero lo que realmente aceleraba su recuperación era la presencia constante de sus tres hijos, quienes apenas se separaban de su lado. Alexander, el primogénito de la casa, a comprendido la crudeza del mundo que le toca heredar, se sentaba en una silla junto a la cabecera, sosteniendo la mano de su madre mientras ella dormía. A sus pies las gemelas Laura y Lorena,. El personal médico, seleccionado entre los mejores y con juramento de confidencialidad eterna, entraba y salía con la discreción de las sombras, ajustando los goteos de los sueros y revisando los vendajes que cubrían las heridas de Olga, provocadas por el atentado que había conmocionado a toda la familia Lombardi.
Cada vez que abría los ojos, lo primero que veía eran los rostros de sus hijos, y eso le devolvía la fuerza para seguir adelante. Alexander, imitando la entereza de su padre, se encargaba de que las gemelas comieran a sus horas y durmieran en las camas que habían instalado en la habitación contigua, mostrando una madurez que enternecía y preocupaba a partes iguales. Dimitri, en un gesto de lealtad hacia la familia de su aliado, se había asegurado de que nada faltara en aquella suite presidencial, desde los medicamentos más innovadores hasta los detalles domésticos que hicieran más llevadera la estancia.
Las enfermeras, acostumbradas a tratar a personalidades de alto riesgo, habían desarrollado un cariño especial por las gemelas, que las recibían cada mañana con preguntas sobre cuándo podría su madre volver a caminar. Poco a poco, los moretones en el cuerpo de Olga comenzaban a desvanecerse, y sus labios, antes pálidos, recuperaban el color cada vez que sonreía al escuchar las travesuras de sus hijos. La recuperación era cuestión de tiempo, pero también de voluntad, y Olga tenía sobrada voluntad para volver a casa, aunque sabía que antes de eso, su esposo debía saldar una deuda pendiente.
Mientras Olga se recuperaba entre el amor de sus hijos, a cientos de kilómetros de allí se desarrollaba una cacería implacable, la que llevaría al enemigo jurado de los Lombardi a conocer el rostro de la muerte. El patriarca de la familia, un hombre cuyo nombre inspiraba tanto respeto como temor en los círculos del poder, había jurado que las heridas infligidas a su esposa no quedarían impunes. A su lado, cabalgando en la misma furia silenciosa, se encontraba Dimitri Volkhov, el poderoso jefe ruso cuya deuda de honor con los Lombardi se remontaba a años de negocios compartidos y sangre derramada en alianza. Juntos habían trazado un plan meticuloso para localizar al responsable del atentado, un traidor que había osado atacar a la familia en su propia mansión.
La persecución duró tres días, cruzando fronteras que para ellos eran meros trámites burocráticos, hasta que dieron con el escondite del prófugo en una vieja dacha abandonada en las afueras de Minsk. El patriarca Lombardi, con el rostro endurecido por el odio contenido, detuvo a su primogénito, que había querido sumarse a la expedición, con una orden tajante: él no permitiría que su hijo mayor volviera a dejar a su madre herida por una venganza que solo a él le correspondía ejecutar. La mirada del joven, mezcla de frustración y alivio, se encontró con la de Dimitri, quien asintió en señal de entendimiento.
Esa noche, bajo una lluvia torrencial que borraría cualquier rastro, los dos hombres entraron en la dacha. No hubo diálogo, no hubo ofertas de redención. El enemigo jurado, un hombre de pasado oscuro que había vendido información a los rivales, suplicó de rodillas, pero las balas de Dimitri y del patriarca se cruzaron en el aire, impactando al mismo tiempo en el pecho del traidor, cuyo cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo de madera podrida.
El patriarca de los Lombardi, con la respiración agitada por la ira pero también por una extraña paz, se arrodilló junto al cadáver y murmuró una breve oración por su alma, no por piedad, sino por la costumbre de un hombre que siempre había preferido saldar sus cuentas cara a cara con el cielo. Luego, sin mirar atrás, ambos hombres emprendieron el regreso a casa, con el sabor amargo de la venganza consumada y la urgencia de volver junto a la mujer que los esperaba.
El helicóptero aterrizó en la azotea del hospital privado de Dimitri al amanecer, cuando los primeros rayos del sol se colaban entre los edificios de Moscú y pintaban de dorado los cristales blindados de la clínica. El patriarca Lombardi descendió con paso firme pero pesado, como si el peso de lo que había hecho comenzara a asentarse en sus hombros. A su lado, Dimitri llevaba una pequeña maleta que contenía algo más que ropa: en su interior, un cura de sotana negra, de rostro enjuto y manos nudosas, los había acompañado durante todo el vuelo, preparándose para la ceremonia que estaba a punto de celebrarse.
El patriarca, antes de entrar en la habitación de Olga, se detuvo frente al espejo del pasillo y se ajustó el traje, ensangrentado aún en los puños, pero no le importó. Lo único que importaba era la mujer que yacía al otro lado de la puerta. Cuando entró, Alexander y las gemelas, que habían pasado la noche en vela, corrieron a abrazarlo, pero él los separó con ternura, pidiéndoles un momento a solas con su madre.
Olga, despierta y consciente, lo miró con una mezcla de miedo y esperanza, sabiendo por el polvo en sus botas y la mirada en sus ojos que la venganza estaba consumada. Sin decir palabra, su esposo hizo una seña, y el cura entró en la habitación. Ante el asombro de los presentes
incluidas las enfermeras que asomaban la cabeza desde el pasillo, el hombre que había matado con sus propias manos al enemigo jurado se arrodilló junto a la cama de su esposa, tomó su mano vendada y, con la voz quebrada por el llanto contenido durante décadas, le pidió perdón. No solo por no haberla cuidado lo suficiente, lo que había permitido que el atentado llegara a su piel, sino por todos los años de silencio, por no haberle dicho cada mañana cuánto la amaba, por haber antepuesto el orgullo y la venganza a las palabras simples que el corazón necesita escuchar.
Olga, con lágrimas rodando por sus mejillas, asintió débilmente. El cura entonces, con la solemnidad de quien sabe que está oficiando algo más que un rito, renovó los votos matrimoniales de aquella pareja que se había casado ante la ley pero no ante el perdón. Cuando el patriarca pronunció el "sí, quiero" por segunda vez, esta vez con la mirada fija en los ojos de Olga, algo se rompió en la habitación: el último muro de orgullo que los separaba. Los tres hijos, habían entrado silenciosamente, aplaudieron mientras su padre besaba la frente de su madre, y Dimitri, desde el umbral, asintió con respeto, sabiendo que aquel día no solo había terminado con un enemigo, sino que había nacido un matrimonio renovado bajo la sombra de la muerte vencida.