Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Banquete 1
Cuando la última firma quedó trazada y el rey dejó la pluma sobre el escritorio, ambos supieron que el tiempo se les había escapado.
A lo lejos, la música del salón principal ya sonaba con fuerza. El banquete había comenzado.
—Parece que llegaremos tarde a nuestra propia celebración —dijo Abigail con ligereza.
El rey esbozó una leve sonrisa.
—No es impropio que el anfitrión haga esperar.
Salieron de la oficina juntos. El pasillo estaba más silencioso de lo habitual, pues casi todos los asistentes ya se encontraban en el gran salón.
Abigail buscó con la mirada a Mila.
—¿Dónde está…?
El mayordomo apareció con una inclinación respetuosa.
—Su acompañante ya se encuentra en el salón, señorita. Todos los invitados esperan la entrada de Su Majestad.
Abigail asintió, aunque una pequeña inquietud cruzó su expresión.
Caminaron unos pasos más por el corredor iluminado con candelabros altos. El sonido de las conversaciones y la música aumentaba conforme se acercaban a las grandes puertas dobles del salón.
Fue entonces cuando ocurrió.
El rey, con naturalidad casi solemne, extendió su brazo hacia ella.
Abigail se detuvo apenas.
Lo miró.
Su gesto era firme, decidido, sin rastro de broma.
Durante un par de segundos dudó.
No por inseguridad.
Sino porque comprendía el significado.
Entrar del brazo del rey no era un detalle menor.
Pero luego sonrió.
Lentamente.
Y apoyó su mano en su brazo.
—Majestad… —murmuró con una mezcla de sorpresa y diversión contenida.
Las puertas se abrieron.
El heraldo anunció con voz potente que resonó por todo el salón..
—¡Su Majestad el Rey Michael Mirren… y Lady Abigail Stevens!
El murmullo fue inmediato.
Abigail apenas dio dos pasos dentro cuando comprendió plenamente lo que estaba ocurriendo.
No estaba entrando como comerciante.
No estaba entrando como invitada común.
Estaba entrando al banquete oficial del reino… del brazo del rey.
El salón brillaba bajo enormes lámparas de cristal. Nobles, ministros y diplomáticos se volvieron al unísono hacia la entrada. Cientos de ojos los observaban.
Abigail mantuvo la espalda recta, el mentón ligeramente elevado. Su vestido rojo burdeos capturaba la luz de manera hipnótica, la pedrería centelleando a cada paso.
Se inclinó apenas hacia él, sin dejar de sonreír para el público.
—No sabía que esto pasaría —susurró.
El rey inclinó ligeramente el rostro hacia ella, lo suficiente para responder sin que nadie más escuchara.
—Es solo un banquete… como amigos.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Abigail sonrió.
—Claro… amigos.
Avanzaron juntos hacia el centro del salón.
Pero lo que para él intentaba ser una formalidad… para los presentes no lo era en absoluto.
Los murmullos crecían.
El rey nunca había entrado acompañado.
Nunca había sonreído así al cruzar el umbral.
Nunca había inclinado la cabeza para susurrar algo al oído de una mujer joven y hermosa mientras la sostenía del brazo con evidente cercanía.
Algunos ministros intercambiaron miradas.
Varias damas cuchichearon tras sus abanicos.
Algunos nobles intentaron disimular su sorpresa.
Pero era evidente.
Aquello no parecía amistad.
El rey caminaba con una expresión distinta, más luminosa, más viva.
Y Abigail, impecable, segura, parecía perfectamente consciente del efecto que estaban causando.
Ella sintió las miradas.
Sintió el peso del momento.
Y aun así mantuvo su sonrisa elegante.
Era solo un banquete.
Pero esa noche, el reino entero comenzaba a preguntarse si estaba presenciando algo más que una simple amistad.