Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Atracción peligrosa
La gala estaba en su punto más elegante. Luces doradas reflejaban cada cristal del salón, la orquesta interpretaba una melodía suave de fondo y las conversaciones se mezclaban como un murmullo constante de ambición y apariencias. Copas de champán, risas calculadas, promesas disfrazadas de cortesía.
Y aun así, todo me parecía secundario.
Mis ojos estaban fijos en ella: Victoria Davenport.
No era solo su belleza —que era evidente— sino la manera en que se movía. No caminaba, deslizaba. No sonreía, concedía. Cada gesto suyo parecía medido, pero no artificial. Había en ella una contención elegante, como si estuviera acostumbrada a observar antes de hablar.
Su vestido negro delineaba su figura con una sobriedad impecable. Nada exagerado. Nada vulgar. Justo lo suficiente para que el resto del salón desapareciera cuando ella avanzaba entre los invitados.
A su lado, Mathews Sinclair reía con demasiada fuerza ante algún comentario trivial de otro empresario. Su mano reposaba en la espalda de Victoria con posesión automática, mecánica. Ella sonreía, pero sus ojos no participaban del todo.
Yo lo había visto.
Había visto lo que él hacía cuando ella no estaba presente. Y esa información se había convertido en un peso incómodo… y en una ventaja silenciosa.
No dije nada aquella vez en la sala de conferencias. No era mi guerra. Pero desde entonces, cada vez que veía a Victoria junto a él, algo en mí se tensaba.
No por celos.
Por convicción.
Me acerqué con calma, sosteniendo mi copa con naturalidad. No debía parecer precipitado. En este tipo de eventos, la imagen lo es todo.
—Buenas noches, señora Davenport —dije inclinándome apenas cuando extendió la mano.
Sus dedos eran suaves, firmes. No temblaban.
—Señor Blake.
Su voz era más profunda de lo que recordaba. Había en ella una seguridad tranquila que contrastaba con el brillo inquieto de sus ojos.
—Esta gala se ve aún más impresionante con su presencia.
Ella sonrió apenas.
—Es curioso, siempre pensé que las galas eran para cerrar acuerdos, no para hacer cumplidos.
—Ambas cosas requieren estrategia —respondí sin apartar la mirada.
Un silencio breve. No incómodo. Cargado.
Ella sostuvo mi mirada más tiempo del socialmente adecuado. Fue un instante mínimo… pero suficiente.
—Supongo que usted disfruta estos eventos —dijo finalmente.
—Disfruto observar —contesté—. Es sorprendente lo que se aprende cuando uno presta atención.
Su expresión cambió apenas, casi imperceptible.
—¿Y qué ha aprendido esta noche, señor Blake?
Me incliné ligeramente hacia ella, manteniendo la distancia adecuada.
—Que algunas personas brillan más que los candelabros del salón.
Un leve rubor apareció en sus mejillas. Intentó disimularlo llevando la copa a sus labios.
—Es peligroso decir ese tipo de cosas en público.
—Solo si alguien las escucha.
Mathews fue llamado por otro socio y se apartó momentáneamente. El espacio entre nosotros se volvió más íntimo sin necesidad de tocarse.
—Usted disfruta provocar —dijo ella en voz baja.
—Disfruto la honestidad.
—¿Eso es honestidad?
—Completamente.
Sus dedos jugaron con el borde de la copa. Ese pequeño gesto traicionaba la calma que intentaba proyectar.
—No debería decir esas cosas —murmuró.
—Probablemente no.
—Entonces, ¿por qué lo hace?
La miré con intención, sin sonrisa esta vez.
—Porque sería más deshonesto fingir que no pienso lo que pienso.
Su respiración cambió ligeramente. Apenas. Pero lo noté.
La tensión entre nosotros no era imaginaria. Era un pulso silencioso, una corriente que nos atravesaba cada vez que nuestras miradas se encontraban.
—Usted es un hombre muy seguro de sí mismo —dijo ella, intentando recuperar terreno.
—La seguridad no es arrogancia —respondí—. Es saber exactamente dónde uno está parado.
—¿Y dónde está parado ahora?
Sonreí.
—Justo frente a usted.
Un segundo más de silencio.
La orquesta cambió de melodía. Alguien brindó en otro extremo del salón. El mundo seguía moviéndose, pero el espacio entre nosotros parecía suspendido.
—Debería volver con mi esposo —dijo finalmente, aunque no se movió de inmediato.
—Claro.
Pero tampoco me moví.
—Señor Blake…
—Jonathan —la corregí suavemente.
Dudó.
—Jonathan… —repitió con una suavidad que hizo que mi nombre sonara distinto.
Ese pequeño detalle fue más poderoso que cualquier gesto.
—Victoria —respondí, bajando apenas la voz—, hay personas que viven años sin sentirse realmente vistas.
Su mirada se tensó.
—Buenas noches, señor Blake.
Intentó marcharse, pero antes de que diera el segundo paso, añadí en un tono apenas audible:
—Si alguna vez desea una conversación que no sea superficial… sabe dónde encontrarme.
No la toqué. No la detuve.
Pero sentí cómo el aire entre nosotros se volvía más denso.
Ella se alejó con elegancia impecable, aunque su paso no era tan firme como al inicio de la noche.
La observé reunirse con su esposo. Sonreía. Asentía. Cumplía su papel.
Pero cuando levantó la vista desde el otro lado del salón y nuestros ojos se encontraron otra vez, no hubo cortesía.
Hubo reconocimiento.
Y entendí algo con absoluta claridad:
Esto no era una simple atracción pasajera.
Era el inicio de una tensión cuidadosamente contenida.
Un juego donde cada palabra contaba.
Y yo nunca he perdido un juego que decido jugar.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰