Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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El precio de un milagro
Las palabras "compromiso", "matrimonio" y "esta noche" calaron hondo, filtrándose por mis poros hasta congelarme los huesos. Por un segundo, busqué un rastro de duda en los ojos de Guillermo Stevens, esperando que fuera una broma macabra, pero su mirada era un muro de determinación fría.
—¿De qué hablas? Esto... esto tiene que ser una broma —mi voz tembló, traicionándome.
—No soy hombre de juegos, Daniela. La decisión está tomada y, en menos de lo que imaginas, ya no llevarás mi apellido.
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier bofetada física.
—¡Estás loco! —grité, sintiendo que el aire me faltaba—. No me casaré con nadie que yo no haya elegido.
—Esto no depende de tus deseos. Es una orden y la acatarás sin reproches.
—¡No! No lo haré —me puse en pie, enfrentándolo—. No tienes derecho a obligarme a nada. Tú mismo lo has dicho: no soy más que un estorbo para ti.
Guillermo se inclinó hacia delante, y su voz bajó a un susurro letal que me detuvo el corazón.
—Tienes razón, no tengo derechos sobre ti... pero sí decido si desconectan a tu madre. Tengo el poder de dejar de pagar su costosa estancia en la clínica hoy mismo. Así que tú eliges: tu libertad o su vida.
Cuando finalmente abrió la puerta del despacho, salí tambaleándome. Afuera, Erika y Elena me esperaban. Sus sonrisas de triunfo eran dagas clavadas en mi espalda, pero no les di el gusto de verme llorar. Pasé por su lado en silencio, con el odio quemándome la garganta. Mi padre era un monstruo, capaz de asesinar la última chispa de esperanza de mi madre por un contrato.
Sumida en una tristeza asfixiante, me dirigí a la clínica. La enfermera se sorprendió al verme llegar tan temprano.
—Daniela, qué bueno que vienes. El doctor quiere hablar contigo de inmediato.
El miedo me recorrió la médula espinal. ¿Ya lo había hecho? ¿Había cumplido Guillermo su amenaza tan pronto? Caminé hacia el consultorio del Dr. Vargas, un hombre cuyas canas siempre me habían inspirado confianza, rogando al cielo que no fueran malas noticias.
—Daniela, toma asiento, por favor —dijo el doctor, ajustándose las gafas.
—¿Es mi madre? ¿Pasó algo? —pregunté, con el corazón en la boca.
—Te tengo noticias inesperadas. Ayer, un prestigioso neurocirujano me contactó interesado en el caso de Mariana. Quiere tratarla con un protocolo nuevo, pero para eso debemos trasladarla a una clínica privada de alta especialización.
El alivio duró apenas un segundo antes de que el doctor continuara.
—El problema es que los costos de traslado y el tratamiento son astronómicos. Tu padre me informó que la decisión de autorizar este movimiento depende exclusivamente de ti... y de "ciertos cambios" en tu situación familiar.
En ese momento, la trampa se cerró sobre mí. Guillermo lo sabía todo. En su infinita maldad, había convertido la única oportunidad de salvación de mi madre en los grilletes de mi propia condena. Si quería que mi madre volviera a abrir los ojos, yo tendría que cerrar los míos y aceptar vivir un infierno junto a un desconocido.
—Está bien, doctor. Hoy mismo mi padre autorizará el traslado de mi madre a esa clínica —sentencié.
Salí del consultorio con una chispa de esperanza quemándome el pecho, pero sofocada por el peso asfixiante de mi nueva cadena: un matrimonio por contrato. Entré en la habitación de mi madre; su respiración era pausada, casi imperceptible, y la palidez extrema de su piel me recordó lo frágil que era su hilo de vida.
—Haré lo que tenga que hacer para que estés bien —susurré, dejando que una lágrima solitaria cayera sobre su mano inerte—. Solo vuelve a mí.
Me quedé diez minutos a su lado, intentando convencerme de que mi sacrificio valía la pena. Al salir, me dirigí al campus. Necesitaba terminar con Alan; no podía arrastrarlo a mi infierno. Lo encontré cerca de la entrada.
—Pequeña, pensé que no vendrías hoy —dijo con esa suavidad que antes me derretía.
—Vine a hablar contigo —hice una pausa, tragándome el dolor—. Lo nuestro no puede continuar. No me preguntes por qué, solo acepta mi decisión y aléjate de mí.
Me di la vuelta antes de que pudiera ver cómo mi máscara de fortaleza se agrietaba. Fui al baño de la facultad buscando a Victoria, mi único refugio, pero lo que escuché al otro lado de la puerta me dejó petrificada.
—Daniela es una tonta —la voz de Victoria sonaba cínica, desconocida—. Solo finjo ser su amiga para que me ayude con las tareas. Además, Alan me interesa, así que haré lo posible para que se fije en mí ahora que ella está tan rara.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. ¿Tan insignificante era? ¿Tan invisible que ni siquiera mi mejor amiga me quería de verdad? No la confronté; no me quedaban fuerzas. Salí del campus huyendo de las risas y la hipocresía, refugiándome en el lugar más apartado que conocía.
Tomé un taxi hasta el mirador más alto de la ciudad. Era un sitio solitario donde el azul brillante del cielo contrastaba cruelmente con el gris de mi alma. Me senté en el borde, dejando que los sollozos escaparan finalmente de mi garganta. El mundo seguía girando, olvidándose de que yo existía.
—Vine a este lugar esperando soledad y me encuentro con una mocosa llorona.
Una voz fría, profunda y cargada de un rudo sarcasmo me sobresaltó.
—Es un lugar público —respondí sin voltear, limpiándome las lágrimas con rabia—. Si no le gusta la compañía, es libre de irse.
Escuché sus pasos alejándose, pero un aroma a perfume caro, amaderado y elegante, permaneció en el aire, envolviéndome de una manera inexplicable. Me hizo sentir una punzada de incomodidad... y algo más que no supe identificar.
Volví a casa para prepararme, la noche estaba casi por llegar y con ella mi futuro prometido.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades