Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 19: El hilo invisible
La semana después del sí fue extrañamente normal.
Alessandro llamaba a media mañana, como siempre. Su voz cálida preguntando por el día, por la noche, por si había dormido bien. Valentina aparecía en las comidas con su teléfono y sus informes y, a veces, sin que viniera a cuento, miraba la mano de Monserrat y sonreía. La galería seguía su curso: correos, reuniones, decisiones que tomar. Todo en orden. Todo en su sitio.
Pero el anillo estaba en el dedo.
No pesaba.
Era un aro delgado, sencillo, perfecto.
Alessandro lo había elegido bien. Y, sin embargo, cuando Monserrat pasaba el pulgar sobre el metal, lo sentía. Como algo que antes no estaba y ahora sí. Una marca. Una frontera.
El martes, en el desayuno, Valentina lo vio.
—¿Estás contenta? —preguntó.
Monserrat miró su mano. El metal plateado, mínimo.
—Sí.
No era mentira.
Estaba contenta.
Alessandro la quería.
Ella lo quería.
Habían elegido.
Era lo correcto.
Pero mientras lo decía, mientras Valentina asentía y volvía a su teléfono, algo en algún lugar del pecho se movió. No era duda. No era miedo. Era otra cosa. Una nota baja que no desaparecía aunque no pudiera oírla del todo.
Pensó en él.
Solo un segundo.
La imagen del puente, la luz cambiando, la mano extendida hacia el vacío.
Apartó el pensamiento antes de que tomara forma. No ahora. No aquí.
—¿Monse? —dijo Valentina.
—Sí. Perdón. Me distraje.
Valentina la observó un momento —ese momento suyo— y volvió al teléfono.
Monserrat terminó el café y se levantó. El anillo reflejó la luz de la mañana.
El miércoles, en la galería, Francesca dejó una tableta sobre su mesa.
—¿Ha visto esto? —preguntó.
—¿Qué?
—El artículo de Aurora Santini. Sobre la fundación D'Angello. Está en todos lados.
Monserrat no la tocó. Miró la pantalla encendida, el titular, las primeras líneas. Los métodos ocultos del imperio D'Angello. El nombre de él repetido varias veces. Y debajo, la firma: Aurora Santini. El nombre le sonó a algo. ¿Una cena? ¿Una presentación? No logró situarlo.
—Déjalo ahí —dijo.
Francesca asintió y salió. Monserrat siguió con lo suyo: informes, llamadas, decisiones de siempre. La tableta quedó en el borde de la mesa, la pantalla apagándose lentamente hasta quedar negra.
No la tocó en toda la mañana.
El jueves por la tarde, Bianca apareció en la galería.
No traía café. No traía nada. Solo su expresión, y cuando Monserrat la vio supo que algo había pasado.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Nada. Todo. No sé.
Se sentaron en el banco de la sala principal, frente a la pieza de Conti. La escultura cargaba con esa pesadumbre silenciosa, con una pérdida que no se iba nunca. La luz de la tarde entraba por los ventanales, rebotaba en la resina y la volvía más viva.
—Luca y yo —dijo Bianca—. Anoche… casi.
—¿Casi qué?
—Casi todo. Estuvimos a punto. Y entonces él se detuvo.
—¿Por qué?
—Dijo que no quería hacerlo mal. Que yo merecía que fuera bien. Que esperaría el tiempo que hiciera falta.
Bianca sonrió. Una sonrisa pequeña, confundida, feliz y frustrada al mismo tiempo.
—Es un idiota —dijo.
—Es un buen hombre.
—Lo sé. Por eso es un idiota.
Monserrat asintió. Miró la escultura. Luego, sin pensar, miró su mano. El anillo.
Bianca siguió su mirada.
—¿Duele? —preguntó.
—¿El qué?
—Llevarlo. Saber que está. Elegir eso.
Monserrat tardó en responder.
—No duele —dijo al final—. Es otra cosa. Como si todo el tiempo estuviera pensando en no pensar.
Bianca asintió despacio. Como si entendiera. Como si no, pero lo respetara.
—Yo leí el artículo —dijo después—. No sé qué pensar. Luca dice que es una operación de los Vitale. Que llevan meses filtrando cosas para desacreditar a su hermano. Aurora Santini… dice que la ha visto en eventos de los Vitale. No sé si sea verdad.
Monserrat la miró. Aurora Santini otra vez. Ahora con contexto.
—¿Y tú qué crees? —preguntó.
—Creo que no sé. Creo que no importa lo que yo crea. No es mi historia.
Una pausa. La escultura, inmutable. La luz, cambiando.
—¿Sabes lo que más me da miedo? —dijo Bianca, sin mirarla.
—Dime.
—Que sea tan bueno. Que no me dé ninguna razón para irme. Que todas las razones para quedarme sean exactamente las que siempre dije que quería.
Monserrat la miró. Bianca seguía con los ojos fijos en la pieza de Conti.
—¿Y eso es malo? —preguntó.
—No lo sé. Es... no sé. Cuando algo es demasiado correcto, demasiado en su sitio, una parte de mí espera que se rompa. Como si no pudiera ser verdad.
—¿Y crees que se va a romper?
Bianca se encogió de hombros. Un gesto pequeño, casi infantil.
—No. Pero tampoco creía que alguien como Luca podía mirarme como me mira. Y aquí está.
Monserrat sintió algo en el pecho. No sabía qué. Alivio, quizá. O la conciencia de que Bianca tenía lo que ella ya no podía tener: tiempo para que alguien se detuviera.
—¿Tú crees que se puede saber? —preguntó Bianca.
—¿Saber qué?
—Si es para siempre. Si esa persona es la correcta. Si todo lo que sientes ahora va a durar.
Monserrat miró su mano. El anillo. El metal reflejando la luz de la tarde.
—No —dijo—. No se puede saber. Solo se puede elegir.
—¿Y tú elegiste?
La pregunta quedó flotando entre ellas. Monserrat tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja.
—Sí. Elegí.
Bianca asintió despacio. No preguntó nada más.
La escultura seguía ahí. La luz seguía cambiando. El tiempo, en la galería vacía, tenía otra textura.
—Te quiero —dijo Bianca.
—Yo también.
Bianca se levantó. La miró un momento, ese momento suyo que veía sin preguntar. Luego sonrió, una sonrisa pequeña, y se fue.
Monserrat se quedó sola frente a la pieza de Conti.
Cuando volvió a su despacho, la tableta seguía en el borde de la mesa. La pantalla, negra. Pero sabía que al tocarla, volvería a encenderse.
No la tocó.
Esa noche, en su habitación, abrió el ordenador.
La pantalla iluminó la oscuridad. Sus dedos sobre el teclado, inmóviles. Podía cerrarlo. Podía no saber. Podía seguir siendo la Monserrat de antes, la que no tenía preguntas sin respuesta, la que no había extendido la mano hacia el vacío en un puente.
Pero algo en ella seguía removiéndose desde la conversación con Bianca. Una incomodidad silenciosa que no desaparecía.
Sus dedos ya estaban escribiendo el nombre.
Aurora Santini. Los métodos ocultos del imperio D'Angello.
Hizo clic.
El artículo era largo. Muy documentado. Citas de fuentes anónimas. Referencias a operaciones de los últimos cinco años. Presión sobre competidores pequeños. Adquisiciones agresivas. Límites éticos difusos. Nada ilegal. Nada que pudiera llevarlo a juicio. Pero suficiente.
Monserrat leyó una vez. Dos veces. La tercera se detuvo en un párrafo específico, el que hablaba de una empresa familiar del norte de Italia que había quebrado después de que D'Angello entrara en el mercado.
“Ellos no te destruyen —decía el dueño, citado anónimamente—. Solo te rodean. Te quitan el aire poco a poco. Y un día te das cuenta de que ya no puedes respirar.”
Dejó de leer.
La pantalla seguía ahí, iluminando la habitación. El cursor parpadeaba al final del artículo, esperando. Sus manos, sobre el teclado, temblaban ligeramente. No supo si era frío o algo más.
Pensó en Dorian. En sus manos sobre los planos en la obra. En su voz. En su mirada —esa que no sabía clasificar—, la misma del sueño, la del puente, la de siempre.
¿Era posible que todo eso fuera una fachada? ¿Que el hombre que hablaba de pérdida y de arte fuera el mismo que dejaba empresas sin aire?
Una parte de ella —la más honesta— supo en ese momento que no importaba.
Que lo que sentía no dependía de lo que él fuera.
Que, aunque todo lo que decía el artículo fuese verdad, seguiría sintiendo lo mismo.
Eso fue lo más incómodo de todo.
Había pasado meses preguntándose qué sentía, si era real, si tenía derecho. Y ahora lo sabía con una claridad que daba miedo.
Pero saber no cambiaba nada.
Porque otra parte —la que llevaba años construyendo una vida ordenada, la que tenía un anillo en el dedo— quería creerlo.
Quería que el artículo fuera verdad.
Quería que Dorian fuera todo lo que decían. Quería que fuera el villano que los Vitale describían, el hombre sin escrúpulos, el depredador. Porque si era eso, podía cerrar esa puerta. Podía dejar de sentir.
Sintió vergüenza.
Una vergüenza pequeña, aguda, instalada en algún lugar del estómago.
Vergüenza de desear que él fuera peor para poder quererlo menos.
Cerró los ojos un momento. Los abrió.
Las palabras del artículo volvieron a ella.
Te quitan el aire poco a poco. Y un día te das cuenta de que ya no puedes respirar.
Eso era exactamente lo que ella sentía desde hacía meses.
Desde la primera noche en el balcón.
Desde la primera vez que lo vio.
Desde antes de saber que existía.
No era a él a quien le estaba pasando eso.
Era a ella.
El anillo. El artículo. El viaje a Milán. La foto. Las presiones de Valentina. Las coincidencias que no terminaban de ser coincidencias.
No lo nombró. No podía.
Apartó las manos del teclado y las dejó sobre el regazo. Miró el anillo. El metal reflejaba la luz de la pantalla.
El artículo seguía abierto.
No lo cerró.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴