Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
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CAPÍTULO 3: EL ARTE DE LAS PIEZAS ROTAS
La luz de la tarde en San Lorenzo de los Vientos tenía una cualidad líquida, como si el sol se estuviera ahogando lentamente en el Atlántico. Dentro del taller de Elena, el aire estaba saturado de una mezcla de trementina, polvo de siglos y el aroma metálico del mar que se filtraba por las rendijas. Ella estaba de pie frente a un lienzo de tamaño medio, una obra anónima del siglo XIX que mostraba un paisaje borrascoso, muy parecido al que veía por su ventana cada mañana.
Sostenía el hisopo con la mano izquierda, mientras la derecha descansaba inerte sobre su regazo, como una mascota herida que no quería despertar. El proceso de limpieza era agónico. Cada milímetro de barniz oxidado que lograba retirar era una victoria, pero también un recordatorio de que su mano dominante, la que poseía la memoria del trazo perfecto, seguía en huelga.
Un golpe rítmico en la puerta de madera, la misma que Julián había sanado el día anterior, la hizo saltar. No esperó a que ella respondiera; el chirrido suave de las bisagras anunció su entrada.
Julián apareció con una bolsa de papel en una mano y su inseparable cuaderno en la otra. Hoy no traía la chaqueta de lona, sino un suéter de lana azul marino que hacía que sus ojos grises parecieran dos trozos de pedernal bajo la luz de los fluorescentes. Al verlo, Elena sintió esa extraña punzada en el estómago, una mezcla de alivio y una alerta que no sabía clasificar.
—He traído café de verdad, no esa agua turbia que sirve Marta cuando está de mal humor —dijo él, depositando dos vasos humeantes sobre una mesa llena de botes de pigmentos—. Y he pasado por la panadería. Dicen que si no comes, el olor a barniz termina por alucinarte.
Elena dejó sus herramientas con cuidado, agradeciendo internamente la interrupción. Sus dedos izquierdos estaban entumecidos por el esfuerzo de suplir a los derechos.
—No deberías haberte molestado, Julián. Tengo mucho trabajo y... —Su voz se apagó cuando vio que él ya se había acercado al caballete, observando el lienzo con una intensidad casi profesional.
—Es un paisaje de la escuela romántica, ¿no? —preguntó Julián, entrecerrando los ojos—. El uso de la luz en esas nubes... recuerda a Turner, pero con una técnica más tosca. Es como si el pintor tuviera prisa por terminar antes de que la tormenta lo alcanzara de verdad.
Elena se quedó sin palabras por un segundo. No era común encontrar a un carpintero de astillero que distinguiera escuelas pictóricas.
—Es una copia de estudio, probablemente de un alumno aventajado —explicó ella, acercándose a él, aunque manteniendo una distancia prudencial—. El dueño quiere que recupere los azules originales. Pero el tiempo ha convertido el azul cobalto en un verde amarillento que parece enfermo.
Julián se giró hacia ella. Estaban tan cerca que Elena pudo ver las pequeñas motas doradas en el iris de sus ojos grises y la cicatriz casi imperceptible que él tenía en la ceja izquierda.
—¿Cómo lo haces? —preguntó él en voz baja—. ¿Cómo te atreves a tocar algo que ya está roto, sabiendo que podrías estropearlo más?
La pregunta no era solo sobre el cuadro. Elena lo supo de inmediato. Era una pregunta sobre la vida, sobre ellos dos.
—Porque si no lo intento, el cuadro muere de todos modos —respondió ella con una seriedad que la hacía parecer mayor que sus veinticuatro años—. La restauración no es devolver algo a su estado original, eso es imposible. El tiempo no se puede borrar. Restaurar es permitir que las heridas del objeto cuenten su historia sin que la pieza se caiga a pedazos.
Julián asintió, procesando sus palabras. Se sentó en un taburete alto, estirando sus largas piernas, y dio un sorbo a su café.
—A veces envidio a los cuadros —confesó él, mirando sus propias manos, aquellas que una vez diseñaron rascacielos y que ahora solo cepillaban tablones de roble—. Ellos tienen a alguien como tú. Nosotros, los que estamos hechos de carne y hueso, solemos quedarnos con las grietas abiertas. Nadie viene con un pincel y disolvente a quitarnos la suciedad del pasado.
Elena se sentó frente a él, olvidando por un momento su reserva habitual. El drama de sus historias personales estaba allí, flotando entre ellos como el polvo en los rayos de sol.
—Tú también restauras, Julián. Vi cómo arreglaste esa puerta. Y veo cómo trabajas en los barcos. Les devuelves la capacidad de flotar. ¿No es eso lo mismo?
—No es lo mismo, Elena. Un barco es madera y clavos. Si se pudre, cambias la pieza. Pero cuando lo que se pudre es tu reputación, o tu confianza en que tus manos no van a fallar... eso no se compra en la ferretería.
Julián sacó su cuaderno y lo abrió por una página en blanco. Elena vio que, por primera vez, no estaba dibujando planos, sino que sus ojos saltaban de ella al papel. Estaba haciendo un boceto de su taller. O quizás, de ella misma.
—Cuéntame del accidente —dijo él de repente, sin levantar la vista del cuaderno—. Dicen que hablar de los fantasmas ayuda a que dejen de asustar.
Elena suspiró. Normalmente, habría echado a cualquiera que hiciera esa pregunta, pero la mirada de Julián no tenía lástima, solo una curiosidad fraternal, la de alguien que también vive en el exilio.
—Fue un 14 de febrero, como ya sabes. Salía de la galería. Había vendido mi primera restauración importante y me sentía invencible. El coche apareció de la nada. Un segundo estaba pensando en qué cenar, y al siguiente, el mundo era un estallido de cristal y metal. Mi mano derecha quedó atrapada entre el volante y el tablero. Los médicos dijeron que tuve suerte de no perderla, pero para una restauradora, una mano que tiembla es una mano muerta. Perdí las becas, perdí los contratos y, finalmente, perdí el miedo a dejarlo todo y venirme aquí.
Julián dejó el lápiz. El boceto estaba a medias, pero las líneas capturaban perfectamente la soledad del taller.
—Yo perdí a un amigo —soltó él, y el tono de su voz bajó varias octavas—. En el edificio que colapsó. No fue mi culpa técnica, los materiales eran defectuosos y el constructor ahorró dinero a mis espaldas, pero yo era el arquitecto jefe. Yo debería haberlo visto. La prensa me devoró vivo. Mi juventud, que antes era una ventaja, se convirtió en mi condena El joven arrogante que jugaba a ser Dios con el cemento.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio compartido, un espacio donde ambos podían dejar de fingir. Elena se levantó y, por un impulso que no comprendió, extendió su mano derecha hacia él.
—Tiembla —dijo ella, mostrando la debilidad que tanto ocultaba—. Mírala.
Julián dejó el cuaderno y, con una delicadeza que contrastaba con su aspecto rudo, tomó la mano de Elena entre las suyas. Sus manos eran cálidas, ásperas y firmes. En el momento en que su piel tocó la de ella, el temblor de Elena no desapareció, pero se transformó en una vibración diferente, una corriente eléctrica que le recorrió el brazo hasta el corazón.
—No es un temblor de debilidad, Elena —susurró él, mirándola fijamente a los ojos—. Es energía que no sabe a dónde ir. Estás intentando contener demasiado dolor aquí dentro.
Se quedaron así por lo que pareció una eternidad. Dos jóvenes de veintitantos años, rotos por una sociedad que no perdona el error ni la vulnerabilidad, encontrando un ancla en medio de la tormenta de San Lorenzo.
Finalmente, Elena retiró la mano, sintiendo el vacío del frío repentino.
—Gracias por el café, Julián —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—. Y por la puerta.
—Mañana es 16 de febrero —dijo él, levantándose y recogiendo sus cosas—. La maldición del 14 ya ha pasado por este año. Quizás sea un buen día para intentar pintar algo nuevo, aunque sea un boceto pequeño.
Julián caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—Por cierto, Elena. Tienes una mancha de azul cobalto en la mejilla. Te queda bien. Resalta el verde de tus ojos.
Y con esa frase, que fue como una pequeña explosión de color en el gris de su rutina, Julián salió al muelle. Elena se llevó la mano a la mejilla, rozando la pintura fresca. Miró el cuadro romántico y luego el asiento donde él había estado.
Por primera vez en un año, Elena no pensó en el accidente antes de dormir. Pensó en unas manos de arquitecto que olían a madera y en cómo el 14 de febrero, después de tantas tragedias, finalmente le había traído algo que, aunque todavía no podía llamar amor, se sentía sospechosamente parecido a la esperanza.