Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 3
Ayslan apenas consiguió dormir aquella noche.
Las luces del club aún parecían grabadas en su mente, así como la mirada de aquel hombre. No era deseo. No era simple curiosidad. Era algo más pesado, más profundo, como si él hubiera visto en ella algo que ni ella misma conocía.
A la mañana siguiente, se despertó temprano, como siempre, al sonido de la respiración irregular de la abuela. Daniela estaba un poco mejor, pero aún débil. Ayslan la cuidó en silencio, tratando de alejar los pensamientos de la noche anterior.
Pero ellos insistían.
El nombre de él no salía de su cabeza.
Álvaro Mendes.
Ella supo quién era él antes incluso de que alguien lo dijera. En el club, ciertos nombres no necesitaban ser presentados. Bastaba el respeto silencioso, el miedo contenido, la forma en que todos se apartaban cuando él pasaba.
Cuando el celular vibró, Ayslan se asustó.
Era Camila.
—Amiga, ¿estás bien?
Ayslan respondió rápido:
—Sí. ¿Por qué?
La respuesta vino casi inmediatamente.
—Porque Álvaro Mendes preguntó por ti hoy temprano, al dueño del club.
El corazón de Ayslan se disparó.
—¿Cómo así?
Camila tardó un poco más esta vez.
—Él pidió verte hoy. Fuera del club.
Ayslan se sentó en la orilla de la cama, sintiendo el suelo desaparecer bajo sus pies.
—Camila, yo no puedo…
—Lo sé. Le dije eso al señor André, pero él no pidió, Ayslan.
Ayslan cerró los ojos.
—Maldita sea… —murmuró.
Camila mandó la dirección y completó:
—Voy contigo hasta la puerta. No entres sola. Confía en mí.
Horas después, Ayslan dejó a Daniela durmiendo, con los medicamentos organizados y todo al alcance. El beso en la frente de la abuela demoró más de lo normal, como si fuera un pedido silencioso de perdón.
El lugar indicado no era una oficina común.
Era un edificio lujoso, más discreto como para llamar la atención, pero elegante lo suficiente para intimidar. Dos hombres de traje estaban en la entrada. Ninguna sonrisa. Ninguna palabra innecesaria.
Camila apretó la mano de Ayslan.
—Cualquier cosa, te sales. Yo me quedo aquí.
Ayslan asintió, tratando de parecer fuerte.
El ascensor subió en silencio. Cada piso parecía una cuenta regresiva.
Cuando las puertas se abrieron, ella fue conducida hasta una sala amplia, con ventanas de vidrio y muebles oscuros. Álvaro Mendes estaba de pie, de espaldas, observando la ciudad como si fuera dueño de ella.
Él no se giró inmediatamente.
—Puedes irte —dijo a uno de los hombres.
Cuando quedaron solos, él finalmente se volteó.
El mismo traje oscuro. La misma postura imponente. Pero había algo diferente en su mirada. No menos frío, más decidido.
—Siéntate, Ayslan.
Ella obedeció.
Álvaro caminó despacio hasta la mesa y apoyó las manos sobre ella.
—Sé sobre ti.
El estómago de ella se contrajo.
—Sé que vives en una casa simple. Sé que cuidas de tu abuela sola. Sé que ella está enferma… y que no tienes cómo pagar el tratamiento.
Ayslan sintió el rostro calentarse.
—El señor no tiene el derecho…
—Tengo —él interrumpió, sin elevar la voz—. Porque yo puedo resolver eso.
Ella se levantó en un impulso.
—Si es dinero a cambio de favores, yo no…
Álvaro levantó la mano, imponiendo silencio.
—No es eso.
Él dio la vuelta a la mesa y se detuvo delante de ella, manteniendo una distancia calculada.
—No quiero tu cuerpo —dijo con frialdad—. Quiero tu presencia.
Ayslan frunció el ceño.
—No entiendo.
Álvaro respiró hondo, como si sacara algo de muy profundo del pecho.
—Te pareces a alguien que perdí.
El silencio quedó pesado.
—Quiero que te cases conmigo.
Las palabras cayeron como un golpe.
—¡¿Qué?! —Ayslan retrocedió un paso—. ¿El señor enloqueció?
—No —respondió con calma perturbadora—. Estoy siendo extremadamente racional.
Ayslan sintió las piernas temblar.
—¡No sé ni quién es usted de verdad!
—Sabes lo suficiente —respondió Álvaro—. Y no estoy pidiendo tu opinión.
Ella sintió el pánico subir.
—¡No voy a hacer eso!
Álvaro se acercó un poco más.
—Pago todo el tratamiento de tu abuela. Los mejores médicos. Los mejores hospitales. Nada le faltará.
Ayslan sintió el corazón partirse.
—¿Y a cambio…?
—Serás mi esposa —respondió él—. Vivirás conmigo. Representarás mi nombre. Nada más será exigido… siempre y cuando cumplas tu papel.
—¿Qué papel? —susurró ella.
La mirada de Álvaro se oscureció.
—El de ocupar un lugar que está vacío, el de mi esposa Bruna que falleció, te pareces mucho a ella.
Ayslan sacudió la cabeza, lágrimas formándose.
—Yo no soy sustituta de nadie…
—Lo serás —respondió él, sin crueldad, pero sin espacio para la negativa—. O tu abuela continuará sufriendo.
El silencio fue cortante.
Ayslan sintió el peso de la elección aplastar su pecho. Amor o dignidad. Libertad o supervivencia. Ella pensó en Daniela acostada en aquella cama, frágil, confiando en ella.
—Si acepto… —la voz de ella falló—. ¿Esto acaba cuándo?
Álvaro sostuvo la mirada.
—Cuando yo decida.
Ayslan cerró los ojos.
Y en aquel instante, ella supo: no estaba aceptando un matrimonio.
Estaba entrando en una prisión hecha de poder, dolor…
…y recuerdos que no eran de ella.