"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 24
El amanecer se filtró por las persianas de aluminio del penthouse, dibujando líneas de luz plateada sobre las sábanas de seda gris. Yaneth despertó sintiendo un peso cálido y posesivo sobre su cintura. Por un segundo, el pánico de la costumbre intentó asomar, pero el aroma a sándalo y piel limpia la devolvió a la realidad: estaba en la cama de Thiago, y la noche anterior no había sido un sueño.
Sintió un beso suave, casi una caricia de pluma, justo en el espacio entre su hombro y su cuello.
—Buenos días, nena —la voz de Thiago era un barítono profundo, ronco por el sueño y cargado de una dulzura que le envió un escalofrío por la espina dorsal.
Yaneth se giró lentamente, encontrándose con unos ojos grises que ya no tenían ni rastro de hielo. Thiago la miraba como si fuera lo más valioso que sus manos hubieran tocado jamás. Él apartó un mechón de cabello de su rostro con una delicadeza infinita, recorriendo su mejilla con el pulgar.
—¿Estás bien? —preguntó él, con una preocupación tan genuina que a Yaneth se le anudó la garganta.
—Estoy... sorprendida —admitió ella con una sonrisa tímida—. No sabía que el Diablo de Hielo sabía despertar con tanta ternura.
Thiago soltó una risa baja, un sonido vibrante que ella sintió contra su pecho al abrazarla.
—El diablo solo es tierno con su dueña. Quédate aquí, no te muevas. Voy a pedir que traigan el desayuno, o mejor... voy a prepararlo yo mismo. No quiero que nadie entre en este espacio hoy.
Él le dio un último beso, largo y casto, antes de levantarse con la gracia de un depredador satisfecho. Yaneth se quedó observándolo, admirando la fuerza de su espalda y la seguridad de sus movimientos. Sin embargo, el calor de la noche anterior todavía quemaba en su piel y sentía la necesidad de despejarse. Se levantó y caminó hacia el baño principal, una estancia de mármol negro y cristal templado que parecía sacada de una revista de diseño.
Abrió el grifo de la ducha, dejando que el agua caliente generara una cortina de vapor denso que empañó los espejos. Se metió bajo el chorro, cerrando los ojos y dejando que el agua golpeara sus hombros, tratando de procesar la intensidad de lo que sentía por el hombre que estaba al otro lado de la puerta.
No pasaron ni cinco minutos cuando escuchó el clic de la puerta del baño.
A través del cristal esmerilado, vio la silueta alta y poderosa de Thiago. La puerta de la ducha se deslizó sin hacer ruido. Thiago entró, dejando que el agua empapara su cabello oscuro de inmediato. No dijo nada, pero su mirada ya no era tierna; era la mirada del hombre que la había reclamado la noche anterior, oscura y cargada de una intención depredadora.
Se acercó a ella, atrapándola entre el frío mármol de la pared y su cuerpo ardiente.
—Te dije que no te movieras de la cama —susurró él, su voz compitiendo con el rugido del agua. Sus manos, grandes y firmes, se posaron en sus caderas, atrayéndola hacia él con un tirón posesivo que le cortó la respiración.
—Necesitaba... despertar —logró decir Yaneth, aunque sus rodillas empezaban a flaquear.
—Yo te voy a despertar de verdad —respondió él.
Al estilo de los juegos de poder que tanto lo definían, Thiago la obligó a girarse, pegando su pecho contra el mármol húmedo. Tomó sus muñecas y las apoyó contra la pared, manteniéndolas allí con una sola mano mientras la otra recorría su cuerpo con una urgencia renovada. El contraste del agua caliente con la firmeza de sus manos era embriagador.
—Eres mía, Yaneth —gruñó él contra su oído, mordisqueando el lóbulo de su oreja con una intensidad que la hizo jadear—. En la oficina, en la mansión, y sobre todo aquí. No hay contratos que valgan cuando te toco de esta manera.
El baño se convirtió en un escenario de deseo desenfrenado. Thiago la poseyó bajo el chorro de agua con una fuerza y una pasión que rozaban lo primitivo, reclamando cada rincón de su ser como si quisiera marcarla para siempre. Yaneth se entregó con una libertad absoluta, gritando su nombre mientras el vapor nublaba todo lo demás. En ese momento, no existían los Del Valle, ni Lucía, ni las deudas. Solo existía el ritmo frenético de sus cuerpos y la rendición total de dos personas que se habían encontrado en medio del caos.
Cuando finalmente salieron de la ducha, envueltos en toallas negras de algodón grueso, la tensión no había desaparecido, pero se había transformado en una complicidad profunda. Thiago la ayudó a secarse con una atención casi devota, como si fuera un ritual sagrado.
Sin embargo, al salir al salón del penthouse, la realidad golpeó la puerta. El teléfono de Thiago, que había quedado sobre la mesa de centro, vibraba sin descanso.
Thiago lo tomó, y su expresión cambió en un segundo. El hombre tierno y el amante apasionado dieron paso de nuevo al CEO letal.
—¿Qué pasa, Sandra? —contestó él. Su mandíbula se apretó—. ¿A qué hora salió la noticia? ¿En qué portales?
Yaneth se acercó, ajustándose el albornoz, sintiendo un presentimiento amargo.
—Es Lucía, ¿verdad? —preguntó ella.
Thiago colgó el teléfono y miró a Yaneth. Sus ojos grises estaban encendidos de rabia.
—Ella y Elena. Han convocado a una "rueda de prensa informal" frente a la sede de la empresa. Lucía está llorando frente a las cámaras, diciendo que tú le tendiste una trampa legal para robarle a su "prometido" y que yo estoy bajo el efecto de algún tipo de coacción. Están diciendo que el contrato matrimonial tiene cláusulas de extorsión.
Yaneth sintió una punzada de rabia, pero ya no era la chica que se escondía. Se enderezó, con la mirada fría y decidida.
—Quieren un espectáculo, Thiago. Vamos a dárselo. Pero no el que ellas esperan.
—Sandra ya está organizando la respuesta —dijo Thiago, acercándose a ella y tomándola por la nuca para unir sus frentes—. Vamos a ir a esa oficina, y les vamos a demostrar que lo único "ilegal" aquí es la envidia que las está carcomiendo. Nadie toca a mi esposa y sale ileso.
Yaneth asintió. La dulzura de la mañana se había convertido en acero. Sabía que esa tarde, frente a los flashes de la prensa, no solo defendería su matrimonio, sino el honor de la mujer que finalmente había nacido entre las cenizas de su pasado. El Diablo estaba a su lado, y esta vez, el infierno lo iban a sufrir otros.