El mundo terminó en menos de un mes.
Primero fueron los rumores: personas enfermas, ataques violentos, ciudades enteras aisladas.
Después llegó el silencio.
Las calles se llenaron de cadáveres caminando bajo la lluvia, las comunicaciones desaparecieron, y sobrevivir un día más se volvió un milagro.
Charlie nunca creyó necesitar a nadie. Fría, impulsiva y acostumbrada a huir de todo, aprendió rápido que el nuevo mundo solo recompensa a quienes son capaces de abandonar sentimientos.
Hasta que conoce a Tamara.
Tamara es completamente diferente: amable, inteligente, demasiado humana para un mundo muerto.
Y aun así… sobrevive.
Juntas atraviesan ciudades destruidas, hospitales infestados, carreteras cubiertas de sangre y grupos humanos mucho más peligrosos que los zombis.
Pero mientras el horror crece, también crece algo peor:
el amor.
Porque enamorarse en el fin del mundo significa descubrir un miedo nuevo.
No perder la vida.
Perder a la única persona que hace que todavía valga la pena vivi
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Hasta el Último Latido
Capítulo 2: No abras la puerta
BOOM
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Otro golpe hizo temblar la puerta metálica del depósito.
Polvo cayó desde el techo.
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Tamara retrocedió inmediatamente.
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—¡Van a entrar!
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Charlie seguía inmóvil frente a la puerta con el bate entre las manos.
Respirando rápido.
Pensando.
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Los gruñidos del otro lado eran cada vez más violentos.
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Demasiados.
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La puerta volvió a doblarse hacia adentro.
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BOOM
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Una mano ensangrentada atravesó parcialmente el metal roto.
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Tamara soltó un pequeño grito ahogado.
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Charlie reaccionó de inmediato y golpeó el brazo con el bate.
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CRACK
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El hueso se quebró.
La mano desapareció nuevamente detrás de la puerta.
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Pero los golpes continuaron.
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—Mierda…
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Charlie observó rápidamente el depósito.
Oscuro. Estrecho. Lleno de cajas viejas y estanterías oxidadas.
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No había salida visible.
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Perfecto.
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Tamara respiraba agitadamente junto a ella abrazando el botiquín contra el pecho.
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—¿Qué hacemos?
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Charlie no respondió enseguida.
Porque honestamente…
no tenía idea.
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Y odiaba eso.
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Otro impacto brutal sacudió la puerta.
El metal comenzó a romperse desde arriba.
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Los infectados gritaban del otro lado.
Hambrientos.
Desesperados.
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Charlie apretó los dientes.
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—Ayúdame con esto.
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Se acercó rápidamente a una estantería metálica enorme.
Tamara dudó apenas antes de correr hacia ella.
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Entre las dos empujaron el mueble frente a la puerta.
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Pesado.
Muy pesado.
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Los golpes seguían.
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BOOM
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La puerta se abrió unos centímetros.
Dedos ensangrentados intentaron entrar.
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Tamara tembló.
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—¡Charlie!
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—¡Empuja!
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Ambas usaron todo su peso contra la estantería.
Finalmente lograron bloquear parcialmente la entrada.
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Silencio.
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No completo.
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Los gruñidos seguían del otro lado.
Las uñas raspaban el metal lentamente.
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Esperando.
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Tamara respiró profundamente intentando calmarse.
Pero seguía temblando.
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Charlie la observó apenas.
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—¿Estás herida?
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Tamara negó rápido.
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—No… creo que no.
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Charlie soltó el aire lentamente.
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—Bien.
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La luz del depósito volvió a parpadear.
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Por un instante el lugar quedó completamente oscuro.
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Y el miedo regresó con fuerza.
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Tamara habló en voz baja.
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—Pensé que iba a morir ahí afuera.
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Charlie apoyó el bate contra el hombro.
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—Todavía podríamos morir.
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—Gracias por el optimismo.
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Charlie levantó apenas una ceja.
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Y por primera vez desde que la conoció…
Tamara sonrió un poco.
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Pequeño.
Nervioso.
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Pero real.
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Eso descolocó a Charlie más de lo que debería.
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Apartó la mirada inmediatamente.
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—¿Tu hermano dónde está?
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La sonrisa desapareció.
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—En un apartamento cerca de la avenida central.
Tiene fiebre desde ayer.
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Charlie sintió un mal presentimiento instantáneo.
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—¿Lo mordieron?
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Tamara guardó silencio.
Demasiado tiempo.
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—Tamara.
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Ella bajó lentamente la mirada.
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—No lo sé.
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Eso significaba sí.
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Charlie cerró los ojos un segundo.
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Mierda.
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Había visto suficientes infecciones para reconocer el patrón.
Fiebre. Sudor. Temblores.
Luego hambre.
Luego violencia.
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Y después…
ya no quedaba nadie ahí dentro.
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Tamara apretó más fuerte el botiquín.
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—Todavía sigue siendo él.
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Charlie no respondió.
Porque esa era la peor parte.
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Al principio…
todavía parecían humanos.
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Un ruido fuerte interrumpió el silencio.
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Las dos levantaron la cabeza rápidamente.
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Algo se movía dentro del depósito.
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No del otro lado de la puerta.
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Dentro.
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Charlie agarró el bate inmediatamente.
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—…quédate detrás de mí.
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Tamara obedeció sin discutir.
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El fluorescente parpadeó otra vez.
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Charlie avanzó lentamente entre las cajas.
Paso a paso.
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El sonido volvió a escucharse.
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Algo arrastrándose.
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Entonces lo vio.
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Un hombre escondido debajo de una mesa metálica.
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Vivo.
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O eso parecía.
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Tenía el uniforme de seguridad del supermercado cubierto de sangre.
Y sostenía un cuchillo temblando entre las manos.
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Sus ojos estaban abiertos de par en par.
Completamente aterrorizados.
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—No se acerquen…
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Charlie bajó apenas el bate.
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—Tranquilo.
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El hombre respiraba desesperadamente.
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—Pensé que esos monstruos ya habían entrado…
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Tamara dio un pequeño paso adelante.
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—¿Está herido?
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El hombre no respondió.
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Y eso bastó.
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Charlie vio la mordida inmediatamente.
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En su cuello.
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Profunda.
Negra.
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Mierda.
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Tamara también la vio.
Y su rostro perdió color.
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—No…
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El guardia comenzó a llorar.
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—No quiero convertirme en uno de ellos…
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Silencio.
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Charlie sintió un nudo incómodo en el pecho.
Porque ya había pasado por esto antes.
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Demasiadas veces.
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El hombre levantó lentamente la mirada hacia Charlie.
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Y entendió.
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—Por favor…
Su voz se quebró.
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—No quiero lastimar a nadie.
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Tamara dio un paso atrás.
Temblando.
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—Charlie…
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Pero Charlie ya sabía lo que tenía que hacer.
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Odiaba esa parte.
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Siempre la odiaría.
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El hombre cerró lentamente los ojos.
Llorando en silencio.
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—Hazlo rápido.
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Tamara abrió los ojos horrorizada.
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—¡Espera!
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Charlie apretó el bate con fuerza.
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Porque si dudaban…
morirían las dos.
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Y justo en ese momento—
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El guardia comenzó a convulsionar.