Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 17 El Colegio
María se levantó y fue a un pequeño armario detrás de la barra. Sacó una libreta y un bolígrafo.
—Empecemos ahora mismo. ¿Qué sabes de ella?
Durante la siguiente hora, las dos mujeres construyeron un perfil detallado de Vanesa. Edad, ocupación, dirección, relaciones conocidas, hábitos, horarios, lugares que frecuentaba.
Gaya aportaba lo que sabía de sus propios recuerdos y de los de Gaya; María aportaba lo que había observado en los últimos años, los pequeños detalles que había ido acumulando sin saber que algún día serían útiles.
Cuando terminaron, tenían varias páginas llenas de información. No era mucho, pero era un comienzo.
—Necesito que investigues a su madre también —dijo Gaya—. Si están las dos confabuladas, es importante saberlo.
—Lo haré. —María guardó la libreta—. Tengo un amigo periodista que es muy bueno investigando. Le pediré que eche un vistazo discretamente.
—¿Podemos confiar en él?
—Es gay, ex novio mío, y le debe la vida a mi padre. Confía en mí, es de fiar.
Gaya sonrió. Era tan María: siempre con contactos, siempre con amigos en todas partes, siempre capaz de encontrar a alguien que pudiera ayudar.
El reloj marcaba ya las dos de la tarde. Gaya tenía que recoger a Tomás del colegio en un par de horas, y antes quería pasar por casa para cambiarse y pensar en su próximo movimiento.
—Tengo que irme —dijo, levantándose—. Pero esto no termina aquí. ¿Puedo volver? ¿Podemos reunirnos regularmente?
—Cuando quieras. —María la acompañó a la puerta—. Esta será nuestra base de operaciones. Y Luisa…
—¿Dime?
—Ten cuidado. No solo con Vanesa. Con Sebastián también. Si descubre que no eres Gaya, no sé cómo podría reaccionar.
Gaya asintió, seria.
—Lo sé. Por eso no pienso decírselo. No todavía.
Se abrazaron una vez más en la puerta del restaurante, y Gaya caminó hacia su coche sintiéndose más fuerte que nunca. Tenía a María. Tenía un plan. Tenía un propósito.
Vanesa no sabía lo que se le venía encima.
*_*
De vuelta en casa, Gaya encontró a Sebastián en el despacho, hablando por teléfono. Cuando ella entró, él la miró con una expresión que no pudo descifrar: ¿ira? ¿confusión? ¿curiosidad?
Colgó y se levantó.
—Gaya, tenemos que hablar.
—Sí —dijo ella, sin inmutarse—. Esta noche, como acordamos. Ahora tengo que ir a recoger a Tomás.
—¿Recogerlo? ¿Por qué? Vanesa suele…
—Vanesa ya no va a recoger a los niños nunca más. —Gaya lo cortó con firmeza—. He ido esta mañana al colegio y la he eliminado de la lista de autorizados. Si quieres recogerlos tú, puedes hacerlo. Si no, los recogeré yo. Pero ella no va a volver a acercarse a mis hijos.
Sebastián la miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
—¿Tus hijos? Gaya, no son tus hijos. Son mis hijos. De Luisa y míos. Tú eres su madrastra, no su madre.
—Lo sé perfectamente. —Gaya sostuvo su mirada sin pestañear—. Pero soy la mujer que vive en esta casa, la que se levanta cada día con ellos, la que prepara su desayuno y los lleva al colegio. Y mientras sea yo quien haga todo eso, voy a asegurarme de que estén seguros. ¿Y sabes qué, Sebastián? Vanesa no es segura para ellos.
El hombre frunció el ceño.
—¿De qué hablas? Vanesa es como de la familia. Siempre ha sido buena con los niños, con Lauren especialmente…
—Sí, con Lauren especialmente —repitió Gaya con ironía—. ¿Y no te has preguntado nunca por qué Lauren la prefiere a ella antes que a ti? ¿Antes que a cualquier otra persona? ¿No te has preguntado qué ha hecho Vanesa para ganarse ese afecto tan... exclusivo?
Sebastián abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. Gaya no le dio tiempo a pensar.
—Esta noche hablamos —dijo, girándose hacia la puerta—. Ahora voy a por Tomás.
Salió del despacho con la cabeza bien alta, dejando a Sebastián sumido en un mar de dudas. Y mientras conducía hacia el colegio, no pudo evitar sonreír.
El primer golpe estaba dado. Vanesa ya no tenía acceso libre a los niños. Ahora venía lo difícil: desmontar, pieza por pieza, todo lo que había construido en años de manipulación.
Pero Luisa—Gaya—tenía paciencia. Había esperado cinco años en la oscuridad. Podía esperar un poco más para ver a su enemiga arder.
Gaya llegó al colegio con veinte minutos de antelación.
No era necesario, lo sabía, pero después de la conversación con María y el enfrentamiento con Sebastián, necesitaba ese pequeño espacio de tranquilidad antes de ver a Tomás.
Aparcó el coche en la zona habilitada para padres y apagó el motor, dejando que el aire acondicionado mantuviera el habitáculo fresco.
Observó la entrada del colegio, ese lugar que tantas veces había frecuentado cuando sus hijos eran pequeños.
Recordaba las mañanas de prisas, los besos de despedida, los "te quiero, mamá" susurrados antes de cruzar la puerta. Recordaba también las tardes de recogida, con Lauren corriendo a sus brazos y Tomás, aún en la barriga, dando pataditas de emoción.
Ahora todo era diferente. Ahora era Gaya, la madrastra, la sustituta, la intrusa.
Pero al menos tenía a Tomás.
Los minutos pasaron lentamente. Gaya observaba a los otros padres que llegaban, algunos en coches lujosos como el suyo, otros en vehículos más modestos, todos con esa misma expresión de cansancio y rutina.
El colegio era privado y caro, uno de los mejores de la ciudad, y Sebastián no había escatimado en gastos para la educación de sus hijos.
Finalmente, el timbre sonó y los niños comenzaron a salir.
Primero los más pequeños, los de primaria, con sus mochilas enormes y sus caritas buscando a sus familiares. Gaya se irguió en el asiento, escaneando el grupo en busca de Tomás.
Y entonces lo vio.