⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Que comience la función
El silencio que siguió a las palabras de Hendrik no era un vacío, era una sustancia densa que llenaba el cubículo del ascensor, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Zen se erizara bajo su camisa. Zen mantenía la vista fija en los números rojos que descendían en el tablero, pero su mente no estaba en el piso 12, sino atrapada en los pasillos de piedra de la academia, hace años atrás.
Recordaba perfectamente los meses posteriores a aquel beso en el gimnasio. Había sido un suplicio biológico. Un beso entre dos Alfas dominantes no es un gesto romántico; es una colisión de soberanías. Cada vez que se cruzaban en el comedor, el aroma de Hendrik —que en ese entonces apenas empezaba a madurar hacia ese abedul ahumado— lo golpeaba como un puñetazo físico en el estómago. Zen se obligaba a sí mismo a mantener la espalda recta, a no desviar la mirada y a ignorar el hormigueo eléctrico en sus propios labios, una pulsación que parecía reclamar el calor de la piel del otro.
Por su parte, Hendrik no se lo puso fácil. En lugar de alejarse como dictaría la lógica de dos depredadores en conflicto, se volvió una sombra constante. Si Zen estaba en la biblioteca, Hendrik aparecía tres mesas más allá, haciendo rechinar su silla o cerrando sus libros con un golpe seco, solo para obligar a Zen a reconocer su presencia. Era un juego de desgaste, una guerra fría donde el territorio en disputa era la atención del otro. Hendrik quería que Zen admitiera que aquel contacto había cambiado la química de sus sangres, pero Zen era un maestro en el arte de la negación absoluta.
—¿En qué piensas, Grimhand? —La voz actual de Hendrik, mucho más madura y vibrante, rompió el trance. La vibración de su tono resonó en las paredes de metal, envolviendo a Zen.
—En lo mucho que me alegra que el ascensor sea rápido —mintió Zen sin pestañear, aunque el sudor empezaba a perlar su nuca.
Hendrik soltó un bufido, una mezcla de risa y fastidio que dejó escapar una ráfaga más intensa de su aroma.
—Mientes igual de mal que a los dieciséis. Te muerdes el interior de la mejilla cuando estás nervioso. Lo hacías antes de los exámenes y lo hicías cada vez que te acorralaba contra la pared después de los entrenamientos. Tu cuerpo siempre ha sido más honesto que tu boca.
Zen apretó la mandíbula con tal fuerza que le dolió el oído. Odiaba que Hendrik lo conociera bajo la piel. Los Alfas suelen ser territoriales y reservados, protegiendo sus puntos débiles tras capas de agresividad, pero entre ellos dos no había secretos biológicos. Hendrik podía leer su lenguaje corporal como si fuera un mapa de sus propias inseguridades.
—Lo que pasó en la escuela fue un error de juventud, un desequilibrio hormonal antes de que nuestras presentaciones como Alfas terminaran de asentarse —sentenció Zen con una frialdad ensayada—. Ahora somos adultos. Somos los pilares de nuestras familias. No hay lugar para recuerdos sentimentales en una mesa de negocios.
—¿Sentimientos? —Hendrik dio un paso hacia él. El espacio en el ascensor desapareció. Hendrik no se detuvo hasta que Zen sintió el frío del espejo del fondo contra su espalda—. No te equivoques, Zen. No hay ni un ápice de sentimentalismo en lo que siento cuando te veo. Es instinto puro. Es mi Alfa queriendo recordarte quién tiene la fuerza aquí, queriendo ver si esa máscara de porcelana se rompe si te presiono lo suficiente.
El aroma de Hendrik se volvió agresivo, casi táctil. El abedul alquitranado se tornó tan denso que Zen sintió que el oxígeno era sustituido por humo. Era un aroma dominante, masculino y peligrosamente atractivo que buscaba someterlo por asfixia sensorial. El instinto de Zen, su propio Alfa interno, rugió en respuesta. El enebro y la ginebra se volvieron más agudos, una fragancia cortante que intentaba tajar el humo de Hendrik.
Esa era la maldición de su dinámica. No había un refugio suave, no había una sumisión natural que trajera alivio. Era una lucha constante de feromonas: dos Alfas intentando reclamar el mismo espacio vital. El pulso de Zen se aceleró, y pudo ver cómo la pupila de Hendrik se dilataba hasta devorar el iris, una señal clara de que el lobo bajo su piel estaba arañando por salir.
—Tu instinto te va a llevar a la ruina, Hendrik —susurró Zen. Su voz tembló un milímetro, pero mantuvo la mirada fija en los ojos oscuros del otro—. Si intentas marcar territorio conmigo delante de nuestros padres, el acuerdo volará por los aires. Destruirás la empresa y lo poco que queda de tu reputación de "heredero serio".
Hendrik bajó la mirada a los labios de Zen, y por un momento, el rugido de los motores del ascensor pareció silenciarse. El tiempo se detuvo en esa distancia mínima donde el aliento de uno se mezclaba con el del otro. Hendrik levantó una mano, rozando apenas el cuello de la camisa de Zen con los nudillos, un gesto que era a la vez una caricia y una amenaza de estrangulamiento.
Ding.
El suave toque del ascensor anunció la llegada al piso de la sala de juntas. Las puertas se deslizaron con una lentitud agónica, abriéndose a un pasillo alfombrado donde el aire acondicionado golpeó sus rostros, barriendo por un instante la mezcla embriagante de sus olores.
Zen dio un paso hacia afuera de inmediato, recuperando su postura de heredero impecable como si nunca hubiera estado a punto de perder el control contra un espejo. Se alisó la chaqueta de un tirón y ajustó sus gemelos. Hendrik lo siguió un paso por detrás, con esa zancada pesada y rítmica de un lobo que vigila a su presa, sabiendo que, aunque ahora deba detenerse, la cacería ya ha comenzado.
—Que comience la función —murmuró Hendrik, ajustándose el reloj de pulsera con una sonrisa de suficiencia.
Al fondo, las puertas de roble de la sala de juntas se abrieron. Dentro, los patriarcas Grimhand y De Vries esperaban. Dos hombres que olían a tabaco viejo y a un poder rancio, y que no tenían idea de que, en el ascensor, sus hijos casi habían convertido una reunión de negocios en un campo de batalla biológico.
!!!