Valentina Ríos, una joven endeudada y desesperada por salvar a su madre enferma, acepta un contrato con el poderoso y frío empresario Adrián Solano. Él pagará todas sus deudas, pero a cambio ella deberá vivir durante un año en su residencia bajo estrictas condiciones y reglas que limitan gran parte de su libertad.
Desde el primer encuentro, Adrián deja claro que todo en su mundo tiene un precio y que él controla cada situación. Valentina siente el peso de ese poder desde el momento en que firma el contrato, entendiendo que prácticamente ya no tiene opciones reales.
Al llegar a la residencia Solano, descubre que la mansión funciona casi como una prisión elegante llena de normas, vigilancia y silencios incómodos. Durante la primera cena con Adrián, él demuestra su personalidad fría, dominante y calculadora, mientras ella decide en silencio que no permitirá que la conviertan en alguien dócil o invisible.
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Capítulo 3: La cena de los buitres
La mesa del comedor principal parece un altar de sacrificios. La platería brilla bajo la luz de la lámpara de cristal, pero para mí, cada cuchillo parece una promesa de corte. Estoy sentada frente a Ricardo, y su presencia es tan abrumadora que el aire en la habitación se siente denso, casi sólido.
—No has probado bocado, Anaís —la voz de mi madre rompe el silencio, cargada de una falsa dulzura que me revuelve el estómago—. No querrás que nuestro invitado piense que no te hemos enseñado modales.
Siento la mirada de Ricardo fija en mí. No es una mirada normal; es una inspección. Sus ojos oscuros recorren mi cuello, bajando por el escote del vestido hasta detenerse en mis manos temblorosas que sostienen el tenedor.
—Déjala, Beatriz —interviene Ricardo. Su voz es profunda, un rugido contenido que hace que mi hermana Elena se estremezca visiblemente en su silla—. Quizás Anaís está demasiado ocupada asimilando el hecho de que su vida ha cambiado para siempre en los últimos diez minutos.
Él toma su copa de vino, pero no bebe. Me observa por encima del borde del cristal. Su mandíbula está tensa y la camisa de seda negra parece a punto de ceder ante la presión de sus hombros. Es hermoso de una forma violenta, una belleza que te advierte que si te acercas demasiado, terminarás sangrando.
—Es que es una niña muy sensible —dice mi padre, soltando una risita nerviosa mientras se limpia el sudor de la frente—. Pero aprende rápido. Es arquitecta, bueno, casi... y sabe que en los negocios, los contratos se cumplen.
—Los contratos se cumplen —repite Ricardo, y esta vez su mirada se vuelve gélida. Deja la copa con un golpe seco que hace que los cristales vibren—. Y espero que no haya "cláusulas ocultas". He pagado por una mujer pura, sumisa y dispuesta. Si encuentro un solo rastro de rebeldía, la devolución será... dolorosa.
Elena suelta una risita afectada, inclinándose hacia adelante para que Ricardo note el escote que ella misma se ha ajustado para llamar su atención.
—Oh, Ricardo, no te preocupes por Anaís. Ella siempre ha sido la "muñequita" de la casa. No tiene la fuerza para rebelarse, aunque quisiera. Es un poco aburrida, si me preguntas a mí, pero supongo que eso es lo que buscas, ¿no? Alguien a quien puedas... manejar.
Ricardo gira la cabeza lentamente hacia mi hermana. La observa un segundo, con un desprecio tan evidente que Elena se encoge, pero él no le responde. Su atención vuelve a mí, y de repente, estira su brazo por encima de la mesa. Sus dedos largos y fuertes atrapan mi mano, apretándola con una fuerza que me hace soltar el cubierto.
—Ven aquí —ordena. No es una petición. Es una ley física.
—¿Perdón? —susurro, con el corazón martilleando en mis oídos.
—He dicho que vengas aquí, Anaís. Ahora.
Mi madre me lanza una mirada asesina, un recordatorio silencioso de la bofetada de esta mañana. Me levanto con las piernas de gelatina y camino hacia su lado de la mesa. El silencio es tan absoluto que puedo escuchar el roce de mi vestido contra mis medias. Cuando llego a su lado, Ricardo no espera. Me toma de la cintura con una mano y me obliga a sentarme sobre su regazo, frente a mis padres y mi hermana.
El grito de sorpresa se queda atrapado en mi garganta. Siento la dureza de sus músculos bajo el traje, el calor abrasador que emana de su cuerpo y el aroma a tabaco y poder que lo envuelve. Es una posición humillante, degradante... y él lo sabe.
—Mucho mejor —murmura él, hundiendo su nariz en mi cuello. Siento su barba de tres días rozando mi piel sensible, provocándome un escalofrío de terror y algo más que no me atrevo a nombrar—. Tiemblas como una hoja. ¿Tienes miedo, pequeña?
—Me estás lastimando —logro decir, aunque apenas es un susurro. Su mano grande está apretando mi muslo, justo sobre la herida de la porcelana, con una posesividad que me quita el aliento.
—El dolor es solo una forma de recordarte quién manda —responde él, volviendo su vista a mi padre—. El contrato de la constructora se firmará mañana. Pero ella se viene conmigo esta misma noche. No voy a esperar a la boda para empezar a... entrenarla.
—¡Pero Ricardo! —exclama mi madre, fingiendo sorpresa—. Sus cosas, su ropa...
—No necesitará nada de lo que tiene en esta casa —la corta él, sin apartar los ojos de mi cara—. Le compraré un armario nuevo. Cosas que me guste ver en ella. Cosas que sean fáciles de quitar.
Elena aprieta los puños sobre la mesa, con la cara roja de envidia. Puedo ver cómo desea estar en mi lugar, ser tocada por ese hombre dominante, incluso si es con crueldad. Mi padre, por su parte, solo asiente con una sonrisa codiciosa. Acaba de vender a su hija como si fuera un lote de cemento, y está feliz por el precio.
Ricardo se levanta, llevándome con él sin soltarme de la cintura. Me siento pequeña, insignificante a su lado.
—La cena terminó —declara—. Anaís, despídete de tus "queridos" padres. No los verás en mucho tiempo.
Miro a la mujer que me dio la vida —o eso creía— y al hombre que debería haberme protegido. Ella tiene una sonrisa de triunfo; él ya está revisando su teléfono. Elena me mira con un odio que promete venganza. Nadie me defiende. Nadie dice "no".
Ricardo me arrastra hacia la salida. Sus dedos se entierran en mi brazo, marcando su territorio antes de salir por la puerta. Cuando llegamos a su auto, un deportivo negro que ruge como una bestia, me abre la puerta y me empuja suavemente hacia el interior de cuero.
Antes de cerrar, se inclina sobre mí, atrapando mi rostro entre sus manos. Sus ojos brillan con una oscuridad que me hace querer gritar.
—Bienvenida a tu nueva vida, Anaís —dice, y su voz es una caricia letal—. Espero que te guste el color negro, porque a partir de hoy, ese será el único color de tu mundo. Y yo soy el único sol que verás.
El auto arranca, dejando atrás la mansión que fue mi prisión, solo para entrar en una que, intuyo, será mucho más estrecha y peligrosa. Mientras veo las luces de la ciudad pasar a toda velocidad, comprendo que mi familia no me entregó a un esposo. Me entregaron a un dueño. Y él no tiene ninguna intención de dejarme ir entera.