Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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El gesto de ayudar.
POV CARLA
Lo dejé dormir en mi sillón. Lo vi acurrucarse en él como si fuera el mayor lujo sobre la faz de la tierra, y en un instante cayó rendido en un sueño profundo. Supongo que cualquiera haría lo mismo luego de un baño caliente, llenar su barriga y sentir el calor reconfortante recorrer su cuerpo.
Con movimientos de puntillas, lo cubrí con una manta gruesa y me dirigí a mi cuarto, donde cerré la puerta con llave. Aunque no me transmitía ninguna mala vibra, no podía permitirme ser tan desprevenida. Con los dedos temblando sobre la pantalla del celular, le envié un mensaje a mi hermana contándole la locura que acababa de cometer. Como era de esperar, no respondió de inmediato, pero al menos así alguien sabría qué sucedió bajo este techo.
Me metí entre las sábanas rezando con todas mis fuerzas no haber tomado una decisión fatal... pero supongo que quien obra con bondad recibe su recompensa.
Esa mañana, al levantarme, me encontré con una escena que me dejó sin aliento, aquel hombre tenía el desayuno impecablemente dispuesto, la ropa lista para tender y estaba a medio camino de dejar relucientes los pisos de mi departamento.
En ese preciso instante, comprendí con una punzada de vergüenza lo desordenado y abarrotado que estaba mi hogar. Me sentí tan avergonzada que no pude siquiera mirarlo a los ojos.
- Era un auténtico basurero... perdón por este desastre – susurré, casi sin voz – No tenías por qué limpiar todo esto.
- Buenos días, Carla. No es ninguna molestia para mí; es mi única forma de agradecerte tu generosidad, y yo vivi entre basureros, esto es el cielo. – su sonrisa era tan cálida, tan genuina, que iluminó todo el living – Ve a desayunar, que la comida se enfría, y perdóname por tocar tus pertenencias sin permiso previo.
- No es ningún problema, te agradezco más de lo que puedo decir – respondí mientras arrastraba la silla con fuerza sobre el piso, sintiéndome cada vez más incómoda – La verdad es que he estado haciendo horas extras toda la semana; llego tan agotada que solo puedo tirarme a la cama y dormir.
Lo vi sentarse frente a mí, sus ojos profundos y penetrantes clavados en los míos.
- Ya veo... debe de ser terriblemente difícil – su expresión reflejaba una profunda compasión, y se notaba que guardaba algo más en su corazón – ¿Crees... crees que podría quedarme aquí un poco más? Prometo encargarme de TODO el quehacer de la casa y esperarte cada día con la cena lista.
La proposición me atragantó de tal manera que comencé a toser sin control, arrojándome hacia adelante, justo en su dirección.
Jamás, había pensado que se sentiría tan a gusto como para ofrecerse a ser el amo de casa.
- Lo siento... creo que me equivoqué al expresarme, señora – él se apresuró a disculparse, su voz cargada de tristeza – Es solo que tú me prometiste tu ayuda, y pensé que tal vez...
- Está bien – lo corté de golpe, levantando la mano para detenerlo – De verdad está bien, y tienes razón, yo te ofrecí mi apoyo, solo que... no me esperaba nada de esto.
Me mordí los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, incapaz de encontrar las palabras exactas para no hacerle daño.
- ¿Es porque aún no confías en mi? Cualquier persona lo haría, de verdad... míreme, soy un vagabundo sin hogar, sin documentos, sin siquiera una identidad que mostrar – cada palabra salía de su boca como un suplicio, como el aullido desgarrador de un cachorro abandonado que pide ser adoptado – No culpo a nadie por dudar de mí.
Odio que mi corazón se compadezca de esta manera, porque estoy a un paso de rendirme por completo.
- Está bien... puedes quedarte – suspiré, cediendo ante la impotencia que me invadía – Pero me molesta no poder llamarte como se debe. Si no recuerdas tu nombre, ¿qué te parece si por ahora te llamo... Ian? – propuse con curiosidad y un toque de esperanza.
- Me encanta el nombre Ian – exclamó con una sonrisa radiante, llena de alivio al saber que no tendría que volver a enfrentarse al frío que comenzaba a azotar las calles – ¡Desde hoy soy Ian!
Y así fue como dejé entrar a un vagabundo no solo en mi casa, sino en lo más profundo de mi vida. Porque desde esa mañana, Ian se convirtió en alguien indispensable, disipando mis sospechas y dudas con su alegre disposición y su inquebrantable deseo de ayudarme.
DOS MESES DESPUÉS:
- ¡Ya me voy, Ian! – grité mientras me calzaba los zapatos con prisas, intentando no llegar tarde al trabajo – No esperes por mí, hoy puedo llegar un poco tarde.
En ese instante lo vi aparecer corriendo por el pasillo, con su campera en una mano y algo más en la otra.
- ¡Espera, por favor! – me detuvo con tono firme, pero cariñoso – Otra vez te estás olvidando de la bufanda... ¿Quieres agarrar otro resfriado después de lo que te costó recuperarte la vez pasada? – declaró mientras me envolvía con ella con manos cuidadosas, rodeándome de su calor. – ¿Ese jefe tuyo... te ha vuelto a molestar?
- No, gracias al cielo está en un seminario fuera de la ciudad, así que tendré dos semanas de tranquilidad – comencé a reír entrecortada al recordar esa noche – Aunque después del susto que le diste, creo que ni se atreverá a mirarme a los ojos nunca más.
Ian es quien me acompaña todos los días, me lleva hasta la oficina y me espera a la salida cuando oscurece. Es una compañía que nunca imaginé necesitar, pero que ahora no puedo vivir sin ella.
- Es increíble que todavía no sepamos nada de tu pasado – le dije mientras entrelazaba mi mano en su brazo, sintiendo la seguridad que solo él me brinda – ¿Acaso serás de otra ciudad? Creo que deberíamos avisar a la policía para que ellos investiguen, para que busquen a tu familia.
- No quiero hacerlo, Carla... de verdad ni siquiera sé si quiero recordar mi vida anterior – respondió con voz baja, mirando al suelo – Estoy agradecido con la vida por tener esta oportunidad, por haberte conocido a ti.
- No me digas que tienes problemas con la ley... no quiero pensar que fuiste una mala persona, perdóname, Ian, pero debo preguntarlo – sentí cómo se me helaba la sangre en las venas.
- Entonces no lo pienses – me tomó las manos con fuerza – Yo tampoco quiero saber qué clase de persona era antes, porque la idea de descubrir algo terrible me aterroriza.
- Pero ¿y si no es así? ¿Qué tal si tu familia te está buscando desesperadamente? ¿Si estás casado y tienes hijos esperándote en casa? ¿O una madre que llora tu ausencia todos los días? – mis palabras salían a chorro, cargadas de preocupación.
- Carla, ya hablamos de esto – suspiró, con el rostro sombrío – Si fuera así, ¿dónde estaban mientras yo pasaba hambre y frío en las calles? ¿Por qué no encontraste ni un solo rastro de mí cuando buscaste información en la computadora? De seguro... de seguro no tengo a nadie en este mundo.
- Me gustaría saber cómo acabaste en la calle cuando es tan evidente que tienes estudios, que tienes modales impecables, que incluso hablas otros idiomas con fluidez – le dije, observándolo con atención – No eres una persona ordinaria, Ian, y lo sabes.
- Cada vez que intento recordar algo, mi cabeza comienza a doler con una intensidad insoportable – me mostró las cicatrices que aún llevaba en el cuello y la frente – Ves estas heridas? La de la cabeza es la peor... ¿Cómo puedo estar seguro de que fui una buena persona, Carla?
- ¡Tal vez fue un asalto! Un ataque contra tu vida que te hizo perder la memoria – le propuse con esperanza.
- Solo quiero olvidar, por favor... te lo ruego, déjame olvidar, Carla – me miró con esos ojos de cachorro que siempre me hacen ceder – Te lo pido como tu amigo.
Siempre terminaba cediendo ante su mirada triste, pero esta vez la duda que me consumía era más grande que cualquier cosa que hubiera sentido antes.
- ¿Después de dejarme, te vas directo a tu trabajo? – pregunté tratando desesperadamente de cambiar de tema, de alejar esos pensamientos angustiosos.
- Así es – respondió con una sonrisa que intentaba ser alegre – Y créeme, me va muy bien. Otra vez te lo debo todo a ti, Carla, mi vida finalmente tiene un rumbo prometedor. Eres mi salvadora en todos los sentidos posibles.
Cada vez que Ian me refería así, mi corazón latía con una fuerza desbordante, lleno de emociones contradictorias. Porque me demostraba que a veces, en la vida, una mínima muestra de bondad puede salvar vidas, cambiar el rumbo completo de una persona... y yo creo que nuestro encuentro aquella noche no fue casualidad, sino obra del destino.