Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14 – El veneno de la desconfianza
La mañana del viernes, Adrián se levantó antes del amanecer. Valentina lo sintió moverse en la cama, vestirse en la oscuridad, salir de la habitación sin mirarla siquiera. No dijo "te quiero". No la besó en la frente. Salió como un fantasma, y ella supo que algo había cambiado. Ya no fingía. Ya no le importaba fingir.
Esperó diez minutos y luego fue al estudio. La puerta estaba abierta. Adrián había salido con tanta prisa que ni siquiera la había cerrado con llave. Valentina entró y revisó el cajón donde guardaba la carta de Rocío. Todavía estaba allí. Pero algo más había cambiado. Sobre el escritorio, un cuaderno de notas estaba abierto en una página donde Adrián había escrito una lista.
"Daniela – última oportunidad"
"Leonardo – ¿sabrá algo?"
"Valentina – somníferos – jueves"
"Casa de la playa – ¿todavía segura?"
"Rocío – ¿alguien encontró algo?"
Valentina tomó una foto de la lista con su teléfono. Luego salió del estudio y llamó a Leonardo.
—Está nervioso —dijo—. Tiene una lista de sospechosos. Estás en ella.
—¿Yo? ¿Por qué estaría yo?
—Porque eres su socio. Porque me viste en la galería. Porque te tiene miedo, Leonardo. No sabe cuánto sabes, pero sospecha.
—¿Qué hacemos?
—Actuar con normalidad. Tú sigue yendo al bufete. Sonríele. Háblale de casos, de clientes, de cualquier cosa trivial. No le des motivos para pensar que estás tramando algo.
—¿Y Daniela?
—Daniela es el eslabón débil. Él la va a presionar hoy. Ya verás.
No se equivocaba.
A mediodía, Daniela llamó a Valentina desde un número que no estaba en sus contactos. Su voz era un hilo de terror.
—Ha llamado a mi casa —susurró—. Esta mañana, muy temprano. Me dijo que quería verme. Que tenía que contarme algo importante.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no podía. Que estaba enferma. Me dijo que fuera de todas formas. Que no aceptaba un no por respuesta.
—¿Fuiste?
—No. Pero tengo miedo, Valentina. Él nunca había insistido así. Normalmente, si le decía que no, lo dejaba pasar. Ahora… ahora creo que sabe algo.
—Sabe que alguien lo está traicionando. No sabe que eres tú. Pero lo va a averiguar si no tienes cuidado.
—¿Qué hago?
—Ve a verlo. Pero antes, ponte esto.
—¿Ponerme qué?
—Una grabadora. Tengo una para ti. Es pequeña, del tamaño de un botón. La pegas debajo de la solapa de la chaqueta. Así grabas todo lo que te dice.
—¿Y si me descubre?
—Si te descubre, le dices que es un broche. Pero no va a descubrirte. Está demasiado ocupado pensando en sí mismo.
Quedaron en un parque cerca de la casa de Daniela. Valentina le entregó la grabadora y le mostró cómo activarla. Las manos de Daniela temblaban tanto que apenas podía sujetar el dispositivo.
—No puedo hacerlo —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Él me da miedo. Me da más miedo que la policía. Que la cárcel. Que todo.
—El miedo es una elección —respondió Valentina, fría—. Puedes elegir tenerle miedo a él, o puedes elegir tenerle miedo a pasar el resto de tu vida escondiéndote. Porque si no me ayudas, eso es lo que te espera. Huir siempre. Mirar por encima del hombro siempre. Nunca estar a salvo.
Daniela tragó saliva. Asintió. Se metió la grabadora en el bolsillo y se fue caminando con pasos cortos, como si fuera al matadero.
Valentina la observó alejarse. No sintió lástima. Daniela había elegido su bando hacía años, cuando aceptó ayudar a Adrián a destruir vidas. Ahora solo recogía lo que había sembrado.
Esa tarde, Adrián y Daniela se encontraron en un café del centro. Leonardo los vigilaba desde el coche, aparcado al otro lado de la calle, con una cámara de largo alcance. Valentina estaba en su taller, escuchando la grabación en tiempo real a través de una aplicación conectada al dispositivo de Daniela.
—Hola —dijo Daniela, con una voz que intentaba sonar natural y no lo lograba.
—Hola —respondió Adrián—. Siéntate.
Se oyó el ruido de una silla arrastrándose. Luego un silencio largo.
—Dijiste que tenías que decirme algo —dijo Daniela.
—Sí. Quiero que me digas la verdad. ¿Has estado hablando con alguien? ¿Con la policía? ¿Con un abogado? ¿Con Valentina?
—¿Yo? No. Claro que no. ¿Por qué preguntas eso?
—Porque alguien envió un mensaje anónimo diciendo que me vas a traicionar. Y porque apareció un recibo del hotel en mi casa. Alguien está moviendo fichas, Daniela. Y quiero saber quién.
—No he sido yo. Te lo juro. Yo jamás te haría daño. Sabes que te quiero.
—¿De verdad? Porque últimamente estás rara. Distante. Me pones excusas para no verme. Dices que estás enferma, pero te veo caminar por la calle como si nada.
—He tenido mucho trabajo…
—No me mientas.
La voz de Adrián se endureció. Valentina sintió un escalofrío aunque estaba a kilómetros de distancia.
—No te miento —insistió Daniela—. Te quiero. Siempre te he querido. He hecho cosas por ti que jamás haría por nadie. Cosas que me persiguen todas las noches. Y lo hice porque te amaba. Porque pensé que algún día sería yo la que estuviera a tu lado. La que durmiera en tu cama. La que llevara tu apellido.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no sé qué pensar. Llevamos años juntos a escondidas. Y cada vez que le dices "te quiero" a ella, una parte de mí se muere. Porque sé que es mentira. Pero también sé que si ella no existiera, tú no me mirarías a mí. Tú no miras a nadie. Solo te miras a ti mismo.
Silencio. Un silencio tan profundo que Valentina casi podía ver la furia de Adrián a través de la grabación.
—Tienes razón —dijo él al fin—. No miro a nadie. Porque nadie es digno de mi confianza. Ni siquiera tú.
—Adrián…
—Haz lo que te dé la gana. Traicióname. Vete con la policía. Pero recuerda una cosa: si yo caigo, te caigo encima. Porque tú tienes las manos más manchadas que yo. Tú elegiste a las víctimas. Tú las trajiste a mí. Tú limpiaste la sangre de Rocío. Así que piensa bien qué prefieres: seguir a mi lado o pudrirte en una celda.
La conversación terminó. Daniela salió del café llorando. Valentina apagó la grabación y se recostó en su silla.
El veneno estaba dentro de Adrián. Y ahora también dentro de Daniela. La desconfianza los devoraría desde adentro, como gusanos en una manzana podrida.
Solo faltaba el jueves