Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 12: Las dos caras de la moneda
El carruaje de la Casa Ducal avanzaba en el silencio de la madrugada, pero Sophia no lograba calmar el temblor de sus manos. Se abrazaba a sí misma, mirando por la ventana las calles vacías de la capital. No era la amenaza directa de Christopher lo que le aceleraba el pulso, ni la fría advertencia de que la mataría si hablaba de más. Lo que verdaderamente la tenía conmocionada era el recuerdo de esos milisegundos en los que el peligro acechó: la forma en que el príncipe había reaccionado, la fuerza descomunal de su agarre y cómo, sin dudarlo un pestañeo, había usado su propio cuerpo como un escudo humano para protegerla de la flecha.
De vuelta en la seguridad de sus aposentos ducales, Sophia se sentó frente al tocador, procesando el torbellino de sus pensamientos. En la novela web original que solía leer en su vida pasada, Christopher era descrito simplemente como un monstruo plano, un antagonista despiadado y un asesino que disfrutaba de la sangre. Pero la historia original jamás mencionó que ese lobo letal tuviera matices tan humanos. Protegió a su ahijada con devoción, respetaba a un viejo conde y, esa noche, se había interpuesto entre la muerte y una mujer que se suponía que odiaba. Sophia se miró al espejo, dándose cuenta de que el tablero era mucho más complejo de lo que el autor original escribió; el verdugo del Imperio tenía capas que ella empezaba a descubrir.
Mientras tanto, en el sótano subterráneo de un almacén abandonado en los muelles de la capital, la atmósfera era radicalmente distinta. Christopher ya no vestía las sedas del palacio. Ataviado con su armadura de cuero negro y la máscara de las *Black Shadows*, el príncipe observaba la flecha que casi le arrebata la vida unas horas antes. Sus hombres permanecían arrodillados ante él en absoluto silencio, esperando las órdenes de un líder cuya paciencia se había agotado.
—Encuentren al dueño de esta ballesta —ordenó Christopher, su voz resonando con una frialdad que helaba la sangre de sus propios subordinados—. Alguien se infiltró en los jardines imperiales. Quiero su cabeza antes del amanecer.
La investigación de las sombras fue implacable. Para el mediodía siguiente, los informes revelaron una verdad perturbadora: el espía de la noche anterior pertenecía a una facción corrupta de la alta nobleza de la capital, un grupo de aristócratas que se había aliado secretamente con contrabandistas y mercenarios extranjeros. Pero el verdadero golpe llegó con el desglose de sus planes. Aquella red criminal no buscaba un simple asesinato de pasillo; estaban planeando un atentado masivo a gran escala en el próximo gran evento social del Imperio: el Baile de Máscaras de Invierno.
Al leer el reporte, Christopher sintió una punzada de tensión en el pecho que nada tenía que ver con su propia seguridad. Su mente viajó directo a Sophia. Como su prometida oficial y como hija de una de las casas ducales más influyentes, ella estaba obligada a asistir y a sentarse en la mesa de honor. Si el banquete de máscaras se convertía en un baño de sangre, Sophia estaría en el centro de la línea de fuego. Estaría en peligro de muerte si ponía un pie en ese salón.
Buscando respuestas y con la cabeza hecha un caos, Christopher terminó esa misma tarde en el único lugar donde podía desahogarse: la residencia del Conde Kalen. El anciano lo recibió en el jardín, disfrutando del sol de la tarde y, para su desgracia, bebiendo un té amargo en lugar de fumar, debido a la estricta vigilancia que Alissa había levantado sobre él.
—Vienes con cara de querer decapitar a medio reino, muchacho —refunfuñó Kalen, golpeando el suelo con su bastón—. Y no me mires así, que por tu culpa mi hija me tiene a pan y agua sin mi tabaco. Estoy de muy mal humor.
—Hay un complot para el Baile de Máscaras —soltó Christopher, sentándose bruscamente en la barandilla—. Mercenarios extranjeros. Van a atacar el salón principal. Y ella... Sophia va a estar allí. No puedo prohibirle asistir sin levantar sospechas en la corte, pero si va, la facción corrupta la usará para llegar a mí o a mi padre.
El viejo Kalen dejó la taza de té a un lado y miró al príncipe con esos ojos pequeños y astutos que habían visto pasar a tres generaciones de emperadores. Una sonrisa lenta y sabia se dibujó en su rostro arrugado, ignorando el peligro militar para concentrarse en lo que verdaderamente importaba.
—¿Y desde cuándo al gran líder de las sombras le preocupa que una duquesa corra peligro en un baile? —lo molestó el conde, arqueando una ceja con pura malicia—. Pensé que querías mantenerla cerca para destruirla, principito. Si los rebeldes le dan un susto, te ahorrarían el trabajo, ¿no?
—No es gracioso, viejo —siseó Christopher, desviando la mirada, notablemente fastidiado—. Ella sabe mi secreto. Si muere en manos de otros, no podré interrogarla. Además... anoche la salvé de una flecha. No pienso dejar que un grupo de contrabandistas de pacotilla termine lo que yo detuve.
El Conde Kalen soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza mientras le daba un golpecito amistoso con su bastón en la bota del príncipe.
—Sigue mintiéndote, muchacho. Eres igual de testarudo que tu padre a tu edad —dijo el viejo conde, dándole su mejor consejo con un tono que mezclaba la burla con la seriedad—. No tienes miedo de que hable, tienes miedo de perderla. Si esa señorita va a asistir a ese nido de lobos, no intentes encerrarla en su castillo; ella no es una oveja que se deje enjaular. Ve tú mismo, ponte la máscara de sombra y conviértete en su guardián. Demuéstrale de lo que eres capaz cuando juegas en tu propio terreno.
Christopher se puso en pie, acomodándose la chaqueta con un gesto seco. No admitió que las palabras del viejo zorro le habían dado exactamente la solución que necesitaba, pero la determinación en sus ojos azules era absoluta. El Baile de Máscaras de Invierno se acercaba, y si la facción corrupta quería desatar un monstruo, el líder de las *Black Shadows* estaría esperándolos en la oscuridad para proteger lo que, por derecho de caza, ya consideraba suyo.