A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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13. Llegando a Italia
Marisela miró por la ventanilla como Italia estaba más cerca que nunca; el mismo lugar donde vivían sus hijos, estaba más cerca de ellos.
Antes de la pesadilla que la llevó a la cárcel, no había salido del país en que creía haber nacido hasta que la obligaron, tampoco había tenido un pasaporte hasta que necesitó otra identidad, nunca había pisado Europa, pero ahora descendía como Marjorie Lauder.
El aeropuerto de Milán era más silencioso de lo que imaginó, extrañamente ordenado y frío, y con voces en italiano que automáticamente activó el idioma que aprendió a una velocidad impresionante para entender a sus hijos, por eso sabía perfectamente lo que dijeron los pequeños cuando hablaron con su tío.
Ella caminó junto a Fabricio sin mostrar asombro, aunque por dentro todo era nuevo, tres años encerrada en una cárcel, para ahora aparentar ser una mujer cosmopolita en una ciudad antigua y refinada.
- “El auto la llevará a su hotel primero, las reuniones empiezan mañana por la tarde”, dijo Fabricio mientras revisaba su teléfono.
- “Perfecto”, respondió ella con profesionalismo y un italiano perfecto que hizo que Fabricio la quedara mirando.
-;“¿Qué idiomas habla, señorita Lauder?”, preguntó Fabricio.
- “Español, Inglés e Italiano”, respondió Marjorie.
- “Dijo primero Español como si fuera su idioma natal”, replicó Fabricio.
Marisela sonrió, tratando de mantener serenidad, no podía cometer algún error.
- “Muchos años de tener niñeras que hablaban español*, dijo en voz baja, pero serena. Fabricio no volvió a preguntar.
Durante el trayecto hacia la ciudad, Marisela observó cada detalle por la ventana, los balcones antiguos, las calles estrechas, las fachadas de piedra.
No estaba emocionada como una turista, estaba alerta como una madre que se acerca al territorio enemigo; y por alguna razón necesitaba conocer perfectamente el camino al aeropuerto.
Fabricio notó que no hacía preguntas.
- “¿Es su primera vez en Italia?”, preguntó él finalmente.
- “Sí”, respondió Marjorie, no podía mentir, podría hacerle preguntas que no sabría responder.
- “No parece impresionada”, comentó Fabricio.
- “Estoy aquí para trabajar”, respondió Marjorie.
Él sostuvo su mirada un segundo más.
- “Italia puede ser más que trabajo”, dijo Fabricio y un toque coqueto apareció en su tono.
- “Supongo que por ahora si, aún no tengo motivos adicionales*, respondió Marjorie, como dejando una puerta abierta, necesitaba que él la empezara a ver más allá de la sociedad.
El vehículo se detuvo frente a un hotel elegante en el centro histórico. No era ostentoso, pero sí exclusivo. Un lugar adecuado para una socia estratégica.
Cuando bajó del auto, una ráfaga de aire fresco le movió el cabello; se lo acomodó con delicadeza, notando que Fabricio notaba cada gesto.
Fabricio no entendía por qué ella era diferente, por qué había una conexión extraña que la causaba prestarle más atención de la necesaria, no solo era la obvia belleza que tenía, sino aquella mirada profunda que parecía querer observar en el interior, la seguridad de sus palabras, la distancia que ponía y a la vez la cercanía que provocaba, una incógnita que quería descubrir.
- “Mi padre prefiere recibir en la villa. No se traslada con facilidad”, dijo Fabricio.
Marjorie sabía que en esa villa vivían sus hijos, su corazón latía rápido, pero su rostro mostraba serenidad.
- “Entiendo. ¿Cuándo será la reunión?”, preguntó Marjorie con naturalidad.
- “Mañana, a las cinco de la tarde. Mandaré a Giorgio a recogerla, tengo que ver a mis sobrinos antes de la reunión, les debo una promesa”, respondió Fabricio.
Marisela sintió que el suelo se volvía inestable, pero no dejó que se notara, la posibilidad de estar más cerca de sus hijos la emocionaba.
- “Le enviaré el itinerario detallado de la semana”, añadió Fabricio.
Ella asintió. Un silencio breve se instaló entre ambos, hasta que ella sonrió sin pose, mientras pensaba en sus hijos, su rostro no pudo evitar iluminarse, y fue algo cautivante para Fabricio, quien tuvo que tragar saliva antes de poder hablar.
- “Descanse, señorita Lauder”, dijo él.
- “Usted también, señor D’Angelo”, manifestó Marjorie.
Cuando ella entró al hotel, no miró atrás. Solo minutos más tarde, cuando la puerta de su habitación se cerró, apoyó la espalda contra ella y suspiró fuertemente.
Se permitió caminar hasta el balcón, observó la ciudad a punto de anochecer, se escuchaban campañas lejanas y el sonido de los autos.
Nunca imaginó que volvería a acercarse a sus hijos desde un continente distinto; se llevó una mano al pecho, se dijo a sí misma que no podía cometer errores, que no podía reaccionar como madre aún, porque no podía permitir que la descubrieran antes de probar su inocencia.
Mañana estaría frente a Sergio D’Angelo, un hombre que no se levantaba de su silla de ruedas, pero que seguía moviendo imperios desde ahí; que era el padre del hombre que la acusaron de matar
Y ella, por ahora solo tenía una identidad que creía prestada y una promesa hecha en silencio de ser fuerte para probar su inocencia y recuperar a sus hijos.