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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:84
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La piedra que nadie quería

Lin Chen pasó tres días en el presente.

Más de lo habitual.

No porque quisiera descansar.

Porque estaba investigando.

Había pagado otra parte de sus deudas con el dinero obtenido de la plata, pero deliberadamente no utilizó todo.

Necesitaba capital disponible.

También necesitaba comprender qué podía traer desde Qinghe sin convertir su apartamento en una colección clandestina de antigüedades.

El jade apareció una y otra vez.

No era sencillo.

Había diferentes tipos.

Calidades.

Tratamientos.

Orígenes.

Colores.

Transparencias.

Texturas.

Una piedra podía valer casi nada.

Otra, aparentemente similar para un novato, podía valer una fortuna.

Eso significaba una cosa.

Lin Chen no sabía suficiente.

Y cuando no sabía suficiente, no compraba grandes cantidades.

Había aprendido esa lección demasiadas veces en su vida anterior.

Buscó videos.

Artículos.

Subastas.

Mercados.

Métodos básicos de identificación.

Después compró una lupa.

Una pequeña balanza.

Una linterna potente.

Y algunos ejemplos baratos para aprender.

Nada de equipos sofisticados.

Todavía.

Luego volvió a mirar sus cuentas.

Las deudas iniciales habían disminuido.

Pero seguían ahí.

No quería pagarlas todas vendiendo plata.

Quería que al menos una parte desapareciera gracias a un negocio que pudiera repetir.

Eso se convirtió en su objetivo.

Regresaría a Qinghe.

Investigaría jade.

Compraría poco.

Lo llevaría al presente.

Y comprobaría si la idea tenía sentido.

Si perdía dinero, perdería poco.

Si funcionaba...

tendría una nueva puerta.

No la mágica.

Una comercial.

Regresó a Qinghe al amanecer.

No fue directamente a la ciudad.

Primero inspeccionó los alrededores del portal.

Nada extraño.

Después transportó varias cajas pequeñas con herramientas y materiales para Qiao y tía Mei.

No llevaba grano.

Todavía.

En el Pabellón, Su Wan'er levantó la vista apenas entró.

—Desapareciste tres días.

Lin Chen dejó la caja.

—Asuntos de la Cámara.

Ella lo miró.

—Cuando dices eso, significa que no vas a contarme.

—Correcto.

—Al menos eres consistente.

—¿Qué pasó con los precios?

Su expresión cambió.

Sacó una hoja.

—Subieron otra vez.

No mucho.

Pero sí.

Lin Chen leyó.

—¿Compramos algo?

—Una pequeña cantidad, como dijiste.

Habían reservado suficiente grano para cubrir las necesidades del Pabellón, la posada y los talleres durante varias semanas.

Nada que afectara el mercado.

Nada sospechoso.

—Bien.

—Zhao está comprando más.

Lin Chen levantó la mirada.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Averígualo sin hacer preguntas directas.

—¿Cómo?

—Transportistas. Cargadores. Posadas. La gente ve cosas.

Su Wan'er sonrió ligeramente.

—Estás aprendiendo.

—Eso intento.

Lin Chen guardó la hoja.

—También necesito otra cosa.

—¿Qué?

—Jade.

Su Wan'er lo miró.

—¿Jade?

—Sí.

—¿Para vender aquí?

—Todavía no.

Ella entrecerró los ojos.

—Cada vez que respondes así, terminamos gastando dinero.

—Esta vez será poco.

—Eso dijiste del taller.

Lin Chen decidió ignorarlo.

Qinghe no era una gran ciudad productora de jade.

Pero pasaban comerciantes.

Eso era suficiente.

Su Wan'er lo llevó a una calle donde varias tiendas vendían joyería, piedras ornamentales y objetos tallados.

Lin Chen observó durante horas.

No compró nada.

Escuchó.

Preguntó precios.

Comparó.

La mayoría de los vendedores asumieron que era un joven rico buscando adornos.

Eso le permitió aprender.

Al cuarto establecimiento ocurrió algo interesante.

En una esquina había una cesta con piedras irregulares.

Nada tallado.

Nada bonito.

Lin Chen señaló.

—¿Qué es eso?

El dueño apenas miró.

—Material de descarte.

—¿Jade?

—Algunas piezas.

Lin Chen se agachó.

Piedras grises.

Verdes.

Blanquecinas.

Varias tenían fracturas.

Otras parecían simples rocas.

—¿Cuánto?

—¿Para qué las quieres?

—Pruebas de artesanos.

El vendedor perdió interés.

—Toda la cesta, tres taeles.

Su Wan'er hizo un pequeño ruido.

No de sorpresa.

De advertencia.

Lin Chen la entendió.

Demasiado.

—Uno.

El vendedor se rió.

—Dos y medio.

—Uno y doscientas monedas.

—Dos.

Lin Chen se levantó.

—Gracias.

—Uno y medio.

Se detuvo.

Su Wan'er intervino.

—Un tael y trescientas.

El vendedor la miró.

—Un tael y quinientas.

Ella respondió inmediatamente.

—Trato.

Lin Chen la observó.

—Pensé que yo negociaba.

—Estabas tardando demasiado.

Compraron la cesta.

Pero Lin Chen no la llevó directamente al portal.

La trasladó al almacén.

Seleccionó diez piezas.

Las menos llamativas.

Las envolvió.

Esperó hasta la noche.

Después siguió su procedimiento habitual.

Ruta falsa.

Rodeo.

Bosque.

Observación.

Portal.

Presente.

La mañana siguiente visitó tres lugares.

En el primero casi lo engañaron.

Un hombre aseguró que las piezas eran de gran calidad y le ofreció comprarlas inmediatamente.

Lin Chen sospechó precisamente porque parecía demasiado interesado.

Se marchó.

En el segundo dijeron que casi todo era material ordinario.

En el tercero, una pequeña joyería especializada, una mujer llamada Chen Yulan examinó las piezas con más paciencia.

—¿De dónde vienen?

Otra vez la pregunta.

Lin Chen había esperado aquello.

—Compré un lote de material antiguo de una familia que lo tenía almacenado.

No dijo «antigüedad».

No dijo Qinghe.

No inventó una mina.

La mujer continuó observando.

—La mayoría no vale mucho.

Eso no decepcionó a Lin Chen.

Era exactamente lo que esperaba.

—¿Y esta?

Ella separó una piedra.

Verde pálido.

Del tamaño de un huevo pequeño.

—Esta es interesante.

Lin Chen controló su expresión.

—¿Cuánto?

—Sin cortar, difícil decir.

—¿Comprarías?

—Podría ofrecerte mil quinientos yuanes.

Lin Chen hizo cálculos.

Toda la cesta había costado aproximadamente un tael y medio.

No podía convertir directamente equivalencias, pero aquello ya demostraba algo.

—¿Y si la corto?

—Puedes aumentar valor.

—También destruirlo.

La mujer sonrió.

—Exacto.

—Entonces prefiero aprender primero.

Buena decisión.

No vendió la piedra.

Vendió dos piezas menores.

Ganancia modesta.

Pero real.

Mucho más importante que el dinero fue la información.

Había un mercado.

Durante los siguientes días, Lin Chen estudió con más profundidad.

No se volvió experto.

Ni cerca.

Pero comenzó a entender algo.

No debía buscar piedras perfectas.

Eso elevaría precio y riesgo en Qinghe.

Podía buscar material subvalorado.

Restos.

Piezas sin tallar.

Lotes olvidados.

Después clasificarlos mejor en el presente.

La ventaja no sería que el pasado regalara jade.

Sería la diferencia de conocimiento y mercado.

Eso sí tenía sentido.

Cuando regresó a Qinghe, Su Wan'er estaba en el almacén.

—¿Y?

—No perdimos dinero.

—Esa no es una respuesta emocionante.

—Es una respuesta buena.

—¿Entonces compraremos más?

—No mucho.

Ella pareció sorprendida.

—Pensé que vendrías queriendo comprar toda la calle.

—Todavía no sé suficiente.

Su Wan'er asintió lentamente.

—Eso sí es progreso.

Lin Chen le lanzó una mirada.

Después vio algo sobre la mesa.

Un saco de grano.

—¿Qué es eso?

—Muestra.

—¿De dónde?

—Aldea Luo.

Lin Chen abrió.

Grano pequeño.

Algo irregular.

—¿Problema?

—La cosecha temprana salió peor de lo esperado.

Lin Chen dejó de pensar en jade.

Dos mundos.

Dos negocios.

Y ahora ambos empezaban a exigirle atención al mismo tiempo.

Guardó la muestra.

—Mañana vamos a la aldea.

—¿Y el jade?

—Puede esperar.

Su Wan'er sonrió.

—Finalmente dices algo sensato.

Lin Chen no respondió.

Pero mientras miraba aquel saco, entendió algo.

Su riqueza futura podía crecer en ambos mundos.

Sin embargo, el orden de prioridades no siempre lo elegiría él.

A veces lo decidiría una cosecha.

Una deuda.

Un cliente.

Un funcionario.

O simplemente una piedra que nadie quería.

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