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La Reina De Las Cenizas

La Reina De Las Cenizas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Amor-odio / Villana / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ella es maltratada por su familia hasta que un golpe en la cabeza cambia su personalidad y saca su lado más despiadado

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 3

Quizás aquel golpe me había despertado de un profundo sueño.

Quizás había vivido demasiado tiempo creyendo que debía soportarlo todo para ser querida.

Pero algo había cambiado dentro de mí.

Me sentía diferente.

Me sentía mejor que nunca.

Mi padre permanecía frente a mi cama, observándome con incredulidad.

Los criados tampoco podían apartar los ojos de mí.

Incluso mi sierva personal parecía no reconocerme.

—¿Qué? —pregunté.

Mi padre frunció el ceño.



Padre de Aine

—¿Recuerdas lo que ocurrió?

—Por supuesto.

Lo miré tranquilamente.

—¿Por qué me miras así?

Él no respondió.

Entonces solté una pequeña risa.

—¿Recuerdas mi nombre, ingrato?

Mi padre abrió los ojos.

—¿Qué acabas de decir?

—Ingrato.

Lo miré fijamente.

—Si no fuera por mi madre, que tuvo la desgracia de casarse contigo, seguirías siendo un duque caído en desgracia.

Los criados intercambiaron miradas nerviosas.

Yo continué:

—Fue mi madre quien te ayudó a recuperar tu posición. Fue gracias a su familia que pudiste volver a levantarte.

Mi sonrisa desapareció.

—Y aun así, ¿cómo le pagaste?

Mi padre apretó los dientes.

—Aine, ten cuidado con tus palabras.

—¿Por qué? ¿Te molesta escuchar la verdad?

Mi padre levantó la mano.

Era el mismo gesto de siempre.

Durante años, ese movimiento había sido suficiente para hacerme temblar.

Pero esta vez no me moví.

Lo miré directamente.

—¿Te atreves?

Su mano quedó suspendida en el aire.

—Inténtalo.

Mi voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Y le enviaré una carta a mi abuelo.

Mi padre palideció.

—Aine…

—También a mis tíos.

Di una pequeña sonrisa.

—Les contaré cómo trataste a la única hija de mi madre.

Él bajó lentamente la mano.

—No harías eso.

—¿Estás seguro?

Me incorporé de la cama.

—Porque ahora sé algo que antes no entendía.

Lo miré de arriba abajo.

—No necesito tu aprobación.

Mi sonrisa se volvió fría.

—Y tampoco necesito que me quieras.

Di un paso hacia él.

—Pero puedo quitarte todo lo que tienes.

Mi padre guardó silencio.

—Así que piénsalo bien antes de volver a levantarme la mano.

Sonreí.

—Porque la próxima vez no voy a llorar.

Y por primera vez…

mi padre entendió que la hija que siempre había podido pisotear ya no existía.

Miré a mi hermanastro.

Él me observaba con una sonrisa burlona, como si todavía fuera la misma chica débil de siempre.

Algo dentro de mí se rompió.

—Tú… maldito infeliz.

Antes de que pudiera reaccionar, caminé directamente hacia él.

—¿Qué demonios…?

No le di tiempo a terminar.

Le lancé un golpe preciso al brazo.

¡Crac!

El sonido seco del hueso al romperse hizo que todos en la habitación quedaran paralizados.

Mi hermanastro gritó y cayó de rodillas, sujetándose el brazo.

—¡AAAAH!

Lo miré desde arriba.

No sentí miedo.

Tampoco arrepentimiento.

Solo una extraña satisfacción.

Cuando era niña, solía entrenar con mis tíos, los hermanos de mi madre.

Ellos pertenecían a una poderosa familia militar y, hasta el día de hoy, seguían formando parte del ejército.

Desde pequeña me habían enseñado defensa personal.

También había aprendido artes marciales que podían resultar bastante peligrosas si se utilizaban con verdadera intención.

Pero nunca había usado esos conocimientos contra mi familia.

¿Por qué?

Porque quería que me amaran.

Pensaba que, si era amable, obediente y paciente, algún día mi padre me aceptaría.

Pensaba que si nunca respondía a los golpes, nadie tendría razones para odiarme.

Qué idiota había sido.

Miré mi propia mano.

—Durante tantos años tuve miedo de lastimar a los demás…

Levanté la mirada.

—Cuando, en realidad, solo tenía miedo de que dejaran de quererme.

Solté una pequeña risa.

—Qué estúpida fui.

Mi hermanastro me miró con terror.

—Tú… estás loca.

—Tal vez.

Me encogí de hombros.

—Pero ahora me siento mucho mejor.

Ya no necesitaba el amor de nadie.

No necesitaba la aprobación de mi padre.

No necesitaba que mis hermanos me aceptaran.

Y definitivamente no necesitaba ser una buena persona para que otros me trataran bien.

Solo necesitaba pensar en mí.

En lo que quería.

Y en lo que estaba dispuesta a hacer para conseguirlo.

Entonces escuché un grito.

—¡¿Cómo te atreves a tocar a mi hijo, maldita zorra?!

Era Elena.

La mujer que se había casado con mi padre.

Mi madrastra.

Corrió hacia su hijo y se arrodilló junto a él.

—¡Mi hijo! ¿Estás bien?

Después levantó la mirada hacia mí.

Sus ojos estaban llenos de furia.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

La observé en silencio.

Por primera vez, no sentí la necesidad de disculparme.

—¿Qué me pasa?

Sonreí.

—Nada.

Di un paso hacia ella.

—Simplemente dejé de dejarme pisotear.

Elena palideció.

Y entonces comprendió que algo había cambiado.

La hija dócil a la que todos podían humillar…

ya no existía.

.

—Mírate bien —dije mientras observaba a Elena de arriba abajo—. Eres una maldita concubina que antes era la sierva de mi madre.

Elena se quedó inmóvil.

Durante años había soportado sus insultos en silencio.

Había permitido que me tratara como si fuera inferior.

Pero eso se había terminado.

Ya había aguantado demasiado.

Ahora era mi turno de ponerla en su lugar.

Elena se levantó lentamente.

—¿Cómo te atreves a hablarme así?

Solté una pequeña carcajada.

—¿Con qué derecho me hablas como si fueras superior a mí?

La miré con el mismo desprecio con el que ella me había mirado durante tantos años.

—Eres una zorra que ni siquiera tiene un título decente.

Su rostro se llenó de rabia.

—¡Soy la mujer del duque!

—¿Y?

Incliné la cabeza.

—Eso no cambia lo que eres.

Di un paso hacia ella.

—No puedes tener el título de señora de esta casa porque eres una simple concubina.

Elena apretó los puños.

—¡Cállate!

—¿Por qué?

Sonreí.

—¿Te molesta que diga la verdad?

La recorrí con la mirada.

—Aquí andas comportándote como si fueras la dueña de esta casa, dando órdenes a los sirvientes y tratando a todos como si estuvieran por debajo de ti.

Mi sonrisa desapareció.

—Pero no eres la dueña de nada.

Elena se quedó callada.

—Eres patética.

La miré directamente a los ojos.

—Y lo peor es que durante años yo fui lo bastante tonta como para tenerte miedo.

Me acerqué un poco más.

—Eso se acabó.

1
Cardona salazar yolanda
partes tristes, pero un final feliz, gracias autora
Cardona salazar yolanda
siii con la protagonista
Cardona salazar yolanda
me encanta su actitud
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