Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LA PREGUNTA QUE HADES TEMÍA
El amanecer llegó demasiado pronto para Alison.
Había pasado gran parte de la noche despierta, intentando comprender las palabras que había escuchado en su último sueño.
No permitas que recuerde demasiado tarde.
No sabía quién era aquel hombre, por qué aparecía una y otra vez ni qué relación tenía con Hades. Lo único que podía asegurar era que cada encuentro la dejaba con una sensación extraña, como si estuviera a punto de recuperar algo importante y alguien se lo arrebatara justo antes de conseguirlo.
Alison se levantó y se preparó para salir.
No pensaba pasar otro día esperando a que las respuestas llegaran solas.
Si sus sueños tenían alguna relación con Hades, hablaría con él. Y si no la tenían, al menos necesitaba averiguar por qué aquel desconocido pronunciaba su nombre con tanta tristeza.
Al salir de su pequeña vivienda de fachada clara, encontró la calle estrecha llena de actividad. Los comerciantes preparaban sus puestos, los artesanos comenzaban sus labores y varios niños corrían detrás de un perro que había robado un trozo de pan.
Todo parecía normal.
Alison los observó durante unos segundos.
A veces envidiaba aquella tranquilidad. Ojalá sus mayores preocupaciones fueran decidir qué comprar en el mercado o encontrar una manera de evitar las tareas que le parecían interminables.
En cambio, tenía sueños con puertas gigantescas, ríos oscuros y un hombre que parecía conocerla mejor de lo que ella misma se conocía.
—Necesito dejar de pensar tanto —murmuró.
Pero sabía que no lo conseguiría.
Se dirigió hacia la plaza, esperando encontrar a Hades.
Y, por primera vez, no tenía intención de dejarlo marchar sin hacerle las preguntas necesarias.
Hades llevaba despierto desde mucho antes del amanecer.
En una cámara de piedra iluminada por lámparas, examinaba los restos del fragmento oscuro que había encontrado uno de sus guardianes. La pieza se había quebrado al tocarla, pero antes de deshacerse le había mostrado una imagen fugaz.
Un jardín.
Una fuente.
Flores blancas.
Y una mujer cuya figura le resultaba dolorosamente familiar.
Alison.
Hades apretó la mandíbula.
No comprendía por qué aquella visión lo afectaba de esa manera. Había contemplado innumerables cosas a lo largo de su existencia, pero ninguna le provocaba aquella mezcla de tristeza y reconocimiento.
Era como intentar recordar un nombre que llevaba demasiado tiempo enterrado.
—Mi señor.
Uno de los guardianes entró y se inclinó ante él.
—Habla.
—Hemos encontrado un símbolo cerca del lugar donde apareció aquella presencia desconocida.
El guardián dejó una tablilla sobre la mesa. En ella había dibujado cuidadosamente una flor de cinco pétalos rodeada por un círculo incompleto.
Hades se acercó.
En cuanto vio la figura, una punzada le atravesó la cabeza.
Durante un instante, creyó escuchar una voz lejana. No consiguió distinguir las palabras, pero la emoción que la acompañaba fue suficiente para hacerlo cerrar los ojos.
Pérdida.
Una tristeza insoportable.
Y la sensación de haber llegado demasiado tarde.
Cuando volvió a mirar la tablilla, el recuerdo había desaparecido.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.
—En una roca, cerca del límite oriental. El grabado parece antiguo, pero está demasiado bien conservado para haber permanecido expuesto durante tanto tiempo.
—¿Han encontrado otros símbolos?
—Todavía no.
Hades examinó el dibujo una vez más.
—Que revisen los alrededores. No quiero que nadie toque nada que tenga esta marca hasta que sepamos qué significa.
El guardián inclinó la cabeza, pero no se retiró inmediatamente.
—Hay otra cosa, mi señor.
Hades levantó la mirada.
—Uno de los vigilantes escuchó una voz cerca del mismo lugar. No pudo distinguir lo que decía, pero asegura haber escuchado un nombre.
Hades sintió que el ambiente se volvía más pesado.
—¿Qué nombre?
—El mismo de la otra vez señor...Alison.
Durante varios segundos, ninguno habló.
Hades dejó la tablilla sobre la mesa con cuidado.
Alguien estaba buscando a Alison.
O, al menos, alguien sabía de su existencia.
Y el hecho de que su nombre hubiera sido pronunciado tan cerca de los límites de su territorio no podía ser una coincidencia.
—Aumenta la vigilancia —ordenó—. Si esa presencia regresa, quiero saberlo antes de que pueda acercarse de nuevo.
—¿Debemos capturarla?
—No hasta que sepamos a quién nos enfrentamos.
El guardián se retiró.
Hades permaneció inmóvil, mirando el símbolo.
Había pasado siglos enfrentándose a enemigos que podía reconocer. Esta vez, sin embargo, luchaba contra algo que parecía conocer su pasado mejor que él mismo.
Y eso era mucho más peligroso.
Alison encontró a Hades cerca de la fuente de la plaza.
Él estaba observando el agua, perdido en sus pensamientos. Cuando la vio acercarse, su expresión se suavizó ligeramente.
—Buenos días —saludó.
—Depende de cómo termine la conversación que vamos a tener.
Hades arqueó una ceja.
—Debo admitir que me alegra comprobar que tu buen humor sigue intacto.
—No te acostumbres. He dormido poco.
La sonrisa de él desapareció.
—¿Has vuelto a soñar con ese hombre?
Alison asintió.
—Y esta vez me dijo algo que no pienso ignorar.
—¿Qué fue?
Ella sostuvo su mirada.
—Me pidió que te preguntara qué estás intentando recordar.
Hades se quedó inmóvil.
La frase le produjo un escalofrío. Por un instante, volvió a ver el jardín de flores blancas y la figura de una mujer alejándose entre la niebla.
No sabía de dónde procedían aquellas imágenes.
Pero comenzaba a temer que no fueran simples sueños.
—¿Por qué te dijo eso? —preguntó.
—Eso es precisamente lo que quiero averiguar. ¿Hay algo que estés intentando recordar?
Hades apartó la mirada.
Podría haberle mentido. Habría sido sencillo decirle que no sabía de qué hablaba y cambiar de tema, como había hecho tantas veces.
Sin embargo, Alison había dejado de aceptar sus evasivas.
Y él sabía que no podía seguir pidiéndole confianza mientras fingía que nada estaba ocurriendo.
—He tenido algunas visiones —admitió finalmente—. Imágenes que no consigo relacionar con ningún recuerdo concreto.
Alison se acercó un poco.
—¿Qué clase de imágenes?
—Un jardín. Una fuente de piedra. Flores blancas.
Ella sintió un escalofrío.
Era el mismo lugar que había visto en sus sueños.
—¿Has estado allí?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Cuando intento recordar, todo desaparece. Solo queda una sensación que no consigo explicar.
Alison bajó la mirada, pensativa.
Por primera vez, comprendió que Hades no estaba ocultándole una respuesta que conocía. Quizá también estaba buscando algo que se le escapaba.
Eso no significaba que fuera a dejar de hacer preguntas.
—¿Y por qué no me lo habías contado?
—Porque no quería involucrarte en algo que no comprendo.
—Ya estoy involucrada.
Hades la miró.
—Lo sé.
—Entonces deja de tratarme como si fuera demasiado frágil para escuchar lo que está pasando. No te estoy pidiendo que inventes respuestas. Solo quiero que seas sincero conmigo.
Él guardó silencio.
Había algo en la firmeza de Alison que le recordaba que no podía decidir por ella. No podía mantenerla al margen de todo y esperar que continuara confiando en él.
—Hay algo más —dijo finalmente.
Alison esperó.
—Encontraron un símbolo extraño en un lugar donde alguien estuvo vigilando una zona que tengo bajo mi responsabilidad. Y escucharon tu nombre.
La expresión de Alison cambió.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—¿Quién lo pronunció?
—No lo sabemos.
Ella miró a su alrededor. La plaza seguía llena de personas que conversaban y realizaban sus compras. Nadie parecía prestarles atención.
—¿Crees que esa persona me conoce?
—Creo que sabe de ti. No puedo asegurarte nada más.
Alison se abrazó a sí misma.
Por primera vez, la posibilidad de que alguien la estuviera buscando dejó de parecer una idea absurda.
—¿Y qué vas a hacer?
—Averiguar quién está detrás de esto.
—¿Y yo qué debo hacer? ¿Esperar en casa sin saber nada?
—No te pediré que lo hagas.
La respuesta la sorprendió.
Hades sostuvo su mirada.
—No voy a mentirte diciendo que todo está bien. Pero tampoco permitiré que te expongas innecesariamente a algo que podría hacerte daño.
Alison suspiró.
—Puedo aceptar que tengas miedo por mí. Lo que no voy a aceptar es que decidas todo sin escucharme.
Hades no respondió inmediatamente.
—Lo intentaré —dijo al fin.
—Más te vale.
Por un instante, la tensión entre ambos se disipó.
Pero las preguntas seguían allí.
Y ninguno sabía cuánto tiempo les quedaba antes de encontrar respuestas que quizá habrían preferido no conocer.
Se alejaron de la fuente y caminaron por una calle donde varios artesanos trabajaban frente a sus talleres.
Alison intentaba ordenar la información que acababa de recibir.
Un símbolo desconocido.
Una presencia misteriosa.
Su nombre pronunciado en un lugar que Hades se negaba a describir con demasiados detalles.
Y un jardín que ambos habían visto sin comprender por qué.
—¿Dónde encontraron exactamente ese símbolo? —preguntó.
—En una roca, cerca de un lugar que está bajo mi responsabilidad.
—Eso no me dice mucho.
—Lo sé.
—¿Y cómo era?
Hades describió la flor de cinco pétalos y el círculo incompleto que la rodeaba.
Alison se detuvo de repente.
Al otro lado de la calle había un pequeño puesto de cerámica. Sobre una mesa descansaban vasijas, cuencos y figuras de animales. Entre las piezas había una tablilla de barro cocido con un grabado que le resultó inquietantemente familiar.
Una flor de cinco pétalos.
Rodeada por un círculo incompleto.
—Hades —murmuró—. Mira eso.
Él siguió la dirección de su mirada.
Al ver el símbolo, su expresión se endureció.
Se acercaron al puesto. El artesano, un hombre mayor con las manos cubiertas de polvo, levantó la cabeza.
—¿Buscan alguna pieza en particular?
Alison señaló la tablilla.
—¿De dónde viene esa?
El hombre la recogió con cuidado.
—Es bastante antigua. Llegó a mis manos junto con otras piezas que dejó un viajero hace muchos años. Nunca regresó a buscarlas.
—¿Recuerdas cómo era ese viajero? —preguntó Hades.
El artesano frunció el ceño, intentando recordar.
—No podría describirlo con seguridad. Ha pasado demasiado tiempo. Pero recuerdo que llevaba varias tablillas y que parecía preocupado por conservarlas. Esta tenía una marca que no supe reconocer.
—¿Conoces el significado? —preguntó Alison.
—No. Por eso la he conservado. Algunos símbolos antiguos pertenecen a historias que los hombres han olvidado, pero eso no significa que hayan dejado de tener importancia.
Alison intercambió una mirada con Hades.
—¿Hay alguien en la ciudad que pueda reconocerla? —preguntó ella.
El artesano reflexionó unos instantes.
—En el templo antiguo guardan inscripciones y registros de épocas pasadas. Los sacerdotes quizá puedan deciros algo. Aunque no os prometo que tengan una respuesta.
—Nos basta con intentarlo —dijo Alison.
Hades observó la tablilla sin tocarla.
La marca le provocaba una sensación que no podía explicar. No era un recuerdo completo, sino una emoción profunda, como si hubiera conocido su significado mucho antes de verlo grabado en el barro.
—¿Podríamos regresar mañana para examinarla? —preguntó.
—Si no la vendo antes, estará aquí.
Alison agradeció al artesano y se alejó del puesto junto a Hades.
—Mañana iremos al templo —declaró.
—Podría acompañarte.
Ella lo miró de reojo.
—¿Podrías?
—¿Debo presentar una solicitud por escrito?
Alison soltó una pequeña risa.
—No estaría de más. Tal vez así aprenderías a responder preguntas sin parecer que estás ocultando un crimen.
Hades sonrió, pero la expresión desapareció pronto de su rostro.
—Alison, hay algo que debes entender. Si este símbolo está relacionado con las visiones, quizá no encontremos una explicación sencilla.
—No espero encontrarla.
—Podríamos descubrir algo que cambie lo que creemos saber.
Ella se detuvo y lo miró de frente.
—Entonces tendremos que decidir qué hacer con esa verdad cuando la encontremos.
Hades no supo qué responder.
La mortal que tenía delante no comprendía el alcance de los peligros que podían rodearla. No conocía las fuerzas que se estaban moviendo en las sombras ni los secretos que él mismo empezaba a temer.
Y, aun así, no retrocedía.
Aquella valentía lo atraía tanto como lo preocupaba.
—Mañana iremos —aceptó.
Alison sonrió ligeramente.
—Sabía que terminarías entrando en razón.
—No confundas mi decisión con una victoria tuya.
—Por supuesto que no.
La sonrisa de ella se amplió.
—Es una victoria mía bastante evidente.
Hades dejó escapar una risa breve.
Durante unos segundos, el misterio pareció quedar lejos.
Pero mientras continuaban caminando, él no podía olvidar el símbolo ni la sensación de reconocimiento que le había provocado.
Había algo enterrado en su memoria.
Y alguien estaba intentando asegurarse de que permaneciera allí.
Lejos de la ciudad, en una habitación de piedra iluminada por una sola lámpara, un hombre aguardaba frente a una mesa.
Sobre ella descansaba un objeto negro, liso como el vidrio.
El hombre apoyó la mano en su superficie.
—Han encontrado el símbolo.
Durante unos instantes no ocurrió nada.
Después, una voz surgió de la oscuridad.
—¿Quién lo encontró?
—Hades y la mortal.
El silencio se prolongó.
—¿Ella lo reconoció?
—No parece conocer su significado. Pero se detuvo al verlo y preguntó por su origen.
La llama de la lámpara tembló.
—Entonces todavía hay tiempo.
El hombre vaciló.
—¿Y si llegan al templo antiguo?
—Que lleguen.
—¿No deberíamos detenerlos?
La voz respondió con una calma inquietante.
—No. Todavía no.
—Pero si Hades empieza a recordar…
—Hades no recuerda lo que ocurrió —lo interrumpió la voz—. Y mientras siga así, no podrá comprender lo que tiene delante.
El hombre bajó la cabeza.
—¿Qué debo hacer?
—Vigila a Alison. Si encuentra algo en el templo, quiero saberlo inmediatamente.
—¿Y Hades?
La respuesta tardó unos segundos.
—No permitas que descubra toda la verdad.
El objeto negro perdió su brillo.
El hombre se quedó solo, escuchando el sonido de la llama.
Por primera vez, parecía inquieto.
El símbolo había reaparecido.
La mortal lo había visto.
Y Hades había comenzado a hacerse preguntas.
Algo que llevaba demasiado tiempo oculto estaba despertando.
Y cuando finalmente recordara, ya no habría manera de devolverlo al olvido.