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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:123
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche que cambio a Wilders

Logramos otra victoria, pero no había sido nada para celebrar.

El bosque quedaba atrás, aunque esos momentos continúan en mi mente; marchábamos cubiertos de sangre, algunos caminaban con dificultad y otros siendo transportados en camillas.

De los doce mil soldados que habían partido del sur hacia Apolonia, apenas quedaban unos siete mil; de esos, solo cinco mil podían continuar luchando.

No lo podíamos creer: perdimos cinco mil hombres en aquella emboscada.

Entre ellos estaba Espios, quien entregó valientemente su vida y la de sus buenos hombres, dejando un vacío que ninguno de nosotros mencionaba.

Yo cabalgaba junto a Kállos, observando las filas.

—¿Cuántos? —pregunté.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Siete mil aproximadamente.

Cerré los ojos.

A lo lejos comenzamos a ver los estandartes de Apameia y Palfidias; el ejército de Stelios ya estaba allí esperándonos.

Pero cuando entramos en el campamento, comprendimos de inmediato que no éramos los únicos que habíamos llegado preparados para la guerra.

Miles de soldados esperaban detrás de las pequeñas murallas de madera de la fortificación y en el centro de todo el campamento se encontraba la carpa del rey, quien salió a recibirnos.

Los líderes desmontaron y caminaron directamente hacia él.

—Majestad —uno a uno se iban presentando.

Stelios observó nuestras fuerzas; su rostro cambió al ver la cantidad de heridos.

—¿Qué ocurrió?

—Nos emboscaron.

El rey frunció el ceño.

—¿Los gálatas?

—Sí —respondió Melos.

—Nos estaban esperando en el bosque —comentó Lion.

Stelios miró hacia los hombres que nos quedaban.

—Nuestros informantes decían que la mitad del ejército bárbaro que se encontraba en Apameia había salido de la ciudad para atacar a una fuerza enemiga de los gálatas.

Hizo una pausa

— Esa fuerza eran ustedes entonces.

Gurta soltó una risa amarga.

—No fue una casualidad.

El rey lo miró.

—Explícame.

Melos señaló el mapa.

—Sabían exactamente por dónde pasaríamos. Utilizaron el sendero secundario para obligarnos a entrar al bosque, ya que sabían que era el camino más corto; nos hostigaron desde los árboles y después nos hicieron avanzar hacia una zona abierta dentro del bosque donde ya tenían preparada la emboscada.

Kállos añadió:

—Conocían el camino.

El rey permaneció pensativo.

—Entonces alguien les está ayudando.

Melos intercambió una mirada conmigo.

—Efialtes —dije finalmente.

Stelios quedó inmóvil.

—¿Efialtes?

—Su tío, su majestad —respondió Melos.

Stelios bajó la mirada durante un segundo.

—¿Sigue vivo?

—Y trabaja con Grocker.

El rostro del rey cambió por completo.

—Ese traidor...

Apretó los dientes

—Mentirosa víbora.

Su voz comenzó a elevarse

—. ¿Después de todo lo que hizo mi padre por él, todavía tiene el descaro de ayudar a su verdugo?

—Conocía bien el territorio, sabría cómo nos moveríamos para recortar el mayor tiempo posible —comenté.

El rey respiró profundo.

—Entonces ahora sabemos algo importante.

Señaló el mapa

—Grocker sabía que iban hacia Apameia.

Todos guardaron silencio.

Pero entonces Stelios sonrió.

—Y no sabe cuántos somos en realidad.

Gurta levantó la ceja.

—Qué quieres decir?

Stelios señaló las posiciones que rodeaban la capital.

—Mis informantes dentro de Apameia me han confirmado que Grocker cree que sus fuerzas serán destruidas durante la emboscada. Si nos espera, pensará que llegamos debilitados o que ni siquiera llegaremos.

Melos comprendió inmediatamente.

—Podemos atacarlos antes de que puedan averiguarlo y reorganizarse.

—Exactamente —exclamó el rey.

Stelios levantó la mirada.

—Esta es nuestra oportunidad.

Fue entonces que conocimos la verdadera magnitud de la ayuda que había llegado.

El rey Stelios nos llevó a otra parte del campamento; había soldados por todas partes.

Miles.

—Diez mil hombres de todas las partes de Wilders —explicó.

Después señaló otro grupo

—Y ellos son diez mil más.

Un hombre joven avanzó hacia nosotros. Vestido con armadura distinta a la de los soldados de Wilders, su capa llevaba un emblema que nunca había visto.

El joven hizo una reverencia.

—Soy Ogisis II, príncipe de los rodenos.

Los líderes de la coalición y nosotros inclinamos la cabeza.

—Es un honor.

El príncipe sonrió.

—Mi padre, el rey Aníbal, me envió para cumplir una deuda que tenemos con su reino.

Stelios intervino.

—Los rodenos han sido aliados de nuestra gente durante algunas generaciones.

Ogisis miró hacia nosotros.

—Mi padre fue un muy buen amigo del rey Trídate.

Al escuchar aquel nombre, mi expresión cambió.

El príncipe me miró.

—No olvidamos a nuestros amigos.

Hizo una pausa.

—Y tampoco olvidamos a quienes lo asesinaron.

Gurta cruzó los brazos.

—Entonces vinieron a vengarlo.

Ogisis volvió a sonreír.

—Y a ayudarlos a recuperar Apameia.

Stelios señaló el campamento.

—Diez mil de Wilders, diez mil de rodenos.

Después nos miró a nosotros

—Y los siete mil de la coalición. Veintisiete mil conforman esta alianza.

Pero los heridos no podían combatir; después de contabilizarlos, eran casi dos mil hombres que necesitaban atención.

Nos quedaban aproximadamente cinco mil soldados en condiciones de seguir la lucha.

Veinticinco mil hombres y, frente a nosotros, Apameia todavía estaba defendida por unos treinta mil gálatas.

Seguíamos estando en inferioridad numérica, pero esta vez teníamos algo que ellos no tenían: una razón para luchar.

Stelios extendió otro mapa.

—No atacaremos mañana.

Todos levantaron la mirada.

—Atacaremos esta misma noche.

Lion señaló las murallas.

—¿No sería mejor esperar?

—No —negó con la cabeza el rey

—Si Grocker descubre lo ocurrido en el bosque, enviará mensajeros para solicitar refuerzos. Además, los defensores no estarán esperando un ataque nocturno.

Gurta sonrió.

—Entonces caeremos cuando menos se lo esperan.

—Exactamente.

Stelios hizo una señal.

Un grupo de hombres le acercaron unos planos de una gigantesca estructura de madera; era una torre de asedio. Llevaban todo el día construyéndolas, eran enormes.

Tenían ruedas reforzadas y varios niveles de protección para los arqueros, que estaban protegidos por gruesas placas de madera.

Todos quedamos sorprendidos.

—Los planos fueron enviados por el rey Aníbal; su pueblo es conocido por su buena ingeniería e implementación de maquinaria de asedio —explicó Stelios.

Ogisis miró las estructuras.

—Mi padre dijo que si iban a recuperar la capital, debía ser con la mejor maquinaria posible para poder evitar el mayor número de bajas.

Gurta soltó una carcajada.

—Empezó a caerme bien tu padre.

Stelios señaló también varias escalas largas ya terminadas.

—También tenemos las escalas suficientes para atacar varias secciones de la muralla.

Mi hermano observó las máquinas.

—¿Y las puertas?

—Serían nuestro objetivo principal.

El rey clavó un dedo sobre el mapa

—Si conseguimos abrirlas, la batalla dentro de la ciudad terminará más rápido.

Todos comprendimos lo que eso significaba: no habría descanso ni segunda oportunidad.

Esa noche decidiríamos el destino de Wilders.

Marchamos antes de que el sol se pusiera. Teníamos pocas antorchas; eso y la luz de la luna nos permitía distinguir el camino en un silencio absoluto.

Veinticinco mil hombres avanzando hacia una ciudad ocupada por el enemigo.

Nadie hablaba más de lo necesario; solo se escuchaba el sonido de los pasos, las ruedas de las torres y el roce del metal.

Cuando finalmente aparecimos frente a las murallas de Apameia, mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Era la primera vez que veía la ciudad, pero de alguna manera sentí que ya la conocía. Era la ciudad donde nació mi padre y mi tío.

Sus muros se alzaban enormes bajo la luna.

Entonces las campanas sonaron.

Los guardias gálatas presenciaron nuestra llegada.

Las antorchas comenzaron a encenderse sobre las murallas, los gritos se extendieron por toda la ciudad y un mensajero corrió a avisarle a Grocker.

El rey bárbaro salió de su aposento.

—¿Qué sucede?

—¡Un ejército enemigo, mi rey! —comunicó casi sin aire.

Grocker caminó hasta las murallas.

Cuando miró hacia la llanura, quedó sorprendido.

Miles de soldados se extendían frente a él.

Y entre ellos pudo distinguir los estandartes de la coalición, de los rodenos y de Wilders.

Sus ojos se abrieron.

—No...

Efialtes llegó traído por hombres del rey bárbaro.

—¿Qué ocurre?

Grocker se giró hacia él.

—Tú dijiste que estarían aniquilados.

Efialtes palideció.

—Lo estaban...

—¡Míralos! —gritó enfurecido Grocker.

El rey bárbaro señaló hacia el exterior.

— ¡ESTÁN AHÍ!

Efialtes observó el ejército; por primera vez parecía verdaderamente aterrado.

—No puede ser... ¿Cómo pudieron sobrevivir?

Grocker lo tomó por la túnica.

—¿Cuántos hombres dijiste que tenían?

—Unos doce mil, más o menos —respondió con miedo.

Grocker lo soltó.

—¡A las armas!

Los oficiales corrieron a transmitir las órdenes.

—¡Cinco mil hombres permanecerán en las murallas, quiero arqueros, jabalineros y honderos preparados!

Uno de sus oficiales preguntó:

—¿Y el resto?

Grocker sonrió.

—Saldrán conmigo.

—¿Vamos a abandonar las murallas? —preguntó con dudas.

El rey tomó su enorme hacha de doble filo.

—No, vamos a enseñarles por qué ni el rey de esta ciudad pudo con nosotros y que ahora nos pertenece.

Las puertas de Apameia se abrieron; gritos y golpes de escudos empezaron a escucharse.

Los gálatas estaban saliendo por miles.

Stelios observó la escena desde su caballo.

—Van a luchar fuera de las murallas.

Melos y los demás líderes se colocaron junto a él.

—Creen que somos numéricamente inferiores.

—Exacto.

Stelios levantó su espada.

—Que sigan creyéndolo.

Los primeros proyectiles empezaron a caer. Nuestros escudos se alzaron.

El cielo se llenó por parte de ambos bandos.

El estruendo era ensordecedor.

—¡AVANCEN! —ordenaron los señores a sus hombres.

La orden recorrió nuestras filas.

Miles de soldados comenzaron a correr.

Los gálatas hicieron lo mismo.

Y entonces chocamos.

Fue como si dos montañas hubieran colisionado; el impacto de los escudos hizo temblar el suelo, las espadas comenzaron a golpear y los gritos llenaron la noche.

Yo avancé siempre custodiado por Kállos.

Un grupo de gálatas apareció frente a nosotros, pero rápidamente fueron derribados, aunque en segundos otros aparecieron.

Kállos protegía mi lado derecho.

—¡A tu izquierda!

Me giré.

Una espada pasó a centímetros de mi rostro.

Respondí con un flechazo a escasos centímetros.

El enemigo cayó.

—Gracias.

—Después me agradeces —dijo concentrada.

Un nuevo grupo volvía a aparecer.

—¡SIGAN AVANZANDO!

La voz de Stelios y del príncipe se escuchaba en todo el campo de batalla.

Mi hermano estaba en primera línea junto a Gurta y Lion; sus caballos estaban cubiertos de sangre.

No sabía cuánta era suya y cuánta del enemigo.

Gurta combatía a su lado; su enorme hacha parecía el arma del mismo Hades.

Cada vez que la levantaba, alguien caía.

—¡VENGAN! ¡HE MATADO A MUCHOS DE LOS SUYOS! —gritaba como el rugido de una bestia.

Una espada chocó contra su hombro; él ni siquiera retrocedió.

Agarró al gálata del cuello y se lo rompió.

—¡EL SIGUIENTE! —exclamó con furia.

Los gálatas empezaron a volver atrás, pero entonces apareció su rey.

Su presencia cambió la moral de sus hombres; el enorme Grocker avanzó entre sus filas.

—¡TODOS DEBEN MORIR!

Se lanzó sobre un grupo de soldados.

Su enorme hacha descendió; uno tras otro, los soldados cayeron.

Uno de los líderes de la coalición intentó embestirlo con su caballo, pero Grocker lo derribó y asesinó.

Tres líderes de la coalición más lo intentaron; uno a uno murió bajo la enorme hacha de aquel rey bárbaro que parecía un demonio.

—¡GROCKER! —rugió Gurta mientras avanzaba en su caballo a toda velocidad.

El rey bárbaro giró y sus miradas se encontraron.

Gurta levantó su hacha.

—¡Esta vez no vas a escapar!

Grocker lo miró con una expression de superioridad.

—¿Vamos a ver si tienes lo necesario?

Ambos chocaron ferozmente.

Aquel duelo parecía una pelea entre dos osos por un territorio.

Todo aquel que intentaba ayudar a uno de los dos caía en segundos.

Estaban bastante igualados en potencia y fuerza, pero Gurta se notaba levemente más herido, ya que estaba combatiendo desde el principio del choque.

Antes de que pudieran volver a cruzar armas, una voz resonó entre los soldados.

—¡GROCKER!

Era Stelios, que cabalgaba hacia ellos.

El rey de Wilders desmontó y el rey de los bárbaros también.

Durante unos segundos, todos alrededor de ellos parecían haberse detenido para presenciar el duelo entre ambos reyes.

Grocker le apuntó con su hacha.

—Así que finalmente vienes por mi cabeza.

Stelios levantó su espada.

—Vengo por la capital y mi gente.

—¡Esta ciudad es mía ahora! —gritaba el rey bárbaro mientras avanzaba.

—Nunca lo fue —respondio sérénemente el rey de Wilders.

Grocker atacó acompañado de un rugido.

El primer golpe fue brutal; Stelios apenas lo pudo bloquear.

El impacto lo obligó a retroceder.

Aquel gigante volvió a atacar una, otra y otra vez.

Su fuerza era monstruosa.

Stelios era más ágil y rápido: giraba, esquivaba, atacaba... Parecía que había estado practicando bastante para este momento.

Una línea de sangre apareció en el brazo del gigantesco rey.

—No necesito ser más fuerte que tú.

Stelios volvió a esquivar.

—Solo necesito ser más rápido y preciso.

Grocker lanzó un golpe horizontal, pero el rey se agachó; el hacha pasó sobre su cabeza a pocos centímetros.

Stelios aprovechó la abertura y clavó su espada en el bíceps del brazo con el que usaba el hacha.

El bárbaro rugió y soltó su arma.

La agarró rápidamente con su otra mano y golpeó en segundos el escudo del rey; Stelios salió despedido y cayó sobre el suelo.

—¡MUERE!

Stelios rodó justo a tiempo; el hacha se clavó en la tierra.

Grocker intentó sacarla, el rey se levantó y el gigante desenvainó una espada con el brazo que aún le quedaba.

Chocaron espadas una y otra vez hasta que finalmente la hoja de Stelios penetró el costado del rey bárbaro.

Miró la herida que le había hecho y después al rey.

—Esto... no termina aquí.

Stelios, que también contaba con algunas heridas respiró hondo.

—Sí... esto termina aquí.

Grocker ordenó a un grupo de sus hombres que fueran a socorrerlo.

En ese momento, rodeado de ellos, el rey bárbaro gritó:

—¡RETIRADA!

Una parte comenzó a entrar por las puertas mientras que otros permanecieron para darle la posibilidad de escapar.

Grocker desapareció dentro de la ciudad acompañado por un grupo de sus hombres.

La batalla aún continuaba.

Entonces Stelios miró hacia las torres.

—Ahora.

Las enormes máquinas comenzaron a avanzar contra la muralla, mientras los arqueros en el último piso disparaban sin descanso contra los defensores que se encontraban por delante.

Las máquinas comenzaron a llegar hasta el enorme muro de piedra; los soldados empezaron a subir. Las escalas eran colocadas al lado de las imponentes edificaciones de madera.

Los gálatas lanzaban todo tipo de proyectiles, incluso flechas encendidas; una de las torres empezó a quemarse.

—¡NO SE DETENGAN! —comunicó el rey.

Gurta tomó una escala.

—¡YO SUBO PRIMERO!

—¡Gurta, espera! —gritó Melos.

Pero el señor de la guerra ya estaba subiendo; llegó a la parte superior de las murallas y derribó a los primeros defensores.

Luego a los siguientes.

—¡VENGAN!

Melos lo siguió.

Kállos subió por otra escala.

Yo iba detrás.

La lucha fue brutal; cada metro costaba sangre, pero poco a poco conseguimos avanzar hasta que finalmente alcanzamos las puertas.

—¡ABRAN LAS PUERTAS! —ordenó Stelios desde abajo.

Las puertas se abrieron.

Miles de soldados de la alianza entraron en la ciudad.

La batalla continuó en el interior, calle por calle; aún quedaban aproximadamente cuatro mil bárbaros en el interior y no querían rendirse, no después de haber perdido las murallas y haber herido a su rey.

La lucha avanzó hacia el castillo.

Yo iba junto a Melos y Kállos; Gurta iba con el príncipe Ogisis y el rey acompañado por los líderes restantes de la coalición, además de Lion.

—¡AL CASTILLO! —ordenaron a sus hombres.

Al entrar, Grocker nos esperaba.

Estaba herido, tenía la armadura cubierta de sangre, pero aún sostenía su espada.

Acompañándolo quedaban aún unos cientos de guerreros.

—¡AVANCEN! —dieron la orden.

Los gálatas cargaron; el choque fue inmediato.

Gurta se abría paso con mi hermano a su lado.

Kállos y yo avanzamos por otro flanco, al igual que el rey con los demás.

Los defensores fueron cayendo uno tras otro.

Finalmente, Grocker quedó solo, respirando con dificultad; su cuerpo apenas podía mantenerse en pie. Stelios avanzó.

—Se terminó.

El rey bárbaro sonrió.

—Todavía no.

Se lanzó contra nosotros.

Logramos esquivarlo y rodearlo; el poderoso e imponente bárbaro era más lento que antes, pero se guía siendo igual de aterrador.

Gurta intentó intervenir.

—¡Déjenlo!

Melos levantó su espada.

—Es mío.

Grocker, al escuchar eso, se rió.

—Entonces muere como un hombre.

Melos apretó su espada.

El gigante atacó.

Mi hermano esquivó, giró y clavó su espada profundamente en el abdomen del rey bárbaro.

Miró a Melos cayendo de rodillas.

Por último, levantó la mirada al cielo.

—Crok... —fue apenas un susurro.

Después se desplomó.

Nadie dijo nada.

Un grupo de guerreros gritó:

—¡GROCKER HA CAÍDO!

El grito se extendió por toda la ciudad; los bárbaros restantes arrojaron sus armas. Algunos se rindieron, otros huyeron. La batalla había terminado.

Apameia volvía a ser libre.

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