Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 3
ISMARA
Los seres humanos tenemos un límite, y el mío llegó al tope. Lo que empezó como estupideces que elegí ignorar terminó escalando a algo serio, muy al estilo de series como Gossip Girl, donde los estudiantes se creen intocables y atacan a otros por pura diversión. En mi caso, por poco acaba con mi vida.
Las ignorantes novias de los amigos de Michael no me dejaban en paz. Se convirtieron en un tormento constante, como una gota de agua defectuosa martillando mi paciencia día tras día. Al principio eran supuestas "bromas inocentes" que iban subiendo de nivel, pero que yo, ingenuamente, no le decía a nadie para no incomodar. Iban desde colocar tachuelas en mi asiento y pegar chicles en mi cabello durante la clase de atletismo, hasta agregar pimienta cayena con chile picante a mi comida en un descuido.
Podría continuar enumerando lo que el director Rivas llamaba "bromas inofensivas". Claro que tiempo después entendí la verdadera razón detrás de su tibieza: recibía jugosas mordidas de dinero camufladas por parte de los padres multimillonarios de mis agresoras.
Pero la gota que derramó el vaso ocurrió durante el segundo semestre, en el examen final de Química Avanzada.
La mañana transcurría con normalidad. El sol apenas calentaba los pasillos cuando entramos al frío laboratorio, con el aire acondicionado a menos de catorce grados. La mayoría le tenía pavor a esa prueba, pero yo entré confiada. Me puse la gabacha, los anteojos protectores, los guantes de látex y revisé todos los compuestos químicos con meticuloso cuidado. No quería cometer el más mínimo error.
En eso, Paulina se me acercó con su risita hipócrita y llena de soberbia para hacerme una pregunta absurda. Mientras ella me distraía, una de sus amigas cambió deliberadamente uno de los frascos que yo ya había verificado. Como era habitual en ellas hacer comentarios tontos o sarcásticos, no le di importancia al asunto.
Poco después entró el profesor, quien se encontraba hablando con un colega en el pasillo.
—Buenos días, muchachos. Tomen asiento para iniciar la prueba —indicó.
Transcurrieron unos veinte minutos. Ya iniciada la parte práctica, algo comenzó a salir mal. El químico reaccionó de forma distinta a todas las pruebas que había realizado antes. De la nada, se levantó una nube de humo denso y nauseabundo.
—¡Señorita Bodra, qué graciosa! —exclamó el docente con evidente molestia e indignación—. Créame que esto no se va a quedar así. Podía esperarlo de cualquiera, pero de usted no...
—¡Pero profesor, yo no hice nada!
—Salgan todos, el examen queda suspendido.
—Profesor, no sé qué pasó. Yo revisé todos los compuestos antes de empezar...
—Sabe muy bien que esta broma hace que pierda el examen de manera automática —sentenció abanicándose con unos papeles para no vomitar por el hedor.
—¡Se lo juro por la memoria de mis padres! Soy inocente, no tengo idea de qué ocurrió...
Al terminar esa frase, todo se volvió negro. Cuando me acerqué a verificar la posible causa del fallo, la mezcla volátil reaccionó bruscamente. La explosión me mandó a volar por los aires, estrellándome violentamente contra la pared antes de caer inconsciente.
En la casa de los Bodra, el teléfono comenzó a repicar con insistencia.
—Buenos días, ¿es la residencia de la señorita Ismara Bodra? Llamamos del colegio Saint Marcus...
—Sí, aquí es. ¿Le pasó algo a mi niña? —preguntó Vicky con el corazón en un puño.
—Tuvo un grave accidente en el laboratorio de química. En este momento la están trasladando de emergencia al hospital San Ángel.
—¿Cómo que un accidente?
—Las causas aún no están claras, señora.
—¿Ella se encuentra bien? ¡Le suplico que me diga la verdad!
—Va inconsciente. Los paramédicos indicaron que su estado es delicado...
Sin pensarlo dos veces, Victoria soltó el auricular y corrió desesperada por el pasillo.
—¡Señor Ismael! ¡Señor Ismael! —gritó ahogada en llanto.
—¿Qué pasa, Victoria? ¿A qué vienen esos gritos? —preguntó el abuelo frunciendo el ceño con molestia al salir de su despacho.
—¡Es la niña, don Ismael!
—¿Qué ocurre con Ismara? Vicky, con tu llanto no alcanzo a entender nada.
—Llamaron del colegio... Tuvo un accidente.
—¿Cómo que un accidente? ¿Le pasó algo a la buseta mientras viajaba?
—No, no fue en el transporte. Ocurrió en el laboratorio de química. Se la llevaron inconsciente al hospital en una ambulancia...
—¿Qué es esto? ¿Una maldita broma? —Tito Ismael se levantó como un resorte y caminó a paso firme hacia el garaje.
Por ser un hombre alto y de zancada larga, la Nana Vicky tuvo que trotar tras él para no quedarse atrás.
—¿A cuál hospital, Victoria? —preguntó con una preocupación helada en el rostro mientras tomaba las llaves de uno de sus vehículos.
—Al San Ángel. Pero por favor, señor, ¡déjeme acompañarlo!
—Sube rápido —ordenó abriéndole la puerta.
Al llegar a emergencias, el abuelo divisó al director Rivas conversando tranquilamente con el médico de guardia, como si no estuviera pasando nada grave. A su lado, el profesor de química lucía desencajado y angustiado.
Ver la postura relajada de Rivas hizo que a Tito Ismael le hirviera la sangre como una olla de presión a punto de estallar. Se acercó a paso implacable.
—Me podrían explicar qué fue lo que le pasó a mi nieta —exigió con una voz tan fría como una lápida de cementerio.
El director se giró y acomodó su saco.
—¿Es usted familiar de la señorita Bodra?
—Sí. Soy su abuelo, Ismael Bodra.
—Mucho gusto... —dijo Rivas extendiendo la mano con falsa cordialidad.
El abuelo, a pesar de ser un hombre educado, ni siquiera se inmutó en responder el saludo. Dejó la mano del director en el aire.
—Creo que fui bastante claro con mi pregunta. ¿Qué le ocurrió a mi nieta?
El director carraspeó, incómodo y nervioso ante la mirada penetrante de aquel hombre.
—Solo fue un pequeño accidente, nada de qué preocuparse...
—¡¿Perdón?! —interrumpió el abuelo sin dar crédito a lo que oía—. Si no hay nada de qué preocuparse, ¿por qué estamos en la sala de urgencias de un hospital? No vine a estrechar su mano, director Rivas, vine por respuestas inmediatas.
—Bueno... fue una travesura de la propia Ismara que se le salió de las manos...
—¡Qué locura está diciendo! —estalló la Nana Vicky, interviniendo para defenderme como una leona a su cría.
—Tranquila, Victoria. Deja que continúe —murmuró el abuelo, evaluando el ridículo alegato con el ceño fruncido.
—Sí, pero no se preocupe, el colegio no va a tomar medidas legales por los daños ocasionados a la institución —añadió Rivas con cinismo.
Tito Ismael apretó los puños y respiró profundo para no molerlo a golpes ahí mismo.
—¿Es usted consciente de lo que acaba de decir? Sin haber visto aún a mi nieta, le aseguro que los daños a su colegio es lo que menos me importa en este momento.
En ese instante, el médico a cargo salió de la sala de evaluación.
—Doctor, dígame cómo está ella —pidió el abuelo dejando de lado al director.
—No le voy a mentir, señor Bodra. Su estado es delicado. Inhaló vapores tóxicos muy peligrosos y sufrió un fuerte golpe en la cabeza debido a la onda expansiva de la explosión. La resonancia muestra una inflamación considerable en el cerebro. Necesitamos mantenerla en observación estricta hasta que despierte para descartar secuelas graves.
Al escuchar el diagnóstico, el abuelo perdió el control. De un movimiento impulsivo, sujetó al director Rivas del cuello de la camisa, acorralándolo contra la pared. El rostro del director perdió el color al instante.
—¡Se atrevió a decir que era un 'pequeño accidente'! —le gruñó a centímetros de la cara—. ¡Dijo que solo era una travesura de Ismara mientras mi nieta yace inconsciente en una cama sin poder defenderse de sus asquerosas acusaciones! ¿Qué tiene que decir ahora?
Rivas se quedó completamente mudo, temblando.
El abuelo lo soltó de golpe y miró al profesor.
—Profesor, necesito su versión de los hechos. Porque aquí hay cosas que no me cuadran en absoluto.
—Señor Bodra... yo... no sé ni qué decir —titubeó el docente, aterrorizado por las consecuencias.
—Véanme bien los dos —sentenció Tito Ismael sacando su teléfono del bolsillo—. Porque esta es la única oportunidad que les voy a dar para que digan la verdad. Voy a llamar a mis abogados en este mismo instante. Y si cuando mi nieta despierte me entero de que me mintieron en el detalle más minúsculo... no duden de que sufrirán consecuencias severas.
—Señor Bodra, por favor, esto sería un escándalo para mi institución... —suplicó el director.
—¿Escándalo? —recapituló el abuelo con desprecio—. ¿Usted cree que a mí me importa un carajo su prestigio o su institución?
Sin perder un segundo más, el abuelo caminó junto al médico hacia la sala de cuidados intensivos, donde me tenían conectada a soporte de oxígeno para reducir la inflamación cerebral.
Al verme pálida y conectada a los monitores, la voz dura del abuelo se quebró levemente.
—Doctor... ¿mi nieta va a estar bien?
—Ella es fuerte, señor Bodra. Estamos haciendo todo lo humanamente posible para ayudarla a recuperarse sin secuelas.
—Le pido que no escatime en nada. Por el costo económico no se preocupe.
—Pierda cuidado, estamos dando nuestro 110%.
—Gracias —respondió el abuelo estrechando su mano con firmeza. Luego se giró hacia Victoria y le puso una mano afectuosa sobre el hombro—. Vicky, quédate con ella. Yo necesito averiguar exactamente qué demonios pasó en ese colegio.
—De aquí no me muevo hasta que mi niña abra los ojos, señor.