Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 18: UNA PARTE DE SU MUNDO
El regreso a casa fue mucho más silencioso de lo habitual.
Valentina miraba por la ventana mientras las luces de Medellín pasaban rápidamente frente a sus ojos.
Todavía pensaba en la cena.
En la forma en que el padre de Maximiliano la había recibido.
En el beso que habían compartido en el jardín.
Y, sobre todo, en aquellas palabras que finalmente se había atrevido a decir.
Creo que me estoy enamorando de ti.
Había sido la primera vez que lo decía en voz alta.
Y ahora no podía dejar de pensar en ello.
Maximiliano conducía con una mano sobre el volante. La otra descansaba cerca de la consola.
Después de unos minutos, habló.
—¿Estás arrepentida?
Valentina giró la cabeza.
—¿De qué?
—De haberle dicho a mi padre que te estás enamorando de mí.
Ella sonrió.
—No.
Maximiliano soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Bien.
—¿Tú sí estás arrepentido?
Él la miró rápidamente.
—De ti, jamás.
Valentina sintió un cosquilleo en el estómago.
—Entonces estamos bien.
—Estamos muy bien.
Por un momento, ninguno dijo nada.
Hasta que Maximiliano habló nuevamente.
—Mi madre llega mañana.
Valentina se puso seria.
—¿Cómo es ella?
Él tardó unos segundos en responder.
—Complicada.
—Eso no me ayuda.
Maximiliano sonrió.
—Es inteligente. Elegante. Muy observadora. Puede saber lo que estás pensando sin que digas una palabra.
—Perfecto —respondió Valentina, nerviosa—. Ahora estoy todavía más tranquila.
Él soltó una risa.
—No tienes que impresionarla.
—Eso dijiste ayer.
—Y funcionó.
—No funcionó. Estuve una hora frente al armario.
Maximiliano la miró divertido.
—¿En serio?
—Sí.
—Me hubiera gustado verlo.
—No te habría gustado.
—Créeme, sí.
Valentina negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y aun así estás enamorándote de mí.
Ella lo miró.
—No te emociones demasiado.
—Demasiado tarde.
---
A la mañana siguiente, Valentina llegó temprano a Grupo Blackwood.
Pero había algo diferente.
Por primera vez, entrar a aquella enorme oficina ya no se sentía exactamente igual.
Antes, Maximiliano era su jefe.
Ahora era también el hombre que la había besado.
El hombre que había tomado su mano debajo de la mesa.
El hombre que le había dicho que estaba enamorado de ella.
Intentó concentrarse.
Abrió su computador.
Revisó la agenda.
Organizó reuniones.
Respondió correos.
Hasta que escuchó una voz detrás de ella.
—Buenos días.
Valentina se giró.
Maximiliano estaba allí.
Traje oscuro, camisa blanca y esa expresión seria que utilizaba con todo el mundo.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, la seriedad desapareció.
—Buenos días —respondió Valentina.
Él se acercó.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—Yo no.
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Pensando.
—¿En qué?
—En ti.
Valentina bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—Estamos en la oficina.
—Lo sé.
—Entonces compórtate.
—Lo estoy intentando.
—No parece.
Maximiliano sonrió.
—Te prometo que lo intentaré más.
En ese momento, Laura apareció con unos documentos.
—Valentina, necesito que revises esto.
Al ver a Maximiliano, se detuvo.
—Buenos días, señor Blackwood.
—Buenos días, Laura.
Laura dejó los documentos sobre el escritorio y se marchó.
Valentina esperó hasta que estuvo lejos.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Eso. Tenemos que ser cuidadosos.
Maximiliano asintió.
—Lo sé.
Su tono cambió.
—Precisamente por eso hoy voy a anunciar oficialmente el cambio de tu puesto.
Valentina lo miró.
—¿Ya?
—Sí.
—¿No es demasiado rápido?
—No quiero dejarlo para después.
Ella sonrió.
—Gracias.
Maximiliano la miró durante unos segundos.
—No tienes que agradecerme por hacer lo correcto.
---
A media mañana, Maximiliano reunió al equipo directivo.
Valentina también estaba presente.
—Quiero informarles de un cambio en la estructura administrativa —dijo él.
Todos escucharon atentamente.
—A partir de la próxima semana, Valentina pasará a ocupar el cargo de coordinadora ejecutiva del área de dirección estratégica.
Valentina abrió ligeramente los ojos.
No esperaba algo tan importante.
—Seguirá trabajando directamente conmigo en proyectos estratégicos, pero ya no dependerá exclusivamente de mi despacho.
Uno de los directivos asintió.
—Es una excelente decisión. Valentina ha demostrado tener capacidad para asumir esa responsabilidad.
Maximiliano la miró.
—Estoy de acuerdo.
Ella sonrió.
No había favoritismo.
Había reconocimiento.
Y eso significaba mucho para ella.
---
Al finalizar la jornada, Maximiliano recibió un mensaje.
Mamá: Ya estoy en Medellín. Nos vemos esta noche.
Guardó el teléfono.
Su expresión cambió.
Valentina lo notó inmediatamente.
—¿Todo bien?
—Mi madre ya llegó.
—¿Está aquí?
—Sí.
—¿Y qué pasa?
Maximiliano respiró profundamente.
—Hace mucho que no la veo.
Valentina se acercó.
—¿Por qué?
Él guardó silencio unos segundos.
—Mis padres se separaron cuando yo era joven.
Valentina lo miró con atención.
—Mi madre se fue a vivir fuera del país. Yo me quedé con mi padre y crecí prácticamente dentro de esta empresa.
Ella entendió entonces muchas cosas.
Su necesidad de control.
Su obsesión por el trabajo.
Su dificultad para hablar de sentimientos.
—Debió ser difícil.
—Lo fue.
Valentina tomó su mano.
—No tienes que hablar de eso si no quieres.
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—Contigo sí quiero.
Aquella frase la conmovió.
—Entonces cuando quieras hablar, voy a escucharte.
Maximiliano la miró.
—Por eso te quiero conmigo.
Valentina sonrió.
—¿Y tu madre?
—Quiere conocerte.
—¿Crees que le agradaré?
—Espero que sí.
—¿Y si no?
Maximiliano se acercó.
—Entonces tendrá que acostumbrarse.
Valentina soltó una risa.
—No puedes decir eso.
—Puedo.
—Es tu madre.
—Y tú eres la mujer que elegí.
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
—Maximiliano…
—Esta noche quiero que vengas conmigo.
Ella dudó.
—¿A conocerla?
—Sí.
—Estoy nerviosa.
—Yo también.
—Eso no me tranquiliza.
Él sonrió.
—Entonces estaremos nerviosos juntos.
---
Esa noche, llegaron a un restaurante elegante en El Poblado.
Una mujer esperaba en una mesa privada.
Elegante.
Segura.
De mirada profunda.
Cuando Maximiliano se acercó, ella se levantó.
—Hola, hijo.
Por un instante, él no dijo nada.
Después la abrazó.
Valentina observó la escena en silencio.
Había algo en la expresión de Maximiliano que nunca había visto.
No era el CEO.
No era el hombre poderoso.
Era simplemente un hijo frente a su madre.
Después de separarse, la mujer miró a Valentina.
Sus ojos recorrieron su rostro durante unos segundos.
Finalmente sonrió.
—Así que tú eres Valentina.
Ella extendió la mano.
—Mucho gusto, señora.
La mujer tomó su mano.
—El gusto es mío.
Miró a su hijo.
Después nuevamente a Valentina.
—Ahora entiendo por qué mi hijo habla tanto de ti.
Valentina miró sorprendida a Maximiliano.
—¿Hablas de mí?
Su madre sonrió.
—Más de lo que él cree.
Maximiliano carraspeó.
—Mamá…
Ella soltó una pequeña risa.
—Tranquilo. No voy a avergonzarte.
La cena comenzó.
Y, contra todo pronóstico, la conversación fluyó con facilidad.
La madre de Maximiliano preguntó por el trabajo de Valentina, sus sueños, su familia y sus planes.
No la interrogó.
Quería conocerla.
En un momento, preguntó:
—¿Y qué fue lo que viste en mi hijo?
Valentina se quedó sorprendida.
Maximiliano también.
—Mamá…
—Déjala responder.
Valentina miró a Maximiliano.
Después a su madre.
Y sonrió.
—Al principio vi a un jefe muy exigente.
Los tres rieron.
—Después conocí al hombre que había detrás de ese jefe.
Su expresión se suavizó.
—Y ese hombre me gustó mucho más.
Maximiliano tomó su mano debajo de la mesa.
Su madre los observó.
Y sonrió.
—Entonces creo que ya tengo mi respuesta.
Valentina respiró tranquila.
Pero antes de terminar la cena, la madre de Maximiliano miró a su hijo con una expresión seria.
—Hijo, quiero hablar contigo a solas.
Maximiliano frunció ligeramente el ceño.
—¿Sobre qué?
Ella miró a Valentina.
—Sobre algo que creo que debes saber antes de continuar con esto.
La sonrisa de Maximiliano desapareció.
Valentina sintió un pequeño nudo en el estómago.
La mujer tomó aire.
—No es algo malo.
Hizo una pausa.
—Pero tiene que ver con la vida que estás construyendo.
Maximiliano se quedó mirándola.
Y por primera vez en toda la noche, Valentina sintió que había algo en aquella conversación que podía cambiar el rumbo de su relación. ❤️🔥