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El Amor Del Duque - Reencarnación (BL)

El Amor Del Duque - Reencarnación (BL)

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El Recuerdo de una Mirada ​Anthony

​El nombre resonó en el pecho de Fernando con una calidez casi dolorosa.

​Analizó de inmediato la línea temporal de la novela. Si este evento acababa de ocurrir, significaba que la historia apenas estaba comenzando. La princesa Antonella aún no había iniciado su cortejo formal ni su investigación sobre la casa ducal. La sociedad aristocrática seguía considerando a Fernando como un aristócrata intratable y sombrío, gracias a los rumores maliciosos difundidos por su padrastro.

​Pero Anthony... Anthony siempre había sido diferente.

​En el texto original, al enterarse del supuesto accidente mortal de Fernando, el príncipe Anthony había abandonado una sesión crucial del consejo de estado en la capital, ignorando los reproches de los ministros, para montar a caballo y recorrer leguas de distancia sin descanso hasta la finca ducal, solo para comprobar con sus propios ojos si su mejor amigo seguía con vida.

​Fernando sintió cómo las emociones del antiguo Alfonso —el amor romántico, la compasión profunda y la devoción que sentía por la ilustración del príncipe trágico— se entrelazaban perfectamente con las memorias de la infancia del duque original. Recordó cómo Anthony, con su sonrisa brillante y su trato afable, había sido la única luz cálida en la infancia solitaria de Fernando dentro de aquel castillo helado.

​—¿El príncipe viene solo? —preguntó Fernando, tratando de disimular la aceleración de su respiración.

​—Acompañado únicamente por dos caballeros de la guardia de honor, según informó el escudero —respondió el médico—. Deben haber reventado a sus caballos para llegar desde la capital en tan pocas horas.

​—Deje la puerta abierta, doctor. Y retírese solo cuando Su Alteza haya ingresado —ordenó Fernando, acomodándose contra el respaldo de caoba de la cama.

​El dolor de la contusión en su sien continuaba latente, pero la adrenalina que recorría sus venas eclipsaba cualquier molestia física. La expectativa de ver al hombre que había sido su consuelo de papel en su vida anterior, convertido ahora en una realidad de carne y hueso, lo consumía por completo.

​A lo lejos, amortiguado por los muros de piedra del castillo, se comenzó a escuchar el repique apresurado de cascos de caballo sobre el empedrado del patio central, seguido de órdenes gritadas por los guardias del castillo.

​Él ya estaba aquí.

​

​El silencio reinó durante unos minutos en el pasillo principal que conducía a la cámara ducal. Sin embargo, no tardó en ser interrumpido por el eco resonante de unos pasos atropellados sobre las baldosas de mármol.

​No era el andar acompasado de los sirvientes, ni el paso firme y marcial de los guardias de la villa. Eran pasos irregulares, veloces, impulsados por una desesperación desenfrenada que no guardaba ningún respeto por el protocolo de la nobleza.

​La gran puerta de roble tallado de la alcoba se abrió de par en par con un golpe seco.

​En el umbral apareció la figura que hizo que el aire se detuviera por completo en los pulmones de Fernando.

​Era él. La ilustración de la pantalla digital había cobrado vida, pero con una presencia tridimensional infinitamente más deslumbrante y abrumadora.

​El príncipe Anthony estaba allí parado, apoyando una mano contra el marco de la puerta mientras intentaba recuperar el aliento. Su cabello dorado, despeinado por el viento de la carrera a galope, caía en mechones rebeldes sobre su frente y sienes. Llevaba una elegante casaca de montar de terciopelo azul rey con encajes e hilos de oro, totalmente desabrochada en la garganta para facilitarle la respiración. Sus mejillas estaban profundamente sonrojadas por el esfuerzo físico extremo, y su pecho ancho subía y bajaba agitadamente.

​Pero lo más impresionante eran sus ojos.

​Eran de un tono dorado cristalino, exactamente como la miel expuesta a la luz directa del sol. En ese instante, esos ojos reflejaban una mezcla desgarradora de pánico, angustia y una vulnerabilidad tan absoluta que cortaba la respiración.

​—¡Fernando! —exclamó Anthony con la voz rasgada por la falta de aire y la ansiedad.

​Sin prestar la menor atención al médico que permanecía a un lado de la habitación ni a la opulencia de la estancia, el príncipe avanzó a pasos agigantados hacia la cama, como si el resto del universo hubiera dejado de existir.

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