Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 18: La resaca del arrepentimiento
El amanecer se coló en el estudio privado de los Smirnov vistiendo el cielo de un tono gris metálico. Las brasas de la chimenea se habían extinguido por completo, dejando únicamente una ligera estela de humo blanco y la calidez del cuerpo de Alek descansando contra Amanda.
Amanda no había dormido más que un par de horas a intervalos irregulares. Permaneció en el sofá de cuero, velando el sueño del hombre que sostenía entre sus brazos. Con la luz tenue de la mañana, contempló el rostro de Aleksandr libre de la máscara de acero que solía llevar. Sus facciones, habitualmente marcadas por la dureza y la autoridad, lucían extrañamente serenas, casi vulnerables. Sus largos pestañas oscuras descansaban sobre la piel de sus pómulos y la boca, la misma que horas antes la había besado con una pasión hambrienta y desgarradora, permanecía entreabierta.
A las siete en punto, un leve gemido se escapó de la garganta de Alek. El hombre se movió con pesadez, llevándose una mano a la sien mientras abría los ojos lentamente.
El primer contacto con la realidad fue una punzada sorda de dolor en la cabeza; el segundo, la suave fragancia de jazmín que inundaba sus sentidos; el tercero, la certeza de que estaba recostado sobre el regazo de Amanda.
Alek se incorporó de golpe, como si hubiese tocado una superficie al rojo vivo.
—Chyort voz'mi... —masculló en ruso, pasándose las manos por el rostro en un gesto de profunda consternación.
El movimiento repentino hizo que su camisa arrugada se desacomodara aún más. Alek miró a su alrededor, desorientado, antes de fijar sus ojos azul verdoso en Amanda. Ella permanecía sentada con la espalda erguida, acomodándose con serenidad la falda de terciopelo azul y observándolo con una mezcla de ternura y calma.
—Buenos días, Alek —dijo ella con voz suave y rasposa por el cansancio acumulado.
El recuerdo de la noche anterior cayó sobre el heredero Smirnov como una avalancha de piedras. La borrachera en el club, las confesiones humillantes sobre su cuerpo, la desesperación expuesta, pero sobre todo... el beso. Ese beso robado, salvaje y necesitado con el que había marcado a la muchacha.
El rostro de Alek se endureció al instante, transformándose en una máscara de hielo impenetrable. El hombre vulnerable de la noche anterior se desvaneció en una fracción de segundo, borrado por el orgullo herido y la mortificación.
—Señorita Amanda —dijo él, utilizando un tono distante, formal y glacial que cortaba el aire como una hoja de afeitar—. Le pido mil disculpas por el lamentable espectáculo de anoche.
Amanda pestañeó, sorprendida por el cambio repentino de temperatura en la estancia.
—Alek, no tienes que disculparte...
—¡Tengo que hacerlo! —interrumpió él, poniéndose de pie con brusquedad y ajustándose la corbata con manos temblorosas de ira contenida—. Abusé del alcohol, dije incoherencias sin sentido producto de la ebriedad y, lo que es peor, me tomé atrevimientos físicos que no corresponden a la relación profesional que hemos establecido. Le aseguro que una falta de respeto de esta magnitud no volverá a repetirse jamás bajo mi techo.
Amanda lo miró fijamente. Podía ver la vena latiendo en su sien y la rigidez de su espalda. Sabía que él no estaba enojado con ella; estaba furioso consigo mismo por haber mostrado su herida más profunda, por haber admitido su vulnerabilidad ante una mujer a la que se suponía que debía dominar.
—No fueron incoherencias, Alek —replicó Amanda con firmeza, poniéndose de pie a su vez—. Y no me pareció una falta de respeto. Me dijiste la verdad.
Alek se giró hacia ella con la mirada encendida en llamas de frialdad y vergüenza.
—Lo que dije o dejé de decir anoche fue el delirio de un hombre ebrio, nada más —declaró tajante, señalando la puerta con la mano—. Por favor, vaya a su habitación, báñese y cámbiese de ropa. En una hora salimos hacia la oficina. El trabajo de hoy no va a esperarnos.
Amanda sostuvo la mirada del gigante ruso durante unos segundos interminables. No discutió. Sabía que presionar a un depredador acorralado en su propio orgullo solo lograría que se cerrara por completo.
—Entendido, señor Smirnov —dijo ella con una reverencia casi imperceptible.
Dio media vuelta y salió del estudio con paso elegante y firme, dejando a Aleksandr a solas en la penumbra, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron en el silencio de la sala.