Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 20: Murmullos bajo el imperio Smirnov
Pasaron tres semanas de una tortura diaria para ambos. Un mes entero desde la noche del primer beso en el estudio.
El ambiente en el piso ejecutivo del holding Smirnov era enrarecido. Los empleados de alto nivel, los analistas y hasta los curtidos guardaespaldas de la familia habían comenzado a notar la extraña atmósfera que rodeaba al heredero y a su asistente personal.
Nadie se atrevía a decir una sola palabra en presencia de Aleksandr. La reputación del joven mafioso era temible; un solo chasquido de sus dedos podía destruir la carrera de un ejecutivo o hacer desaparecer a un insubordinado. Sin embargo, en los pasillos secundarios y en las salas de descanso, los murmullos eran inevitables.
—¿Has notado cómo está el Boss últimamente? —comentó un analista senior a otro mientras servía café—. Parece una bomba de tiempo a punto de estallar. Ayer le gritó al jefe de logística por un retraso de diez minutos.
—Es por la chica —respondió el segundo en un susurro cauteloso, mirando hacia ambos lados del pasillo—. Amanda. Trabajan codo a codo catorce horas al día, pero apenas se hablan. Sin embargo, si un cliente o un socio se le acerca a ella a menos de un metro durante un cóctel, Aleksandr parece listo para cortarle la garganta al tipo.
—Esa tensión se siente desde el ascensor —asintió el primero—. Parece que en cualquier momento se van a matar... o se van a devorar vivos.
Incluso los guardaespaldas personales de la familia, hombres curtidos en mil batallas que no solían prestar atención a las cuestiones del corazón, no podían ignorar la evidente fascinación de su jefe.
Pavel, el escolta principal que conducía el auto blindado de Alek, lo comentaba en voz baja con Gregor, el jefe de seguridad de la mansión, mientras esperaban en el estacionamiento subterráneo.
—El señor Aleksandr no duerme bien —decía Pavel, limpiando el espejo retrovisor del sedán—. Tiene ojeras profundas. Por las noches se la pasa caminando por el ala este, cerca de la habitación de la señorita Amanda, como un lobo enjaulado. Camina de un lado a otro, se detiene frente a su puerta, suspira en ruso y luego se regresa a su estudio a beber solo.
—Es la primera vez que veo a Aleksandr así por una mujer —respondió Gregor, fumando un cigarrillo en la penumbra del garaje—. Vladimir Smirnov trajo a esa chica para forzar la dinastía, pero creo que no tiene idea de la tormenta que desató. Esa muchacha no es como las demás. No le tiene miedo. Y Aleksandr se está volviendo loco intentando no tocarla.
Mientras tanto, en la mansión, el viejo Vladimir observaba el desarrollo de los acontecimientos con una sonrisa astuta y calculadora.
A diferencia de los empleados, el patriarca no tenía ningún temor en intervenir, aunque sabía que debía mover sus piezas con extrema delicadeza. Veía cómo su hijo se consumía en una lucha interna entre su orgullo herido y el deseo devorador que sentía por Amanda. Veía la forma en que los ojos de la joven buscaban a Alek en cada estancia, llenos de un afecto y una determinación que ninguna otra mujer había mostrado jamás.
"El fuego necesita aire para arder, pero también necesita que alguien avive las brasas", pensaba el viejo Vladimir mientras saboreaba un trago de cognac en la terraza.
Sabía que la olla de presión estaba a punto de estallar. Solo era cuestión de tiempo para que uno de los dos cediera. Y para fortuna de la dinastía Smirnov, Amanda no era una mujer que se rindiera fácilmente.