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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:171
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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La gran fiesta y la Luna Roja

Nuestra llegada a la capital de Scutdepiatră fue una auténtica revelación. No fuimos recibidos como un grupo de mercenarios que entregaba una prueba de cacería, sino como héroes victoriosos que regresaban de una guerra santa. Para la gente de las montañas, haber liberado y purificado el Valle del Dios Enano trasciende con creces el valor de un encargo común. La noticia escaló a tal magnitud que el mismísimo monarca exigió darnos audiencia.

En el gran salón del trono de mármol, el Rey Gurkas IV, portando su corona de platino y rodeado por la alta nobleza, se inclinó ligeramente hacia nosotros en señal de respeto.

—¡Grandes héroes! —proclamó el rey con una voz potente que resonó en las bóvedas de piedra—. Les agradezco enormemente en nombre de todo mi pueblo. Han devuelto la luz y la dignidad a un santuario sagrado para nuestra raza. No solo serán recompensados con el oro prometido y con la certificación que los eleva oficialmente al Rango Diamante en todos los gremios del continente... os nombraré Héroes del Reino Enano y erigiremos estatuas de piedra pulida en su honor en la plaza central.

—Oh... esto es sencillamente fantástico —comenté, sintiendo un leve escalofrío al escuchar sus palabras.

—¡Nya! ¡Y la mía debe estar justo al lado de la de mi esposo! —exclamó Ania con orgullo, abrazándose a mi brazo derecho.

Armia, a mi izquierda, acomodó su báculo con suma elegancia y sonrió con superioridad.

—Vaya... pues menos mal. Solo espero que los escultores sean minuciosos al retratar mis finos rasgos élficos.

—¡Claro que sí, claro que sí! —se rio el Rey Gurkas IV, alzando una copa dorada repleta de licor de malta—. ¡Esta noche el reino entero estará de fiesta! Este día será recordado en los anales de nuestra historia como El Gran Día, la fecha en que los tres guerreros del grupo "Heavenly Sword" devolvieron el brillo a mi imperio. ¡Anden, que fluya la cerveza y se sirva la comida sin medida!

—Jojo... ¡Pero qué maravilla, jóvenes! —nos felicitó la anciana Louirna, acercándose entre la multitud—. Parece que nuestro encuentro en el gremio fue lo mejor que pudo habernos pasado a todos.

La celebración fue apoteósica. El salón principal y las avenidas exteriores se llenaron de música, banquetes de carne asada y jarras de cerveza que no dejaban de llenarse. En un costado de la plaza, los mejores artesanos de la ciudad ya se encontraban esculpiendo los enormes bloques de mármol para dar vida a nuestros monumentos.

Armia, notoriamente ebria tras varias jarras de licor enano, se la pasaba tambaleándose alrededor de los escultores sin dejar de protestar.

—Meh... No, no y no —se quejaba la maga, señalando la estatua con el dedo—. Mi nariz es mucho más respingada que eso. Eso está pésimamente tallado. ¡Hazlo bien y mejora las proporciones!

—Oye, elfa, déjalos trabajar en paz —le dije, tomándola de la túnica para apartarla de los artesanos—. Tu estúpida estatua se ve perfecta. Estás mil veces más insoportable ahora que sobria.

—¡Agh, qué fastidio eres, niño! —se burló Armia, soltando una risita torpe y dándome una palmadita en la mejilla—. Bebe más, anda... que hasta guapo te estoy viendo esta noche, jejeje.

—Bah, no tienes tanta suerte. Vete a dormir de una vez; nos estás haciendo pasar vergüenza ante toda la corte.

—¡Jajaja! Aww... le di miedo al niño. ¡Qué tierno te ves cuando te pones serio! —se echó a reír la maga antes de tambalearse hacia la mesa de licores.

Continué caminando por el gran salón, ligeramente mareado por el alcohol y recibiendo las felicitaciones constante de caballeros, ministros y consejeros reales. Sin embargo, al mirar a mi alrededor, noté la ausencia de una figura fundamental.

—Louirna... oye, ¿y Ania? —le pregunté a la matriarca, quien conversaba cerca del trono.

—Oh, la muchacha bestia dijo que no se sentía muy bien hace un rato —me explicó la anciana con una sonrisa comprensiva—. Me pidió que te avisara que fueras a verla a su habitación en cuanto te liberaras de la fiesta.

—Entendido. Iré a ver qué le pasa, gracias.

Dejé atrás el bullicio de la celebración y subí las escaleras de piedra rumbo al corredor del piso superior. Conforme me acercaba a nuestra habitación designada, un grupo de sonidos extraños comenzó a llegar a mis oídos: respiraciones agitadas, gruñidos ahogados y el chasquido seco de garras raspando la madera.

Al abrir la puerta de golpe, el corazón se me dio un vuelco.

Ania se encontraba en el suelo, en posición fetal, abrazándose el torso con desesperación. Las tablas de roble a su alrededor estaban surcadas por profundos arañazos. Me asusté de verdad; pensé que alguna herida oculta del combate la estaba consumiendo o que la comida de la fiesta la había envenenado.

—¡Ania! ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? —exclamé, arrodillándome a su lado para tomarla de los hombros—. ¿Comiste algo que te hizo daño? Dime qué...

La felina levantó la cara lentamente. Al clavarme la mirada, comprendí que no le ocurría nada malo en la salud: sus pupilas doradas estaban dilatadas al máximo, encendidas con una sed abrasadora donde se mezclaban la ferocidad salvaje, una posesión instintiva y un deseo sin límites.

—Ah... Ven aquí... macho... —murmuró con la voz enronquecida por la agitación—. Es la hora...

—¿Qué? ¿De qué estás...?

No tuve tiempo de terminar la frase. Desvié la vista hacia el ventanal de la estancia. La luz de la luna que se filtraba hacia el interior ya no era la radiación blanca y fría de todas las noches; una tonalidad carmesí, densa y resplandeciente, teñía el cielo entero. Era la Luna Roja.

—No... espera, Ania... no en este momento...

Pero la mujer bestia no escuchó razones. Se arrojó sobre mí con la velocidad de un felino en cacería, derribándome contra el suelo y sellando mis labios con un beso apasionado, devorador y salvaje, mordiéndome con ferocidad y reclamando mi boca sin reservas. El deseo posesivo que emanaba de su cuerpo era abrumador. Me observó desde arriba, respirando con dificultad, con una mirada cargada de hambre, instinto y una devoción inquebrantable.

—Es hora, esposo... Hazme tus cachorros.

Ania no esperó un solo segundo más. Me levantó del suelo con su fuerza sobrehumana y me lanzó directamente sobre la fina cama de paja y pieles que nos habían preparado. Sentí el contacto abrasador de su piel, el roce de sus garras y sus mordiscos en mi cuello mientras se deshacía de mi ropa sin la menor sutileza, desgarrando la tela con una rabia pasional que me reclamaba por entero como su macho y su señor.

Podía haber intentado luchar, usar mi fuerza o inmovilizarla con alguna llave de combate; pero hacerlo habría significado pisotear su naturaleza más sagrada y traicionar el código por el que ella me había entregado su lealtad absoluta. Yo sabía perfectamente que este día llegaría, aunque no imaginé que la luna marcaría su ciclo tan pronto.

Simplemente dejé de resistirme. Al contemplarla bajo el resplandor carmesí, su cuerpo me pareció atrayente, imponente y hermoso. Cedí por completo, cerrando los ojos y entregándome a los brazos de la pasión salvaje de la mujer bestia con la que había jurado compartir el resto de mi vida.

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