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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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La ciudad que aprende el nombre

Fray Alonso de Calatayud dejó de ser prior en la madrugada del sexto día después de tapiar el ala este. No hubo ceremonia. No hubo extremaunción. Solo el momento en que el grano bajo su lengua se abrió del todo y el polvo empezó a salir sin que él pudiera detenerlo. Se derrumbó sobre el jergón. El cuerpo se vació con la misma lentitud paciente que había visto en los demás. Cuando el hermano enfermero abrió la puerta al amanecer, solo encontró un montículo caliente de ceniza negra en forma de hombre sentado. El viento de la ventana lo empujaba ya hacia las esquinas.

El enfermero cerró la puerta sin gritar. Caminó hasta el claustro y avisó a los pocos frailes que aún se mantenían en pie. Eran nueve. El resto tosía, murmuraba el nombre o había dejado de responder detrás de las puertas de sus celdas. Los nueve se reunieron en silencio. Nadie propuso elegir un nuevo prior. Nadie propuso rezar. Solo decidieron, con gestos, que el convento se cerraría por dentro de forma definitiva. Atrancaron las puertas principales con bancos y vigas. Después cada uno regresó a su celda a esperar. En la ciudad el pánico ya no se contenía con bandos ni con hogueras. El regidor mayor había ordenado quemar tres calles enteras cercanas a la calera. El fuego no se comportó como debía. Las llamas eran bajas, de un color oscuro, y el humo que producían se elevaba en columnas rectas que no se dispersaban ni con el viento. Dentro de esas columnas algunas personas juraban ver bocas abiertas. Otras juraban oír tos infantil. El regidor mandó dispersar a los que miraban demasiado rato. Dos de sus propios hombres cayeron de rodillas mientras cumplían la orden. Uno no se levantó.

El horno de la calera ya no tenía muro. La piedra se había deshecho por el calor. Lo que quedaba era un cráter irregular del que salía un resplandor negro y un olor que llegaba hasta el centro de Teruel. Nadie se acercaba. Los pájaros evitaban el aire de alrededor. Las moscas, no. Se acumulaban en los bordes y morían por cientos, formando un ribete oscuro que el viento no se llevaba.

En las casas las madres empezaron a tapar la boca de los niños mientras dormían. Algunas cosían los labios de los cadáveres antes de entregarlos a los enterradores. No servía de nada. El polvo encontraba siempre la forma de salir. Por la nariz. Por los oídos. Por las esquinas de los ojos. Los cementerios de la ciudad se llenaron de fosas que al día siguiente aparecían hundidas y calientes. Cuando alguien tenía el valor de abrirlas, solo encontraba ceniza compacta.

Un grupo de vecinos intentó linchar a un fraile que había salido del convento antes del cierre definitivo. Lo acusaron de traer la maldición. Lo arrastraron hasta la plaza de la catedral y lo golpearon hasta que dejó de moverse. Mientras lo golpeaban, varios de ellos empezaron a toser. Cuando el cuerpo del fraile se vació entre sus manos, el polvo se levantó y se posó sobre sus caras. Tres de los linchadores cayeron antes de que terminara la tarde.

El regidor mayor escribió una carta desesperada a Zaragoza y otra a la corte. En ambas usaba la palabra “peste”. Evitaba la palabra “círculo”. Evitaba la palabra “nombre”. Pero en el borrador que tiró al fuego había dibujado, sin darse cuenta, el mismo signo que Fray Tomás había dejado en su cuaderno.

Al anochecer de ese día las campanas de la catedral tocaron solas. Nadie las había ordenado. El sonido fue irregular, como de alguien que no conoce el ritmo. Después se detuvieron. En el silencio que siguió se oyó, desde distintas calles, la misma tos seca. No era un eco. Eran bocas distintas aprendiendo al mismo tiempo.

Dentro del convento los nueve frailes que aún respiraban se habían reunido de nuevo en el claustro. Ya no hablaban. Solo se miraban las manos y las bocas. Uno de ellos, el más joven, se levantó de pronto, caminó hasta el muro que tapiaba el ala este y apoyó la frente contra la piedra nueva. Permaneció así un rato largo. Cuando se apartó, tenía un círculo negro dibujado en la piel de la frente, como si la piedra se lo hubiera imprimido. Sonrió con la boca llena de polvo y dijo, con una voz que ya no era del todo suya:

—Ya está aquí. Debajo de todas las casas. Debajo de la catedral. Debajo del río. Solo falta que más bocas lo digan en voz alta.

Nadie le respondió. Uno a uno, los frailes fueron regresando a sus celdas. Algunos cerraron la puerta. Otros la dejaron abierta. El joven del círculo en la frente se quedó solo en el claustro, mirando el cielo gris. Después abrió la boca y dejó que el polvo saliera en una columna fina que se elevó hacia las tejas.

En la ciudad, esa misma noche, el regidor mayor se despertó con el grano latiendo debajo de la lengua. Se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia el sur, hacia donde estaba el cráter de la calera. El resplandor negro se veía incluso desde allí. Se tocó el pecho. Sintió el primer calor de la raíz.

El círculo había terminado con el valle de Albarracín. Había terminado con el convento de Teruel. Ahora aprendía el nombre de una ciudad entera.

Y debajo de las calles, de las casas, de las iglesias y de los cuerpos que aún respiraban, el latido seguía. Más fuerte. Más cerca de la superficie. Esperando.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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