Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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El testamento
Capítulo 15
El testamento
Patricia me llamó esa misma noche.
—Tenemos que hablar.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
Llegué a su oficina pocos minutos después.
Sobre el escritorio había una carpeta gruesa.
Patricia la abrió con cuidado.
—Este es el testamento original de tu abuela.
Lo miré.
—¿No era el que vi antes?
—No.
—¿Cuántas versiones existen?
—Dos oficiales.
—¿Y cuál es válida?
Patricia señaló la carpeta.
—Esta.
Me senté frente a ella y leí la primera cláusula.
Mi nombre.
Mi herencia.
Mis derechos sobre las propiedades y las empresas familiares.
Después llegué a una condición que me hizo fruncir el ceño.
—Aquí dice que debo casarme antes de cumplir veinticinco.
—Sí.
—¿Y si no?
—La herencia pasa a un fideicomiso.
Levanté la mirada.
—¿Quién lo administra?
Patricia me observó durante unos segundos.
—Tu padre.
Sentí rabia.
—No.
—Precisamente por eso Elena creó la segunda cláusula.
—¿Cuál?
Patricia pasó la página.
—Si Victoria contrae matrimonio por conveniencia, determinadas partes de la herencia quedan protegidas dentro del fideicomiso.
—¿Y qué ocurre entonces?
—Tu padre controla los fondos durante el período establecido.
—¿Entonces podría controlar mi dinero?
—Sí.
Me levanté de la impresión. Eso era exactamente lo que habría ocurrido en mi primera vida.
Yo recordaba demasiado bien cómo Rodrigo había terminado administrando todo después de nuestra boda: mi apellido, mis propiedades, mis cuentas y, finalmente, mi vida.
—¿Y si me caso por amor? —pregunté.
—Recibes la totalidad de lo que tu abuela dejó sujeto a esa condición.
Respiré profundamente.
—¿Cómo demostrarán que es amor verdadero?
Patricia sonrió ligeramente.
—Tu abuela dejó instrucciones.
—¿Cuáles?
—No están en este documento.
—¿Entonces dónde?
Patricia cerró la carpeta.
—En una segunda parte del testamento.
Mi corazón se aceleró.
—¿Dónde está?
—Aún no podemos abrirla.
—¿Por qué?
—Porque Elena estableció una condición previa.
—¿Otra condición?
—Sí.
—¿Cuál?
Patricia me miró fijamente.
—Debes demostrar que eres capaz de tomar una decisión sin que el dinero influya en ella.
Recordé la llave número 17.
—¿Tiene que ver con el archivador del banco?
Patricia asintió.
—Exactamente.
—Entonces tenemos que abrirlo.
—Todavía no.
—¿Por qué todos me dicen que espere?
—Porque Elena quería que primero entendieras qué estabas eligiendo.
Me dejé caer nuevamente en la silla.
—¿Elegir a quién?
Patricia no respondió de inmediato.
—A la persona que quieras tener a tu lado.
Pensé en Adrián, en su mirada, en la forma en que había dicho que no quería que yo lo eligiera por obligación.
Mi abuela no estaba intentando decidir mi futuro. Estaba intentando impedir que alguien más lo decidiera por mí.
—¿Mi abuela sabía lo de Rodrigo?
Patricia bajó la mirada.
—Sabía que algunas personas podían acercarse a ti por interés.
—¿Y Lucía?
Silencio.
—Patricia.
—Tu abuela tenía dudas sobre varias personas de la familia.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque no tengo pruebas suficientes.
—Pero sospechaba.
—Sí.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces dejó todo preparado.
—Durante años. —Patricia sacó una hoja adicional—. Hay algo más.
La tomé. Era una lista de nombres. Algunos estaban tachados; otros tenían pequeñas anotaciones.
Rodrigo.
Lucía.
Roberto.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué están aquí?
—No lo sé.
—¿Y este nombre?
Había una inicial junto a una fecha.
"A".
—¿Adrián?
Patricia negó.
—No.
—¿Entonces quién?
—No lo sé todavía.
La incertidumbre me inquietó.
—¿Mi abuela investigaba a mi familia?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque descubrió movimientos de dinero que no coincidían con las cuentas declaradas.
Recordé lo que me dijo Rodrigo.
Recordé los pagos.
Recordé la advertencia de Lucía.
Todo empezaba a formar una misma imagen.
—¿Mi padre estaba involucrado?
—No puedo afirmarlo.
—Pero aparece en la lista.
—Sí.
Guardé silencio.
Patricia volvió a cerrar la carpeta.
—Victoria, hay algo que necesito que entiendas.
—¿Qué?
—El testamento puede darte dinero.
Hizo una pausa.
—Pero también puede convertirte en un objetivo.
Pensé en mi primera muerte.
En las llamas.
En Rodrigo.
En Lucía.
—Ya soy un objetivo.
Patricia me sostuvo la mirada.
—Entonces no cometas el mismo error dos veces.
—¿Cuál?
—Confiar en alguien solo porque dice amarte.
La frase me dolió, pero tenía razón.
Me levanté.
—¿Puedo llevarme una copia?
—Sí.
Patricia me entregó un sobre.
—No se la enseñes a nadie.
—¿Ni siquiera a Adrián?
—A nadie que pueda estar involucrado.
Guardé el sobre y, antes de salir, me detuve.
—Patricia.
—¿Sí?
—¿Mi abuela confiaba en Adrián?
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Más de lo que imaginas.
Salí de la oficina con el sobre contra el pecho.
Ahora sabía que mi herencia tenía condiciones, que mi padre podía convertirse en administrador, que mi abuela había investigado a mi familia y que existía una segunda parte del testamento que todavía no podía abrir.
Pero había una pregunta que no podía sacar de mi cabeza.
Si mi abuela había dejado todo preparado para protegerme...
¿De quién intentaba protegerme realmente?
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
"No leas la segunda parte".
Me quedé inmóvil.
Llegó otro.
"Todavía no".
Miré hacia la calle.
Al otro lado, un automóvil permanecía estacionado. No podía distinguir quién estaba dentro.
Guardé el teléfono. Esta vez no sentí miedo.
Sentí algo mucho más peligroso.
Curiosidad.
Y estaba dispuesta a descubrir qué había detrás de aquella segunda parte, aunque alguien estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa para impedirlo.