UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 9
ALAN
Todo comenzó cuando éramos jóvenes.
Isabel siempre había sido un huracán.
Una pequeña tormenta imposible de detener.
Siempre estaba sonriendo, siempre metiéndose en problemas y, sobre todo, siempre estaba al lado de mi hermana, consiguiendo que incluso en los días más difíciles Clara terminara sonriendo.
Al principio, Isabel me parecía una niña bastante común.
Bueno…
Quizá un poco molesta.
Le encantaba llevarme la contraria y parecía disfrutar especialmente cuando conseguía hacerme perder la paciencia.
Así que decidí devolverle el favor.
Comencé a molestarla cada vez que tenía oportunidad.
Ella se enojaba.
Yo me reía.
Y al día siguiente volvía a hacerlo.
Era nuestra manera de llevarnos.
Con los años, sin embargo, comencé a verla de una manera diferente.
Ya no era simplemente la pequeña amiga de mi hermana que siempre aparecía corriendo por los pasillos.
Se había convertido en alguien importante para mí.
Mi candelita.
Ese apodo nació casi sin darme cuenta y, aunque ella siempre protestaba cada vez que lo escuchaba, nunca tuve intención de dejar de llamarla así.
Entonces ocurrió aquel accidente.
Isabel tenía trece años.
Cuando despertó, seguía pareciéndose a ella.
Su rostro era el mismo.
Su voz era la misma.
Incluso su forma de sonreír se parecía.
Pero algo había cambiado.
No sabía explicarlo.
Era como mirar a alguien que conocías perfectamente y, al mismo tiempo, sentir que estabas frente a una desconocida.
No era la Isabel que yo conocía.
Aun así, decidí permanecer a su lado.
Quizá solo necesitaba tiempo.
Quizá volvería a ser ella.
Durante años esperé encontrar nuevamente aquella chispa en sus ojos.
Hasta que llegó aquella noche.
Ella ya tenía diecisiete años y yo veinte.
Habíamos bebido más de la cuenta y terminamos juntos.
No pensé demasiado en ello aquella noche.
Pero a la mañana siguiente todo cambió.
Cuando desperté y la miré, vi algo que me dejó completamente desconcertado.
Confusión.
Sus ojos recorrían la habitación como si no supiera dónde estaba.
Y cuando me miró…
Fue como si no me conociera.
Mi corazón dio un vuelco.
Por primera vez tuve miedo de haber estado esperando algo que quizá nunca volvería.
Pero antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, Isabel escapó.
Así, sin más.
Me quedé mirando la puerta durante varios minutos.
No fui detrás de ella.
Necesitaba pensar.
Durante los días siguientes intenté convencerme de que no debía hacerme ilusiones.
Quizá solo había sido una coincidencia.
Quizá yo estaba buscando señales donde no las había.
Hasta que volví a verla.
Fue el día en que le lanzó el té a aquella muchacha llamada Sofía.
La observé desde el otro lado de la habitación.
Su manera de hablar.
Su expresión.
La forma en que defendió a Clara sin siquiera pensarlo.
Y entonces lo supe.
No tenía ninguna duda.
Ella había vuelto.
Mi candelita había regresado.
Quizá nadie más pudiera notarlo.
Quizá todos pensaban que simplemente estaba actuando diferente.
Pero yo la conocía.
La había conocido durante años.
Sabía cómo sonreía cuando estaba realmente feliz.
Sabía cómo fruncía el ceño cuando algo le molestaba.
Sabía la manera en que movía las manos cuando estaba nerviosa.
Y, sobre todo, conocía aquella mirada.
Aquella mirada llena de vida.
Era ella.
Cuando finalmente tuve la oportunidad de quedarme a solas con ella, no pude evitar abrazarla.
La acerqué a mí y respiré profundamente.
Incluso su aroma era familiar.
Por un instante me sentí como aquel muchacho que corría detrás de una pequeña tormenta pelirroja por los pasillos de nuestra casa.
Había vuelto.
Después de tantos años…
Mi candelita había vuelto.
Pero seguía siendo igual de escurridiza.
Cada vez que intentaba acercarme, encontraba alguna manera de escapar.
Y, para ser sincero, aquello me hacía sonreír.
Había pasado tantos años esperando volver a verla así que no me importaba cuánto tuviera que perseguirla.
Solo quería disfrutar de tenerla nuevamente cerca.
Entonces ocurrió aquella noche.
La vi salir de la habitación de Clara.
Estaba claramente ebria.
Yo tampoco estaba completamente sobrio.
Y cuando la vi caminar por el pasillo, tambaleándose, perdí la poca paciencia que me quedaba.
La llevé conmigo hasta mi habitación.
Cuando la besé, pensé que me rechazaría.
Pero no lo hizo.
Por el contrario…
Aquella reacción terminó de despejar cualquier duda que todavía pudiera quedarme.
Era ella.
Sin ninguna duda.
La misma Isabel de siempre.
La misma muchacha impulsiva.
La misma que se metía en problemas sin pensarlo.
La misma que podía hacerme perder la paciencia y, al segundo siguiente, conseguir que quisiera reír.
Mi candelita.
Después de tantos años…
Finalmente estaba otra vez entre mis brazos.
Y esta vez no pensaba dejar que desapareciera de mi vida tan fácilmente.