Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 1: ¿Un Accidente?
El reloj del comedor marcaba casi la una de la mañana. El tictac constante era el único sonido que rompía el silencio helado de la casa. Renata caminó a pasos lentos hasta la ventana de la sala y apartó un poco la cortina para mirar hacia la calle vacía. Ni un solo carro pasaba a esa hora. El pasaje permanecía en completa penumbra, iluminado apenas por la luz amarilla de un farol lejano. Sintió un frío leve en los brazos y se los frotó despacio mientras soltaba un suspiro cargado de cansancio y una presión creciente en el pecho.
Fernando aún no llegaba.
Para Renata, la angustia iba en aumento con cada minuto que marcaba el reloj. Su esposo era un ejecutivo muy ocupado en la compañía donde trabajaba y era normal que se retrasara por cenas de trabajo, viajes de negocios o reuniones de última hora con los socios. Sin embargo, Fernando siempre regresaba a una hora prudente; a lo mucho, estaba en casa a las nueve o diez de la noche. Cuando sabía que se tardaría un poco más, siempre llamaba para avisarle o le enviaba un mensaje corto diciendo que ya salía de la oficina. Que fuera casi la una de la mañana sin haber recibido una sola palabra de su parte no era normal en absoluto.
Renata intentaba alejar los malos pensamientos. Tenía cuarenta y cinco años y llevaba más de la mitad de su vida al lado de Fernando. Habían construido juntos un hogar sólido, de clase media, a base de esfuerzo, disciplina y sacrificios. Él era un hombre responsable, dedicado al trabajo para garantizar que no les faltara nada, para pagar la universidad de su hijo mayor y el colegio de su hijo menor. Ella, por su parte, se había entregado por completo al cuidado de la casa y de la familia, asegurándose de que su esposo encontrara siempre un refugio cálido al regresar de sus pesadas jornadas laborales. Por eso mismo, este silencio tan prolongado le resultaba sumamente extraño y alarmante.
Caminó hacia la cocina para guardar en la nevera el plato de comida que le había dejado servido en la mesa. Mientras tapaba el recipiente con cuidado, escuchó unos pasos suaves bajando por los escalones de madera de la escalera. Era Mateo, su hijo mayor de 19 años. Venía con el cabello desordenado, los pantalones de pijama y los ojos entreabiertos por el sueño, secándose la cara con la manga de la camiseta.
—¿Aún no llega mi papá, ma? —preguntó Mateo con la voz ronca por el cansancio, acercándose al mesón para servirse un vaso de agua.
—Todavía no, hijo —respondió Renata intentando esbozar una sonrisa tranquila para no transmitirle la inquietud que le carcomía por dentro—. Me dejó un mensaje al final de la tarde diciendo que la reunión con la junta directiva se iba a alargar bastante. Ya sabes cómo son esos cierres de mes en la compañía.
—Sí, me imagino —dijo Mateo antes de tomarse el agua de un solo trago—. Pero igual es rarísimo que sea tan tarde. Mañana tengo parcial temprano en la universidad, pero si quieres me quedo aquí contigo haciéndote compañía un rato hasta que llegue.
—No, no, tranquilo. Ve a descansar —le dijo ella acercándose para acariciarle la cabeza con ternura, como cuando era un niño—. Tu hermano ya se durmió hace rato porque mañana tiene colegio y no quiero que tú tampoco te desveles. Yo termino de recoger esto y me voy al cuarto. Tu papá debe estar por llegar en cualquier momento.
Mateo la miró con cierta duda, pero finalmente le dio un beso cariñoso en la mejilla, le pidió que no se quedara despierta hasta tan tarde y subió de nuevo los escalones en dirección a su habitación.
Renata apagó la luz de la cocina y regresó a la sala. Se acercó a la mesa de centro, tomó su teléfono celular y revisó la pantalla con la esperanza de ver alguna notificación. No había nada. Le había escrito dos mensajes de texto un par de horas atrás preguntándole si todo estaba bien y si faltaba mucho para que saliera, pero los mensajes ni siquiera marcaban la doble tilde de entregado. Marcó su número directamente, se llevó el teléfono al oído y esperó. Tras cuatro tonos largos, la llamada se cortó y saltó la grabadora del buzón de voz.
«Debe haberse quedado sin batería en mitad de la reunión», pensó ella, intentando buscar una explicación lógica para apaciguar los nervios que le hacían temblar las manos.
Se sentó en el borde del sofá, manteniendo la mirada fija en la pantalla apagada del teléfono. El silencio de la casa se volvió sofocante. Apenas pasaron diez minutos cuando un sonido agudo, fuerte y estridente rompió la calma de la noche. Era el teléfono fijo instalado en la pared del pasillo.
El corazón de Renata dio un vuelco violento. Nadie llamaba al teléfono fijo a la una y media de la madrugada a menos que se tratara de una auténtica emergencia. Se puso de pie de un salto, sintiendo cómo se le helaban las piernas, y corrió al pasillo para descolgar el auricular antes de que el ruido despertara a sus hijos.
—¿Aló? —dijo con la voz temblorosa y el aliento entrecortado.
—Buenas noches, ¿hablo a la residencia de la familia Lavallée? —preguntó la voz seria, distante y formal de una mujer al otro lado de la línea.
—Sí, habla con Renata Lavallée ¿Quién habla, por favor?
—Le hablamos de la recepción de Urgencias del Hospital Central. Señora, tenemos registrado un vehículo a nombre de Fernando Lavallée que sufrió un fuerte accidente de tránsito hace unos momentos en la avenida principal. Necesitamos que se presente de inmediato en las instalaciones.
A Renata se le fue todo el aire de los pulmones. La mano le empezó a temblar descontroladamente y tuvo que apoyarse contra la pared del pasillo porque sintió que las rodillas se le doblaban.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.