Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El juicio de los tiburones
El juicio de los tiburones
El trayecto hacia las oficinas centrales del Hotel Vance International se sintió como el avance de un batallón hacia la línea de fuego. Sentada en el asiento de cuero de la limusina negra, Mía mantenía los ojos fijos en el paisaje urbano que desfilaba a través de los cristales ahumados. Vestía el traje de sastre azul marino, impecable y rígido, pero la verdadera presión no provenía de la tela, sino del peso del diamante de corte esmeralda que destellaba en su mano izquierda cada vez que el sol de la mañana se colaba por la ventana.
A su lado, Maximiliano revisaba unos gráficos de cotizaciones en su tableta digital. No había dicho una sola palabra desde que salieron de la mansión, pero la tensión en su mandíbula afilada y la forma en que sus dedos largos presionaban la pantalla revelaban que el titán de los negocios estaba calculando cada movimiento de la junta que los esperaba.
—No mires las cámaras cuando bajemos, Mía —dijo de pronto, con su barítono profundo y plano, sin apartar la vista de la pantalla—. Los fotógrafos de la prensa de negocios estarán en el vestíbulo principal. Tu único trabajo es caminar con la frente en alto y dejar que mi equipo de seguridad les abra paso. Si muestras una sola rendija de duda ante los flashes, los accionistas lo interpretarán como debilidad.
—No tengo miedo de las cámaras, Maximiliano —replicó Mía, girando la cabeza para sostenerle la mirada con esa dignidad inquebrantable que tanto lo descolocaba—. Tengo claro mi papel. Estoy aquí para demostrar que la evolución de Leo es real, no para posar como un trofeo corporativo.
Maximiliano detuvo sus dedos sobre la tableta y la miró de hito en hito. Sus ojos gris acero se entrecerraron, devorando las facciones de la joven con una intensidad oscura y posesiva que aceleró el pulso de Mía en un segundo. El aroma magnético a madera, tabaco caro y el frío del aire acondicionado envolvieron el espacio mínimo que los separaba.
—No eres un trofeo, Mía Thorne —susurró el billonario, y su voz bajó a un tono peligrosamente suave que le erizó la piel—. Eres la pieza más valiosa de este contraataque. Si la junta acepta nuestro compromiso hoy, el bufete de Vanessa se quedará sin argumentos para impugnar tu estatus residencial ante el juez de distrito. Solo sostén mi mirada ahí dentro.
El vehículo se detuvo con una suavidad matemática frente a la imponente torre de cristal del hotel. En cuanto el chofer abrió la portezuela, el bullicio exterior y el destello intermitente de los flashes inundaron el ambiente. Maximiliano descendió primero, rompiendo la multitud como un titán de hielo, pero en lugar de avanzar solo, se giró y extendió su mano grande y fuerte hacia Mía.
Mía tomó sus dedos sin vacilar. El contacto físico fue como una descarga de alto voltaje; la firmeza y el calor de la mano del magnate le infundieron un valor que el dinero no podía comprar. Caminaron juntos a través del vestíbulo, ignorando las preguntas apresuradas de los reporteros de finanzas, hasta entrar al ascensor privado que los condujo directamente al piso cuarenta.
Las puertas del gran salón de juntas se abrieron para revelar una mesa elíptica de caoba donde doce hombres y mujeres de expresión severa, ataviados con trajes de alta costura, los esperaban en un silencio sepulcral. Al frente de todos, Harrison ordenaba unas carpetas con el logotipo dorado de la corporación. El ambiente olía a café cargado, perfume caro y a esa hostilidad velada que caracteriza a la alta sociedad cuando siente que sus privilegios están en riesgo.
—Buenos días, señores miembros de la junta —declaró Maximiliano, tomando su lugar en la cabecera de la mesa, mientras guiaba a Mía para que se sentara a su derecha—. Como ya es de su conocimiento a través de los terminales de Bloomberg, el Grupo Vance ha formalizado una reestructuración en su división de fundaciones y, al mismo tiempo, un cambio en mi estatus civil. Les presento a Mía Thorne, mi prometida y Directora de la División de Desarrollo Cognitivo.
Un murmullo helado recorrió la mesa. En el extremo opuesto, el señor Harrison —el miembro más antiguo de la junta directiva— se reclinó en su silla de cuero y clavó sus ojos acuosos en Mía con una condescendencia absoluta.
—Señor Vance, el repunte del cuatro por ciento en las acciones de esta mañana es un alivio temporal —declaró el viejo ejecutivo con voz seca y despectiva—. Pero no podemos ignorar que los abogados de su exesposa, la señora Vanessa, han presentado una notificación que cuestiona la idoneidad residencial en la mansión. Una convalidación con clínicas en Suiza suena muy bien en el papel, pero la junta necesita pruebas cuantitativas de que la señorita Thorne no es un riesgo de relaciones públicas para la fusión con los inversionistas asiáticos.
Mía sintió una punzada de indignación recorriéndole la espina dorsal. Miró a Maximiliano, cuya máscara de piedra permanecía inalterable, y recordó sus palabras en el salón de juegos: Si tú no parpadeas, ellos agacharán la cabeza.
Con un movimiento pausado y elegante, Mía abrió la carpeta de piel que traía consigo y se puso de pie, asumiendo una presencia ejecutiva que silenció el murmullo de la sala. Sus ojos castaños se clavaron directamente en el señor Harrison.
—Señor Harrison, los riesgos de relaciones públicas no los genera el personal calificado que estabiliza a un niño; los genera la negligencia de quienes abandonan a su propio linaje por un trato financiero —declaró Mía con una voz clara, firme e inquebrantable—. Aquí tienen el informe de evolución de Leo Vance correspondiente a las últimas tres semanas. Los gráficos de integración sensorial muestran una reducción del ochenta por ciento en las crisis de aislamiento. Y lo más importante para los intereses de esta corporación: el heredero del Grupo Vance ha vuelto a articular palabras completas. Su silencio no era un daño neurológico, era un bloqueo por el trauma del abandono. Mi programa residencial es el único que ha garantizado resultados cuantitativos en catorce meses.
Los miembros de la junta comenzaron a pasar las páginas del informe con una mezcla de sorpresa y respeto forzado. Las cifras de Harrison estaban perfectamente respaldadas por los tecnicismos legales, pero la fiereza y la dignidad con la que Mía defendía su trabajo desarmaron cualquier intento de humillación pasivo-agresiva.
Maximiliano observó la escena desde su silla. Sus ojos grises brillaban con una fascinación oscura y un orgullo salvaje que ya no podía —ni quería— controlar. Ver a esa joven que había llegado descalza de la calle poner de rodillas a los tiburones más despiadados de su junta directiva con la pura fuerza de su intelecto y su dignidad, agrietó por completo lo que quedaba de su armadura de hielo.
—Creo que los datos son claros, Harrison —sentenció la voz barítona de Maximiliano, cortando el aire como una guillotina—. El estatus residencial de la futura señora Vance está blindado por este consejo y por las fundaciones internacionales. Si Vanessa quiere litigar contra este compromiso, tendrá que hacerlo enfrentando los activos de todo el consorcio. Esta sesión ha terminado.
Uno a uno, los accionistas se levantaron, recogiendo sus pertenencias y dedicándole a Mía sutiles inclinaciones de cabeza antes de abandonar el salón de juntas. El poder del oro y el intelecto se habían impuesto.
En cuanto las enormes puertas de caoba se cerraron, dejando el piso cuarenta en un aislamiento absoluto, la rigidez corporativa de Maximiliano desapareció. Se puso de pie y avanzó hacia Mía con pasos rápidos y pesados. Su imponente silueta la acorraló contra el borde de la gran mesa de juntas, atrapándola bajo su sombra protectora. El calor de su cuerpo y el aroma a madera y tabaco la envolvieron por completo, acelerando los latidos de su corazón.
Maximiliano extendió su mano grande y, con una suavidad tortuosa que hizo que a Mía se le cortara la respiración, acunó su mejilla, obligándola a levantar el rostro. Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, y la tensión eléctrica que había madurado en las sombras del despacho de la mansión finalmente reclamó su lugar en la cima del imperio.
—Estuviste magnífica, Mía —susurró el billonario con el barítono ronco, y sus ojos grises devoraron cada facción de sus labios—. Pusiste de rodillas a mis propios tiburones. Te advertí que eras una distracción peligrosa... pero ahora me doy cuenta de que eres la única fuerza capaz de hacerme perder el control por completo.
—Solo hice mi trabajo, Maximiliano —respondió ella en un susurro desbocado, sintiendo que sus piernas flaqueaban ante la proximidad de ese fuego incontrolable—. Lo hice por Leo.
—No, ya no es solo por Leo, y ambos lo sabemos —sentenció el magnate, y su pulgar delineó el contorno de sus labios con una posesividad salvaje que quemó todas las cláusulas del acuerdo profesional—. Este anillo ya no es solo una estrategia para el tribunal. Eres mía, Mía Thorne. Y no voy a dejar que nadie en esta ciudad te toque.
La distancia desapareció por completo en medio del salón de juntas. Maximiliano inclinó la cabeza y sus labios finalmente reclamaron los de ella en un beso posesivo, oscuro y cargado de una pasión contenida que amenazaba con consumir el contrato, las acciones y la cordura de ambos. Mía se aferró a las solapas de su traje gris carbón, entregándose a la tormenta, sabiendo que el juicio de los tiburones se había ganado, pero que en el juego de poder de los Vance, la reina acababa de firmar su sentencia en el fuego del rey de hielo.