Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8: El secreto del diario y una sombra en el parque.
El eco desafinado del «la, la, la» retumbaba en la garganta de Alana mientras aceleraba el paso. La nieve aplastada crujía bajo sus botas con un ritmo torpe, casi tan desordenado como los latidos de su corazón. Mantenía la vista fija en el suelo, rehusándose a mirar hacia atrás. Una viejita fantasma que parece de veinte años, un triángulo de lunares rojos y el nombre de Elena.
—Agua bendita, sal gruesa o hasta la escoba detrás de la puerta… —murmuró para sí misma, ajustándose el cuello de la chaqueta hasta que le cubriera el mentón—. Lo que sea con tal de no volver a ver a la abuelita de Batman.
Caminó tres cuadras a paso filoso hasta sentir que los pulmones le quemaban por el aire helado. Cuando finalmente se detuvo bajo el portal de un edificio para recuperar el aliento, se obligó a meter la mano en el bolsillo en busca del teléfono para llamar a su madre. Fue entonces cuando la realidad la golpeó .
En sus bolsillos no había nada. Ni teléfono, ni llaves, ni la billetera con el pase de autobús. Su bolso se había quedado tirado en el piso de la biblioteca junto al montón de libros de texto que había dejado caer al huir aterrorizada.
—Coñoe*******… No, no, no —gimió Alana, llevándose las manos a las mejillas —. Dios mío, ¿por qué a mí?
yo no vuelvo a la biblioteca ni que me paguen sera para encontrarme de nuevo con aquella aparición , peor aún, adentrarse en un edificio ya a oscuras a buscar un libro antiguo con el grabado de una violeta. Pero quedarse allí, a bajo cero, sin llaves para entrar a su propia casa y sin dinero para un taxi, tampoco era una opción .
Rezando un rosario de maldiciones en voz baja, dio media vuelta . Cada metro que avanzaba de regreso hacia el parque cubierto de nieve le pesaba en las piernas.
Al llegar a la luz de la farola donde había dejado a Luz María, el espíritu ya no estaba. La bruma helada parecía haberse disipado, dejando solo el silencio absoluto de la noche y el suave caer de los copos de nieve. Alana soltó un suspiro de alivio, aunque una pizca de inquietud seguía arañándole el pecho.
Bordeó la entrada principal de la biblioteca. Las puertas de cristal estaban entreabiertas, dejando escapar un fino hilo de luz amarillenta desde el vestíbulo. Se deslizó hacia el interior aguantando la respiración. Sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra gastada. Al llegar a la sección de estudio, encontró sus libros desparramados en el suelo y su bolso volcado.
Se hincó rápidamente para recogerlo todo. Guardó la cartuchera, el teléfono —que milagrosamente no se había partido— y los cuadernos. Sin embargo, justo cuando se disponía a cerrar el cierre de la mochila, una extraña corriente de aire cálido atravesó el pasillo de los estantes de historia local.
No era el aire frío del exterior. Olía a papel quemado y a madera seca.
Como empujada por una curiosidad involuntaria que le hacía hervir la sangre, Alana caminó despacio hacia el último estante del pasillo, donde la penumbra era más densa. La luz de la farola exterior entraba en diagonal a través de un ventanal, iluminando el nivel inferior de una de las repisas empotradas.
Allí, sepultado entre dos tomos polvorientos de enciclopedias olvidadas, sobresalía un lomo de cuero oscuro.
A Alana se le cortó la respiración. Estiró la mano con timidez y sujetó el volumen. Al tirarlo hacia afuera, la luz de la luna reveló el grabado gastado en relieve sobre la tapa de piel: una delicada flor de violeta envuelta en arabescos dorados casi extintos por el tiempo.
—No es posible… —susurró, sintiendo cómo los tres lunares de su cuello le empezó a dar una especie de cosquilleo caliente, casi pulsante.
Rápidamente abrió la primera página. La caligrafía era elegante, inclinada, escrita con tinta estilográfica negra. La primera línea leída al azar la dejó paralizada:
«Para cuando leas esto, mi pequeña Elena, el sello de la sangre habrá comenzado a romperse y las sombras reclamarán lo que les fue negado…»
Antes de que pudiera procesar el impacto de leer aquel nombre nuevamente, un chasquido seco resonó en el fondo del pasillo. La temperatura dentro de la biblioteca cayó en picada en cuestión de segundos, la presencia que se acercaba desde la oscuridad no transmitía la calidez familiar de Luz María.
El aire se volvió pesado, espeso, cargado de un olor a ceniza y hierro.
Desde la penumbra entre las estanterías, dos siluetas oscuras, altas y sin rostro definido, comenzaron a deslizarse hacia ella, bloqueando la única salida hacia el vestíbulo.
Alana apretó el diario de la violeta contra su pecho, sintiendo cómo el libro comenzaba a emitir un tenue brillo morado entre sus dedos, mientras la voz de su supuesta abuela resonaba como un eco en el fondo de su mente: «Protege el secreto que habita en nuestra sangre…»