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Atada A La Oscuridad Del Alfa

Atada A La Oscuridad Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Romance oscuro
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.

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capitulo 11

​La luz tibia del sol matutino logró abrirse paso entre los restos de las cortinas rotas del estudio. La tormenta de la noche anterior se había disipado, dejando tras de sí un aire limpio pero inquietante que se filtraba por las grietas del ventanal agrietado.

​En el suelo de la oficina destruida, el silencio era absoluto.

​Lian continuaba recostado sobre el hombro de Amelia, con la frente apoyada en la curva suave de su cuello. Su respiración, antes frenética y desbordada de dolor, era ahora profunda y rítmica.

Por primera vez en meses, desde la noche en que la toxina de acónito le devoró la vista y convirtió sus noches en una tortura de migrañas e insomnio, el Alfa había dormido un sueño reparador y sin pesadillas.

​Amelia no se había movido en horas. A pesar del entumecimiento de sus piernas sobre la madera dura y del frío de la mañana, se mantuvo inmóvil para no romper el descanso del hombre. Sus dedos seguían entrelazados con los de Lian, apretados con una calidez instintiva.

​Un ligero movimiento en la mano del Alfa marcó el regreso de su conciencia.

​Lian parpadeó tras sus párpados cerrados. Sus sentidos, afinados al límite por la naturaleza de su lobo, se encendieron antes que su mente. Lo primero que registró fue el calor envolvente de un cuerpo humano contra el suyo, la suavidad de una piel que pulsaba con un ritmo constante y, sobre todo, esa fragancia inconfundible a lluvia, tierra y dulzura sutil que actuaba como un anestésico sobre su cerebro.

​Inhaló despacio, profundizando el contacto. Pegó la nariz un milímetro más al cuello de Amelia, aspirando el aroma directamente de la arteria yugular.

​Amelia soltó una pequeña exhalación, sintiendo la vibración del aliento cálido de Lian contra su piel de gallina.

​—Señor Lian... —susurró ella, intentando mover despacio los dedos para liberarse de su agarre.

​La mención de su título pareció romper el trance. Lian abrió sus ojos grises y muertos. Durante tres segundos eternos, la rigidez volvió a apoderarse de sus hombros.

La bestia dentro de él, que había pasado la noche acurrucada y sumisa ante el toque de la mujer, dio un vuelco violento. Se dio cuenta de la posición en la que se encontraba:

el gobernante supremo del territorio Blackwood, el temido Alfa de sangre pura, estaba profundamente inclinado sobre una niñera humana, aferrándose a su mano como si necesitara de su calor para seguir respirando.

​En lugar de apartarse con la frialdad habitual, la reacción del Alfa fue oscura y territorial.

​Lejos de soltarla, Lian apretó la mano de Amelia con más fuerza, girando el cuerpo para acorralarla ligeramente contra los escombros de la mesa partida. Sus ojos apagados apuntaron directamente hacia el rostro de ella, mientras su rostro se mantenía a escasos centímetros de sus labios.

​—No te muevas —ordenó con una voz extremadamente grave, rasposa por el sueño y cargada de una posesividad naciente que le heló la sangre a la joven.

​—El sol ya salió... Elena o los guardias vendrán pronto a revisar el desastre —dijo Amelia, intentando mantener la compostura a pesar del latido desenfrenado de su corazón—. Además, debo preparar el desayuno de Mateo.

​Lian se inclinó aún más, deslizando la mejilla a lo largo de la barbilla de Amelia hasta detenerse a un milímetro de su oreja. El olor a miedo y excitación contenida que emanaba de la enfermera alimentaba la necesidad del lobo.

​—Me da igual quién venga —siseó el Alfa, e inhaló de nuevo con una avidez casi desesperada.

​Para Lian, el descubrimiento de esa noche no era solo un alivio médico; era una revelación peligrosa. La presencia física de Amelia actuaba como un escudo biológico contra la toxina del acónito negro. Mientras la tuviera cerca, mientras pudiera sentir el calor de su piel y respirar su aroma, la migraña devastadora se reducía a un murmullo tolerable y la furia ciega de su lobo se amansaba.

​Pero más allá del beneficio físico, una necesidad mucho más oscura y personal comenzaba a germinar en sus entrañas: la dependencia. La simple idea de que esta mujer pudiera alejarse de la mansión o que otro hombre pudiera sentir el calor de su cuerpo desataba en su pecho un rugido de rabia asesina.

​Se había vuelto adicto a ella. Y para un Alfa acostumbrado a no depender de nada ni de nadie, esa adicción era tan aterradora como fascinante.

​—Tu aroma... —murmuró Lian, deslizando lentamente la yema de sus dedos libres por la mandíbula de Amelia, trazando el contorno de sus labios temblorosos—. ¿Qué demonios eres, niña? Ninguna humana debería provocar este efecto en mi sangre.

​—Solo soy la enfermera de su hijo —respondió Amelia, conteniendo el aliento ante la caricia inesperada. El contraste entre la dureza de las garras del hombre y la delicadeza con la que rozaba su rostro le producía un temblor incontrolable—. Si mi presencia le ayuda con el dolor... me alegro. Pero debe dejarme ir.

​Lian soltó un bufido bajo y peligroso, rozando con sus labios el lóbulo de la oreja de la joven.

​—Ya no eres solo la niñera de Mateo —sentenció él, su voz vibrando en la garganta con la certeza de un decreto incontestable—. A partir de hoy, no te separarás de mi lado. Dormirás en la recámara contigua a mi estudio. Si salgo al territorio, vendrás conmigo. Si permanezco aquí, te quedarás a tiro de mi vista... o de mi olfato.

​Amelia abrió los ojos con sorpresa y consternación.

​—¡No puede tenerme como si fuera su rehén o su medicina privada! —exclamó, alzando el mentón para encarar la penumbra de sus pupilas muertas—. Tengo un contrato para cuidar a un niño, no para ser su propiedad.

​Lian sonrió con amargura, una mueca fría que reveló un destello de sus colmillos prolongados.

​—Firmaste un contrato de confidencialidad y entrega absoluta, Amelia. Te pagué quince mil dólares por tu lealtad. Y en esta casa, mi voluntad es la única ley que rige. Si intento alejarte, mi lobo destruirá esta mansión... y no voy a permitir que nada destruya mi territorio.

​Con una lentitud calculada y martirizante, el Alfa bajó la cabeza y pegó los labios directamente contra la vena pulsante del cuello de Amelia.

No la mordió, pero ejerció una presión firme, marcándola de manera invisible con su aliento y la humedad de su piel. Amelia soltó un suspiro ahogado, obligada a cerrar los ojos ante la avalancha de sensaciones contrapuestas que la invadieron:

el pánico a ser prisionera y una atracción salvaje, prohibitiva, que amenazaba con devorar su razón.

​Unos pasos apresurados resurgieron en el pasillo exterior.

​Lian reaccionó en una fracción de segundo. Se apartó de Amelia y se puso de pie con la prestancia e imponencia de un rey invicto, borrando cualquier rastro de la vulnerabilidad vivida horas atrás. Amelia se levantó rápidamente del suelo, arreglándose la ropa con manos temblorosas.

​En el umbral destruido apareció el Beta de la manada, un hombre alto de mirada esquiva llamado Marcos, flanqueado por la Sra. Elena. Ambos se detuvieron en seco al ver los destrozos de la oficina y a la joven niñera parada a pocos centímetros del Alfa, con el cuello sonrojado y el pelo desordenado.

​—Señor... escuchamos el estruendo —dijo el Beta, escudriñando a Amelia con una mezcla de sospecha y curiosidad venenosa—. ¿Ocurrió un ataque durante la tormenta?

​Lian se cruzó de brazos, su figura gigantesca dominando la estancia. Sus ojos ciegos apuntaron hacia el Beta con una autoridad que no admitía replicas.

​—Un incidente menor —respondió el Alfa con voz glacial—. A partir de hoy, la señorita Vance trasladará sus aposentos al ala oeste. Estará bajo mi supervisión directa a todas horas. Preparen sus cosas de inmediato.

​El Beta apretó los labios, disimulando un destello de rabia, mientras la Sra. Elena asentía en silencio. Amelia miró al Alfa, sabiendo que acababa de cruzar un punto de no retorno: la trampa se había cerrado a su alrededor, y ahora estaba atada irremediablemente a la bestia.

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Lobelia
muy buenas el capitulo 💯
Lobelia
está muy buena
Miriam Josefina Vander Spoeltel
esta demasiado buena escritora no tardes mucho en actualizar xfaaaaaaaa gracias
Celina
💯💯👏👏me gusta
Celina
excelente gracias por compartir
Celina
super buena está historia
Lobelia
esto se está poniendo bueno 💯💯
Lobelia
💯💯💯💯
Lobelia
me gusta
Fernanda
💯💯💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯💯
celimar
muy buena l historia 💯
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