Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 21
Para cuando Clara cerró la carpeta de fotos, Lucía ya había perdido toda autoridad en la mesa.
Mateo no se burlaba. Eso era peor. Miraba cada foto como si estuviera juntando piezas de una vida que hasta hacía poco le quedaba lejos.
—Basta —dijo Lucía—. Ya entendió que fui una criatura rara.
—No eras rara —contestó Clara—. Eras intensa.
—Peor.
Mateo pasó una foto con cuidado. Lucía le apartó la mano de la carpeta.
—No colabores.
—Estoy mirando.
—Eso es colaborar.
—Tenías la misma cara cuando te enojabas.
—¿Cuándo viste esa cara?
—A diario.
Clara se rio y le sirvió más caldo.
El almuerzo fue un guiso coreano en olla compartida, adaptado al gusto de Clara: bastante verdura, carne fina, caldo fuerte y cero solemnidad. Lucía, que había llegado esperando interrogatorio, terminó comiendo más de lo previsto. Clara y Mateo hablaban con una naturalidad que la dejaba afuera de su propio juicio.
—¿Ustedes ya se conocían tanto? —preguntó Lucía, molesta.
Clara alzó una ceja.
—Mateo pasó unos meses acá hace tres años.
Lucía dejó los cubiertos.
Tres años.
El verano de la habitación cerrada.
Inés había llegado con alguien, un hombre joven en silla de ruedas. Clara no dejó que nadie preguntara. Ese huésped casi no salía. Lucía recordaba una puerta cerrada, cortinas bajas y a su madre hablando más suave de lo normal.
Miró las piernas de Mateo.
—Eras vos.
Mateo no apartó la vista del plato.
—Sí.
—Yo nunca te vi.
—No quería que me vieran.
Clara dejó la cuchara.
—Estaba recuperándose. Y de mal humor.
—Mamá.
—¿Qué? Lo estabas. No hablaba con nadie, Lucía. Tu presencia de adolescente ruidosa era lo más vivo de la casa.
Lucía no supo qué decir. Había vivido al lado de un Mateo roto sin saberlo. El hombre que ahora le ordenaba comer, que le preparaba valijas, que la besaba como si se le acabara la paciencia, había estado en esa misma casa, escondido del mundo.
—¿Por eso conocés este barrio? —preguntó.
—Sí.
—Y por eso sabías dónde vive mi mamá.
—También.
Clara miró a los dos.
—Bueno, ya que estamos sinceros: ¿por qué se casaron tan rápido?
Lucía se atragantó.
Mateo le alcanzó agua.
—Fue mi decisión —dijo él.
—No te pregunté quién firmó primero. Pregunté por qué.
Lucía dejó el vaso.
—Mamá.
—Estoy preguntando tranquila.
—Eso da más miedo.
Mateo sostuvo la mirada de Clara.
—Pasó algo entre nosotros. Yo quise hacerme cargo. Después pasaron más cosas. Ella aceptó.
Clara lo estudió.
—¿La estás cuidando o la estás atando?
La mesa quedó quieta.
Lucía abrió la boca, pero Mateo contestó antes.
—La estoy esperando.
Clara no sonrió. Tampoco atacó.
—Más te vale.
—Lo sé.
Lucía se tapó los ojos con una mano.
—Qué almuerzo hermoso.
Clara le acarició el pelo.
—Vos callate y comé. Siempre que te ponés nerviosa dejás el plato.
Mateo miró el bowl de Lucía.
—Es verdad.
—No hagan equipo.
Al final, Clara no insistió con detalles. Preguntó lo que importaba: si Lucía estaba segura, si Mateo respetaba su trabajo, si el matrimonio seguiría oculto en la empresa y cuánto tiempo pensaban sostener esa mentira útil.
Lucía respondió lo que pudo.
Mateo respondió poco, pero bien.
Cuando se fueron, Clara acompañó a Mateo hasta la entrada mientras Lucía buscaba su abrigo.
—Mi hija aprendió a no necesitar a nadie —dijo Clara, bajo—. No confundas independencia con falta de amor.
Mateo asintió.
—No lo voy a confundir.
—Y si la lastimás, Inés no te salva.
—Tampoco intentaría.
Lucía apareció con la cartera colgada.
—¿Me están negociando?
—Te estamos cuidando —dijo Clara.
—Qué peligro.
Mateo tomó la cartera de Lucía sin darse cuenta. Se la colgó al hombro mientras abría el portón.
Lucía lo miró.
—Mi cartera.
Él bajó la vista, como si recién notara que llevaba una cartera beige sobre el abrigo negro.
Se la devolvió.
Clara se rio desde la puerta.
—Me cae bien.
Lucía bufó.
—A todas les cae bien.
Mateo abrió la puerta del auto.
—A vos también.
—No te emociones.
Pero subió sonriendo.