Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.
Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.
Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.
Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.
Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.
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Capítulo 15
Lucca
Salgo de la casa de la amiga de Ana y me subo al auto donde la metieron.
La estresadita está furiosa, pero no me importa. Su vida está en riesgo, y es simplemente porque nuestros caminos se cruzaron.
Por eso nunca quise encariñarme con nadie. Crecí con miedo de que mis papás no volvieran a casa, justamente porque uno siempre estaba en peligro y el otro iba a socorrerlo.
Recuerdo la última vez que mi padre recibió dos balazos en lugar de mi madre; estuvo casi un mes en coma. Fue cuando decidieron "pasarme la mafia a mí". Pero nunca salieron de verdad. La mafia nunca sale de ti; no importa cuánto tiempo pase, siempre tendrás enemigos. Ahora la responsabilidad está en mis manos, pero ellos siempre están a mi lado, apoyando mis decisiones.
Y por más extraño que parezca, esta muchacha no se me sale de la cabeza. Siento ganas de protegerla y de cuidarla, aunque esta fierecilla no parezca querer que la protejan.
Pero, le guste o no, ya no va a apartarse de mi lado.
Mañana me caso con ella por lo civil, y cuando mi hermano salga del hospital haremos una ceremonia; de paso, la presento al consejo.
Llegamos a casa y ella se negaba a bajar del auto. La jalé, me la eché al hombro, y para complicar más las cosas se retorcía, lo cual me excita. No me gustan las mujeres fáciles y ofrecidas, y en mi mundo es lo que más abunda; tener una fiera así me deja loco por "cazarla"…
Entramos a la casa, subo al cuarto y la pongo en la cama. Me subo encima de ella, que me mira asustada, le sujeto los brazos a los lados de la cabeza y le digo.
—No olvides que tenemos un trato. Estoy seguro de que no quieres el mal de tu amiga, ¿verdad? —le digo.
—Cobarde, déjame en paz. ¿Qué ganas con este casamiento idiota? —responde.
—¿Que qué gano? Te gano entera para mí, cada pedacito tuyo va a ser mío… —le digo.
Le digo eso y la beso. Al principio se resiste, pero no aguanta y responde a mi beso después de unos segundos de un beso delicioso. Siento un dolor en medio de las piernas; no sé cómo, movió la rodilla debajo de mí y me dio un rodillazo en los huevos.
Aunque no fue un rodillazo fuerte, bastó para que me quitara de encima.
—Ni se te ocurra tocarme, idiota, prepotente y arrogante —me suelta ella.
Me suelto a reír. Si supiera que mientras más brava se pone más me excita, tal vez sería más tranquila.
Iba a salir del cuarto, pero me acuerdo de mi visita y le digo.
—Ah… se me olvidaba. Como soy muy bueno, te voy a dar un regalo: ahora mismo voy a mandar al desgraciado de Carlos al piso de abajo —le digo.
Me mira asustada y se levanta de la cama. Veo el odio en sus ojos al mencionar el nombre del desgraciado, y entonces dice.
—Lucca, ¿quién eres tú en realidad? —pregunta.
Me acerco a ella, la jalo hacia mis brazos, ella intenta soltarse, yo me inclino hasta su oído y le digo.
—Soy Lucca Meirelles Hernandes, uno de los dueños de muchas empresas y Don de la mafia Cosa Nostra.
Le doy un beso en la cabeza y me aparto. Me mira asustada, y no la culpo; yo también tendría miedo. En el bajo mundo me conocen por ser frío como un psicópata, por actuar sin miedo ni remordimientos; mi único lado bueno, con sentimientos, es el amor que le tengo a mi familia.
Me doy la vuelta, y cuando estaba saliendo para ir a matar a ese desgraciado, ella me llama y dice.
—Oye, espera… yo… quiero ir contigo… —me dice.
—No es buena idea, Ana. Además de que verías un lado mío que no es bueno, lo que voy a hacer allá no estás preparada para verlo —respondo.
—Lucca, es mi derecho mirarlo a los ojos y saber que nunca más va a hacerme daño —insiste ella.
—Muchacha, en tu trabajo peleas para que la gente sobreviva; en el mío, los mando al infierno. No te va a gustar ver eso… —le digo.
—Lucca, yo sufrí día tras día en sus manos. Después de conseguir escapar, me tomó un mes dormir más de cuatro horas al día; si no fuera por el trabajo, que me distraía la cabeza, y por Eliza, que me ayudaba todos los días, me habría consumido y probablemente no estaría aquí para contarlo. Y hoy ese desgraciado intentó volver para destruirme la vida y… gracias a ti estoy lejos de él, pero es mi derecho elegir si lo veo irse al infierno o no. Sé que va contra mi juramento, pero hoy no seré la enfermera Ana; seré solo la Ana que quiere venganza contra ese desgraciado… Después de lo que le hiciste a la familia de Eliza, la única persona que estuvo todo el tiempo a mi lado… merezco ir contigo —me dice con firmeza.
—Ok, me convenciste, pero no quiero a nadie traumatizada después. Vamos… —cedo.
Esta muchacha me sorprende a cada momento…