Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 5: La cacería de la verdad y el choque de sombras
El rugido del motor del todoterreno negro retumbaba en las estrechas calles de la ladera de Málaga. En el asiento trasero, Valerio apretaba los puños sobre sus rodillas con tanta fuerza que las venas de sus manos amenazaban con reventar. Su mirada, fija en la carretera, era la de un depredador consumido por la rabia y el shock de haber visto a la mujer que él mismo envió a la tumba.
A su lado, Orestes tecleaba apresuradamente en un teléfono satelital, intentando disimular el temblor de sus dedos y el sudor frío que le empapaba la nuca.
—Tengo la dirección, Capo —dijo Orestes con la voz ligeramente quebrada—. Mis hombres rastrearon las cámaras de seguridad del puerto. Vive en una casa de piedra a las afueras, cerca del acantilado viejo. Se hace llamar Kaelen Vane.
Valerio ni siquiera volteó a mirarlo. Su voz sonó como un témpano cortante:
—Me dijiste que los sicarios la vieron morir tras el disparo en el acantilado, Orestes. Me aseguraste que su cuerpo se hundió en el mar.
—¡Valerio, te lo juro por mi vida! —se defendió Orestes, alzando las manos en un gesto desesperado—. Los hombres confirmaron que la bala la impactó y que cayó al vacío. Nadie sobrevive a esa altura y a esa marea. No entiendo cómo está respirando hoy... ¡es una maldita bruja!
—Cállate —sentenció Valerio sin alterarse—. No quiero escuchar una sola palabra tuya hasta que esté frente a ella.
Mientras tanto, en la casa de piedra, el pánico reinaba en la atmósfera. Lysandra atrancaba la puerta principal con una pesada silla de madera, respirando de manera agitada. Sus manos temblaban mientras arrojaba ropa a toda prisa dentro de dos mochilas sobre la mesa del salón.
Eren y Lyra la observaban desde el sofá, confundidos y asustados por la prisa de su madre.
—Mamá, ¿por qué nos vamos tan rápido? —preguntó Lyra con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Nos volvimos a mudar?
—Sí, mi amor. Tenemos que hacer un viaje inesperado —respondió Lysandra, intentando suavizar el tono de su voz mientras se agachaba para abrazarla—. No tengan miedo, mamá los va a proteger siempre.
Eren se puso de pie y se colocó al lado de su hermana, mirando fijamente a Lysandra.
—Fue ese señor del puerto, ¿verdad? —dijo el niño con una madurez que le encogió el corazón a Lysandra—. Ese hombre te asustó. Dijo tu nombre feo, ese que tenías guardado en los papeles viejos.
Lysandra tomó el rostro de Eren entre sus manos, sintiendo un nudo ahogante en la garganta.
—Eren, escúchame bien. Ese hombre es peligroso. Tienen que prometerme que si lo vuelven a ver, se van a quedar detrás de mí y no van a hablar con él. ¿Me lo prometen?
—Te lo prometo, mamá —respondió Eren apretando sus pequeños puños—. Si se acerca, yo le voy a pegar.
Antes de que Lysandra pudiera responder, el chirrido seco de unos neumáticos frenando sobre la grava hizo que se helara la sangre en sus venas. Segundos después, tres golpes secos y pesados retumbaron contra la madera de la puerta.
—¡Lysandra! —la voz profunda y retumbante de Valerio atravesó la madera como una hoja de acero—. ¡Abre la puerta! ¡Sé que estás ahí!
—¡Vete de aquí, Valerio! —gritó Lysandra, corriendo hacia la cocina para empuñar un cuchillo de chef—. ¡Vete o llamo a la policía! ¡Déjanos en paz!
Un impacto brutal derribó la traba de madera. La puerta se abrió de par en par y la imponente figura de Valerio Giancarlo De Santis llenó el umbral. Detrás de él, Orestes y dos escoltas armados permanecían en guardia.
Valerio avanzó un paso dentro de la estancia. Sus ojos azul grisáceo recorrieron la modesta casa hasta fijarse en Lysandra, quien se interpuso bruscamente entre él y los niños con el cuchillo apuntando directamente a su pecho.
—No des un paso más, demonio —amenazó Lysandra, con las lágrimas rodando por sus mejillas pero con la voz firme como el hierro—. Te mato antes de que le pongas una mano encima a mis hijos.
Valerio se detuvo. Miró el cuchillo en las manos de la mujer que mandó a ejecutar y sintió una mezcla oscura de culpa, deseo y rabia. Pero su mirada se desvió rápidamente hacia los dos pequeños que se asomaban detrás de la falda de la mujer.
—Ocho años... —murmuró Valerio, con la voz rota por una mezcla de conmoción y furia reprimida—. Ocho años creyendo que la bala de mis hombres te había enterrado en el fondo del mar... Y estás aquí, viva... con mis hijos.
—¡Claro que mandaste a matarme! —le gritó Lysandra fuera de sí, temblando de furia—. ¡Enviaste a tus sicarios a dispararme en el hombro y a arrojarme al acantilado! ¡Le supliqué a Orestes por la vida de mis bebés y me dijo que tú mismo diste la orden para que la 'rata' no viera el amanecer!
Valerio apretó la mandíbula. Dio un paso firme hacia adelante, sosteniéndole la mirada con una frialdad sombría.
—Y no lo niego, Lysandra —respondió Valerio con la voz dura como la piedra—. Sí, yo di la orden. Te amaba con la vida, pero me traicionaste con la policía. Destruiste mi confianza y la ley de la familia exige sangre por traición. Mandé a que te dispararan y te tiraran al mar... Lo que nunca supe, lo que nadie me dijo... es que llevabas a mis hijos en tu vientre.
Lysandra abrió los ojos de par en par, mientras las lágrimas quemaban sus mejillas.
—¡Porque no te importó escucharme! —vociferó ella—. ¡Aceptaste las pruebas falsas de Orestes sin darme el beneficio de la duda! ¡Preferiste mandar a matarme antes que mirarme a los ojos!
En ese momento, Orestes dio un paso al frente, apretando la culata de la pistola oculta bajo su saco, temiendo que la conversación revelara las pruebas fabricadas.
—Capo, no escuche a esta traidora —intervino Orestes con voz apresurada—. Ella sobrevivió por pura suerte, pero sigue siendo la rata que entregó a nuestra gente. Si dejó vivir a los niños, fue para usarlos como escudo. ¡Permítame terminar el trabajo que los sicarios dejaron a medias hace ocho años!
Orestes sacó bruscamente su arma y apuntó directamente a la cabeza de Lysandra.
—¡No! —chilló Lysandra, intentando cubrir a los mellizos con su propio cuerpo.
Eren, en un arrebato de valentía salvaje, saltó delante de su madre.
—¡No toque a mi mamá, hombre malo! —gritó el niño.
En un movimiento casi invisible por lo rápido, Valerio se cruzó en la trayectoria. Agarró la muñeca armada de Orestes y la dobló con una fuerza brutal hasta escuchar el crujido del hueso. El arma cayó al suelo antes de que Orestes pudiera apretar el gatillo.
¡CRAC!
Un alarido de dolor escapó de la garganta de Orestes mientras caía de rodillas. Valerio lo tomó del cabello y le estampó el rostro contra la mesa de madera, destruyendo la vajilla que estaba encima.
—¿Te atreves a apuntarle a la madre de mis hijos en mi presencia? —siseó Valerio al oído de Orestes, sacando su propia pistola con silenciador—. Tú sabías que estaba embarazada cuando la llevaste al acantilado, ¿verdad, Orestes? Me ocultaste que llevaba a mis herederos para que yo diera la orden de matarla.
—Valerio... yo solo cumplía con proteger al sindicato... —tartamudeó Orestes, ensangrentado y sin aliento.
—Llévenselo —ordenó Valerio a los dos guardaespaldas, quienes sujetaron a Orestes sin vacilar—. Enciérrenlo en el sótano del yate. Su muerte no será rápida.
Los hombres arrastraron al traidor fuera de la casa, dejando tras de sí un rastro de sangre en la madera.
La puerta quedó rota y el silencio volvió a ocupar la sala. Valerio guardó su arma, se acomodó el saco y se giró lentamente hacia Lysandra y los mellizos.
Lysandra cayó de rodillas, agotada emocionalmente, abrazando a sus hijos contra su pecho mientras sollozaba en silencio. Valerio caminó despacio hacia ellos y se arrodilló a un metro de distancia. La coraza del temido Capo se agrietó al ver las lágrimas de su esposa y la mirada penetrante de los dos niños que llevaban su propia sangre.
—Sí... mandé a matarte, Lysandra, y es un demonio con el que he cargado cada día de estos ocho años —admitió Valerio con la voz quebrada, mirando fijamente a los dos pequeños—. Pero no sabía de ellos. Jamás habría atentado contra mi propia sangre.
Lysandra levantó la vista, encontrándose con los ojos azul grisáceo de Valerio, los mismos que veía cada mañana en el rostro de su hijo Eren.
—Aunque no lo supieras, Valerio... —dijo ella con el alma destrozada—, me condenaste a la muerte. Tu amor fue destructivo y nos quitaste ocho años de vida juntos.
—Ese error lo voy a pagar el resto de mi vida —aseguró Valerio con una determinación feroz, mirando a los mellizos—. Pero no voy a permitir que sigan ocultos como prófugos. Son mis hijos... y tú sigues siendo mi esposa. Nos volvemos a Sicilia, y esta vez, nadie ni nada volverá a tocar a mi familia.