Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La habitación prohibida.
El interior del castillo era mucho más cálido de lo que Evelyn había imaginado.
Las paredes de piedra oscura estaban cubiertas por tapices antiguos, las lámparas doradas iluminaban los pasillos y el suelo de mármol reflejaba la luz que entraba por los altos ventanales. Había armaduras junto a las escaleras, retratos de antiguos duques y enormes jarrones con flores blancas que contrastaban con la sobriedad del lugar.
Todo parecía perfectamente organizado.
Demasiado organizado.
Los sirvientes caminaban con discreción, los guardias mantenían la espalda recta y nadie hablaba más de lo necesario.
Evelyn comprendió por qué los rumores sobre Adrian resultaban tan convincentes.
En aquella casa, hasta el silencio parecía obedecer órdenes.
—Mi residencia no es precisamente alegre —comentó el duque mientras avanzaban por el corredor principal.
Evelyn volvió el rostro hacia él.
—¿Eso es una advertencia o una disculpa?
Adrian la miró de reojo.
—Una observación.
—Entonces haré otra. Tiene un castillo precioso, pero sus habitantes parecen temer incluso respirar demasiado fuerte.
El mayordomo que caminaba unos pasos detrás de ellos bajó la cabeza de inmediato.
Evelyn lo notó.
Adrian también.
—¿Considera que mis sirvientes viven atemorizados, milady?
—Considero que se esfuerzan demasiado por no cometer errores.
—Los errores pueden resultar costosos.
—Y el miedo también.
El duque se detuvo.
Evelyn estuvo a punto de chocar contra él.
Adrian se volvió lentamente, y ella tuvo que levantar el rostro para mirarlo.
—¿Siempre tiene una respuesta para todo?
—No. Algunas veces necesito tiempo para pensar.
—¿Y cuánto tiempo necesita para pensar antes de decir algo inconveniente?
—Depende de cuánto me provoquen.
Por un instante, el duque pareció a punto de sonreír.
Pero aquella expresión desapareció antes de convertirse en algo reconocible.
—Tendré que procurar no provocarla, entonces.
—Se lo agradecería, Su Gracia.
Adrian reanudó la marcha.
Evelyn lo siguió con una sonrisa discreta.
Aquella era una situación absurda.
En su primera vida, había pasado décadas casada con un hombre que se ofendía cada vez que ella expresaba una opinión propia. Ahora se encontraba conversando con un duque famoso por su crueldad y, hasta el momento, él parecía más desconcertado que furioso.
Quizá estaba cometiendo un error al confiar demasiado en aquella aparente tolerancia.
O quizá, simplemente, estaba aprendiendo a no tener miedo antes de que existiera un motivo para sentirlo.
—Su habitación se encuentra en el ala este —anunció Adrian—. He ordenado prepararla para su visita.
—¿Mi habitación?
—La que ocupará cuando venga a vivir aquí después de nuestra boda.
La naturalidad con la que pronunció aquellas palabras hizo que Evelyn sintiera un pequeño vuelco en el estómago.
Nuestra boda.
Todavía le resultaba extraño pensar en Adrian como su futuro esposo.
—¿Y dónde se encuentra la suya? —preguntó.
—En el ala oeste.
—¿Tan lejos?
—Hay varias habitaciones entre ambas alas.
Evelyn inclinó la cabeza.
—Comprendo.
El duque la observó durante un instante.
—¿Le preocupa que vivamos separados dentro del castillo?
—No, Su Gracia. Apenas nos conocemos. Me parece razonable disponer de mi propio espacio.
Adrian guardó silencio.
Ella no sabía qué esperaba escuchar él, pero estaba bastante segura de que su respuesta no había sido la habitual.
En la aristocracia, muchas jóvenes soñaban con compartir cada instante con sus futuros esposos. Evelyn, en cambio, deseaba algo mucho más sencillo: un lugar donde pudiera leer, descansar y cerrar una puerta sin tener que justificar por qué necesitaba estar sola.
—Bien —respondió Adrian finalmente—. Entonces estaremos de acuerdo en algo.
—¿Solo en algo?
—No abuse de su suerte, Lady Evelyn.
Ella sonrió.
—Jamás me atrevería.
El duque la miró con una expresión que sugería que no le creía absolutamente nada.
Y Evelyn descubrió que empezaba a disfrutar de aquellas pequeñas batallas verbales.
La habitación destinada a Evelyn era magnífica.
Tenía paredes color marfil, cortinas azul oscuro y una cama con dosel cuyas telas bordadas caían hasta el suelo. Una chimenea de mármol blanco ocupaba una de las paredes, mientras que un pequeño escritorio descansaba junto a la ventana.
Desde allí podía verse el jardín interior del castillo, con sus senderos de grava, sus rosales y una fuente de piedra rodeada de árboles.
Era una habitación digna de una duquesa.
Sin embargo, Evelyn apenas prestó atención a los muebles.
Había reparado en una puerta al fondo del pasillo.
Una puerta oscura, casi oculta entre dos tapices, con una cerradura de hierro y un pequeño escudo grabado en la madera.
No tenía nada de extraordinario.
Excepto por el hecho de que dos guardias permanecían apostados frente a ella.
—¿Qué hay allí? —preguntó Evelyn.
El mayordomo, que acababa de abrir las ventanas de su habitación, se volvió.
—Nada que deba preocupar a mi señora.
La respuesta fue tan rápida que despertó inmediatamente su curiosidad.
—No recuerdo haber dicho que estuviera preocupada.
El hombre se quedó inmóvil.
—Por supuesto, mi señora. Disculpe mi torpeza.
Evelyn se acercó al umbral y observó la puerta desde cierta distancia.
—¿Es una habitación privada del duque?
—Sí, mi señora.
—¿Su despacho?
—No exactamente.
—¿Una biblioteca?
El mayordomo apretó los labios.
—Lamento decir que no estoy autorizado a responder más preguntas sobre esa estancia.
Evelyn volvió el rostro hacia él.
—¿Por orden del duque?
—Así es, mi señora.
Ella asintió lentamente.
—Entonces no preguntaré más.
El mayordomo pareció sorprendido por su respuesta.
Evelyn regresó a la habitación que le habían asignado.
No tenía intención de empezar su matrimonio invadiendo la privacidad de Adrian. Si algo había aprendido durante su primera vida, era que la confianza no podía exigirse y que los secretos ajenos no siempre eran una invitación a descubrirlos.
Pero la curiosidad ya había echado raíces.
Y Evelyn recordaba perfectamente que, en su primera vida, jamás había escuchado hablar de una habitación prohibida en el castillo de Blackthorne.
¿Por qué, entonces, estaba cerrada?
La cena se sirvió poco después de las ocho.
La familia Ashbourne había regresado a sus aposentos para descansar tras el viaje, y Adrian había insistido en que Evelyn cenara con él antes de marcharse al día siguiente.
El comedor era una estancia alargada, iluminada por candelabros de plata. Una mesa de madera oscura podía acomodar a veinte invitados, aunque aquella noche solo había dos servicios dispuestos en uno de sus extremos.
Evelyn se sentó frente al duque.
La cena comenzó con una sopa de verduras, seguida de carne asada, patatas especiadas y pan recién horneado.
Durante varios minutos, ninguno habló.
Evelyn se concentró en su plato, preguntándose si aquella era la manera habitual de cenar en Blackthorne o si Adrian simplemente no disfrutaba de la conversación.
Finalmente, decidió romper el silencio.
—¿Puedo hacerle una pregunta, Su Gracia?
—Puede hacer todas las preguntas que desee, milady. No garantizo que responda a todas ellas.
—Es una condición bastante conveniente.
—Lo es.
Evelyn dejó los cubiertos sobre el plato.
—¿Por qué me eligió?
Adrian levantó la mirada.
—Ya hemos hablado de eso.
—Hemos hablado de las condiciones de nuestro matrimonio. No de sus motivos.
El duque apoyó la espalda contra el respaldo de su silla.
—Su familia necesita protección y la mía necesita consolidar una alianza con las casas del sur. Su posición social es adecuada, su reputación es respetable y usted no parece interesada en utilizar el matrimonio para obtener influencia en la corte.
Evelyn lo escuchó con atención.
—Es decir, que soy una candidata conveniente.
—En esencia, sí.
Ella asintió.
—Agradezco su honestidad.
Adrian pareció desconcertado.
—¿No le ofende?
—¿Por qué habría de ofenderme? Nos casamos por un acuerdo entre nuestras familias. No esperaba que estuviera enamorado de mí.
El duque permaneció inmóvil.
La llama de una vela tembló entre ambos.
—¿Y le habría gustado que lo estuviera? —preguntó.
Evelyn sintió que la pregunta se le clavaba en el pecho.
Durante setenta y seis años había deseado que un hombre la amara.
Había esperado flores, cartas, caricias y palabras que nunca llegaron. Había creído que el amor era algo que debía ganarse con paciencia, hasta que terminó olvidando que ella también tenía derecho a recibirlo.
Pero Adrian no era Lucien.
Y ella no iba a cometer el error de confundir un deseo con una promesa.
—No se puede exigir un sentimiento, Su Gracia —respondió—. Si algún día llega a sentir algo por mí, espero que sea porque realmente lo desea y no porque considera que es su obligación como esposo.
Adrian bajó la mirada hacia su copa.
—Habla como si conociera muy bien las decepciones.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Quizá conozco las de otras personas.
—¿Y nunca las propias?
Ella sonrió con tristeza.
—Todos cometemos errores.
El duque levantó la mirada.
—¿Cuál ha sido el suyo?
Evelyn pensó en la carta que había enviado a Adrian en su primera vida. En Lucien. En todas las ocasiones en que había ignorado su intuición para escuchar lo que deseaba creer.
—Confiar demasiado pronto en alguien que todavía no me había demostrado que lo merecía.
La expresión de Adrian cambió.
Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible.
—Entonces espero que no vuelva a cometerlo.
Evelyn lo miró.
—Yo también.
Por primera vez durante la cena, el silencio que siguió no resultó incómodo.
Era un silencio distinto.
Uno en el que ambos parecían haber reconocido una herida que ninguno deseaba mostrar por completo.
Cuando terminaron de cenar, Adrian acompañó a Evelyn hasta el corredor que conducía al ala este.
No era necesario que lo hiciera. Un lacayo podía haberla guiado sin dificultad, pero el duque había dejado su despacho y había caminado a su lado sin ofrecer explicación alguna.
Evelyn decidió no preguntarle el motivo.
Al llegar al pasillo, encontraron a uno de los guardias frente a la puerta oscura.
El hombre se enderezó inmediatamente.
—Su Gracia.
Adrian asintió.
—¿Todo en orden?
—Sí, señor.
Evelyn volvió los ojos hacia la cerradura.
El duque siguió la dirección de su mirada.
—Parece que ha encontrado algo que le interesa.
Ella se volvió hacia él.
—Solo me preguntaba qué hay detrás de esa puerta.
—Una habitación que prefiero mantener cerrada.
—Eso ya me lo han dicho.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Ha interrogado a mis sirvientes?
—He hecho una pregunta.
—¿Y se ha conformado con la respuesta?
Evelyn sonrió.
—Por ahora.
El duque la contempló durante varios segundos.
Después, hizo un gesto al guardia para que se retirara unos pasos.
—Es la antigua habitación de mi madre.
La sonrisa de Evelyn desapareció.
No había esperado aquella respuesta.
—¿Su madre?
Adrian miró la puerta.
Por primera vez desde que lo había conocido, su expresión parecía desprovista de aquella frialdad que utilizaba como una armadura.
—Murió cuando yo tenía diecisiete años.
Evelyn no dijo nada.
Recordaba haber escuchado que la duquesa viuda había fallecido muchos años atrás, pero nunca había sabido en qué circunstancias. En su primera vida, nadie hablaba de la familia de Adrian. Los rumores se concentraban en sus guerras, sus decisiones políticas y su supuesto carácter despiadado.
—Lo lamento —dijo finalmente.
Adrian asintió una sola vez.
—Desde entonces, nadie entra en esa habitación.
Su voz había perdido toda inflexión.
Era una frase sencilla, pronunciada con la misma serenidad con la que había hablado de sus territorios y sus responsabilidades.
Pero Evelyn vio algo en su rostro.
Dolor.
No el dolor teatral de los hombres que buscan compasión, sino uno antiguo, profundamente arraigado, que parecía haberse convertido en parte de él.
Ella conocía aquella clase de tristeza.
La había llevado consigo durante décadas, aunque su propia herida había sido diferente.
—No tiene que explicarme nada más —dijo.
Adrian volvió la cabeza hacia ella.
—¿No desea saber por qué está cerrada?
—Por supuesto que deseo saberlo.
El duque la miró con evidente sorpresa.
Evelyn continuó:
—Pero que tenga curiosidad no significa que crea tener derecho a exigirle una explicación.
Durante un instante, ninguno habló.
Entonces Adrian hizo algo que Evelyn jamás habría esperado.
Le ofreció el brazo.
—Permítame acompañarla hasta su habitación, Lady Evelyn.
Ella aceptó.
Caminaron lentamente por el corredor, mientras la luz de los candelabros dibujaba sombras sobre las paredes de piedra.
Al llegar a la puerta de sus aposentos, Evelyn se volvió hacia él.
—Gracias por la cena, Su Gracia.
—Adrian.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Cuando estemos a solas, puede llamarme Adrian.
Evelyn lo observó con atención.
—¿Y usted cómo desea llamarme?
—Lady Evelyn parece bastante apropiado.
Ella soltó una risa suave.
—Eso no es muy justo.
—No recuerdo haber prometido ser justo.
—Entonces tendré que conformarme con Adrian.
El duque inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches, Evelyn.
Fue la primera vez que pronunció su nombre sin el título.
Y, por alguna razón, aquella sencilla palabra le pareció mucho más íntima que cualquier cumplido.
—Buenas noches, Adrian.
Él se marchó sin mirar atrás.
Evelyn entró en su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera.
Tenía el corazón extrañamente acelerado.
No estaba enamorada de él.
No podía estarlo.
Lo conocía desde hacía apenas unos días, y su decisión de casarse seguía siendo, ante todo, una elección razonada.
Sin embargo, algo había cambiado.
Había visto al hombre detrás del duque.
Y empezaba a sospechar que el verdadero secreto de Adrian de Blackthorne no era la habitación cerrada.
Era la tristeza que llevaba consigo.
Adrian regresó a su despacho poco después de las diez.
Se quitó los guantes, dejó la capa sobre el respaldo de una silla y se sirvió una copa de licor.
Sobre el escritorio lo esperaba una pila de documentos: informes de sus administradores, correspondencia militar y varias cartas procedentes de la capital.
Debería haber comenzado por ellas.
En cambio, permaneció inmóvil junto a la ventana, contemplando las luces del patio.
Pensaba en Evelyn.
En su forma de hablar, en la facilidad con la que cuestionaba sus decisiones y en la extraña tranquilidad que parecía acompañarla incluso cuando se encontraba frente a él.
No lo trataba como a un monstruo.
Tampoco intentaba complacerlo.
Y aquello resultaba mucho más desconcertante de lo que estaba dispuesto a admitir.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Edmund Hale entró con un sobre en la mano.
—Disculpe la hora, Su Gracia. Ha llegado un mensajero de la capital.
Adrian tomó el sobre.
El sello pertenecía a la casa Langford.
Su expresión se endureció.
—¿Quién lo ha enviado?
—Lady Beatrice Langford, señor. El mensajero asegura que la carta debe entregarse personalmente.
Adrian rompió el sello.
Leyó el contenido una sola vez.
Después, volvió a leerlo.
Su mandíbula se tensó.
Su Gracia:
Confío en que se encuentre bien. Me permito informarle que mi sobrina, Lady Isabella Langford, llegará a Blackthorne dentro de dos días. Como recordará, nuestra familia mantiene ciertos asuntos pendientes que sería conveniente resolver antes de que se anuncie públicamente su compromiso matrimonial.
Isabella espera poder conversar con usted sobre lo ocurrido el pasado invierno.
Le ruego que la reciba con la cortesía que corresponde a nuestra posición.
Lady Beatrice Langford.
Adrian dejó la carta sobre el escritorio.
—¿Hay algo más? —preguntó Edmund.
—No.
El secretario vaciló.
—¿Se trata de un asunto relacionado con el compromiso, señor?
Adrian guardó silencio.
Lady Isabella Langford.
Un nombre que creía haber dejado atrás.
No había mantenido una relación sentimental con ella, pero Isabella llevaba meses difundiendo rumores sobre una supuesta promesa matrimonial que nunca había existido. Adrian había tolerado sus insinuaciones para evitar un escándalo entre familias influyentes.
Ahora, con su compromiso a punto de anunciarse, la joven parecía decidida a reabrir aquel asunto.
—Prepare una habitación para Lady Isabella —ordenó—. La recibiremos como corresponde.
Edmund inclinó la cabeza.
—¿Desea informar a Lady Evelyn de su llegada?
Adrian miró hacia la puerta.
Por alguna razón, aquella pregunta le resultó más molesta de lo que debería.
No tenía obligación de explicarle a su futura esposa cada visita que recibía. Aún no estaban casados y, aunque la alianza entre ambas familias ya había sido acordada, Evelyn no tenía por qué involucrarse en sus asuntos personales.
Pero recordó su conversación durante la cena.
No se puede exigir un sentimiento.
Y recordó también que ella había aceptado casarse con él sin pedirle nada que no estuviera dispuesta a ofrecer a cambio.
—Sí —respondió finalmente—. Mañana por la mañana, infórmele de que tendremos una invitada.
Edmund asintió y se retiró.
Adrian volvió a mirar la carta.
No le preocupaba Isabella.
Le preocupaba que Evelyn escuchara una historia inventada y decidiera que él era exactamente el hombre que todos decían que era.
Aquella posibilidad le resultaba absurda.
No le debía explicaciones.
No necesitaba su aprobación.
Y, sin embargo, por primera vez en muchos años, deseó que alguien le concediera la oportunidad de explicar su propia versión de los hechos.
A la mañana siguiente, Evelyn encontró a Adrian en el jardín.
El sol apenas comenzaba a elevarse sobre las murallas, y el aire frío conservaba el aroma de la hierba húmeda. El duque caminaba junto a los rosales, con las manos detrás de la espalda y una expresión tan seria como de costumbre.
Evelyn se acercó.
—Buenos días, Adrian.
Él se volvió.
—Buenos días, Evelyn.
La naturalidad con la que respondió la sorprendió.
—¿Siempre se levanta tan temprano?
—Casi siempre.
—¿Incluso cuando no tiene obligaciones urgentes?
—Especialmente entonces.
Evelyn sonrió.
—Debe de ser agotador ser usted.
Adrian la miró.
—No tiene idea.
La respuesta fue tan inesperada que ella dejó de sonreír.
Por un instante, creyó haber visto algo parecido al cansancio en sus ojos.
No el cansancio de una noche sin dormir, sino el de alguien que había pasado demasiado tiempo sosteniendo un peso que nadie más podía ver.
—Quizá algún día me lo permita descubrir —dijo suavemente.
Adrian no respondió.
Siguieron caminando entre los rosales.
Fue él quien rompió el silencio.
—Evelyn, llegará una invitada dentro de dos días.
Ella lo miró.
—¿Una invitada?
—Lady Isabella Langford. Nuestras familias mantienen una relación desde hace años.
—Comprendo.
Adrian pareció esperar algo más.
Una pregunta, quizá. Una muestra de curiosidad o de inquietud.
Pero Evelyn se limitó a contemplar las flores.
—¿No desea saber por qué viene? —preguntó él.
Ella volvió el rostro.
—Si considera que debo conocer el motivo, estoy segura de que me lo dirá.
Adrian apretó ligeramente la mandíbula.
—Es una cuestión que podría afectar a nuestro compromiso.
Evelyn se detuvo.
—Entonces sí deseo conocerla.
Él le explicó lo sucedido con Isabella, sin ocultar que la joven había insinuado una relación que nunca había existido. Evelyn escuchó con atención, haciendo alguna pregunta cuando consideró necesario aclarar un detalle.
Cuando Adrian terminó, ella permaneció pensativa unos segundos.
—¿La ha amado alguna vez?
La pregunta pareció incomodarlo.
—No.
—¿Le ha prometido matrimonio?
—No.
—¿Le ha dado motivos para creer que tenía derecho a esperarlo?
Adrian la miró fijamente.
—No que yo recuerde.
Evelyn asintió.
—Entonces no veo por qué debería preocuparme.
El duque frunció el ceño.
—¿No está celosa?
Evelyn casi se echó a reír.
—¿De una mujer que todavía no he conocido y de un hombre con el que aún no me he casado?
Adrian no respondió.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Le habría gustado que lo estuviera?
La pregunta lo dejó en silencio.
Evelyn sonrió con dulzura.
—No se preocupe, Adrian. Si Lady Isabella intenta perjudicarlo, escucharé su versión antes de sacar conclusiones. Y si intenta perjudicarme a mí, sabré defenderme.
—No necesito que me defienda.
—Y yo no necesito que me rescate. Pero eso no significa que no podamos ayudarnos.
Adrian la contempló durante un largo instante.
Después, extendió una mano y apartó con delicadeza una hoja seca que se había quedado prendida en uno de los rizos de Evelyn.
El gesto fue tan inesperado que ella dejó de respirar durante un segundo.
Los dedos del duque rozaron apenas su cabello.
Cuando retiró la mano, ambos permanecieron inmóviles.
—Tiene una forma muy particular de entender el matrimonio —murmuró él.
Evelyn levantó los ojos.
—¿Es algo malo?
Adrian la observó con una intensidad que hizo que el aire pareciera volverse más frío.
—Todavía no lo sé.
Y, por primera vez, Evelyn tuvo la impresión de que no era el único que empezaba a hacerse preguntas sobre aquella unión.
Esa noche, mucho después de que el castillo quedara en silencio, Adrian se dirigió a la antigua habitación de su madre.
Llevaba una pequeña llave de plata entre los dedos.
Durante diez años había mantenido aquella puerta cerrada. Diez años sin permitir que los sirvientes limpiaran la estancia ni que nadie moviera los objetos que ella había dejado atrás.
No era superstición.
Era incapacidad.
La incapacidad de aceptar que, al otro lado de aquella puerta, el mundo que había conocido durante su infancia seguía existiendo sin ella.
Adrian introdujo la llave en la cerradura.
El mecanismo giró con un chasquido.
Abrió la puerta.
La habitación conservaba el aroma tenue de las flores secas y de la madera antigua. Las cortinas permanecían recogidas junto a los ventanales y una pequeña caja descansaba sobre el tocador.
Adrian entró lentamente.
Se acercó a la caja y la abrió.
Dentro había varias cartas atadas con una cinta azul, un medallón de plata y un retrato de su madre sosteniendo a un niño de cabello oscuro.
Él mismo.
Durante unos segundos, contempló la imagen.
Después, tomó una de las cartas.
Reconoció la letra de inmediato.
Era la última que su madre había escrito antes de morir.
Adrian, mi querido niño:
Algún día conocerás a una mujer que no tendrá miedo de mirarte a los ojos. Cuando eso ocurra, no la alejes solo porque te resulte más sencillo permanecer solo.
No permitas que el dolor te convenza de que el amor es una debilidad.
Y, sobre todo, no castigues a quienes se acerquen a ti por las heridas que otros dejaron en tu corazón.
Adrian cerró los ojos.
Había leído aquellas palabras cientos de veces.
Nunca había conseguido obedecerlas.
Hasta que una joven de ojos verdes había entrado en su residencia, había cuestionado sus decisiones y había aceptado casarse con él sin pedirle que fingiera ser un hombre diferente.
Evelyn Ashbourne.
No sabía qué había en ella que lo inquietaba tanto.
Quizá fuera su manera de escuchar.
Quizá su falta de temor.
O quizá fuera el hecho de que, cuando lo miraba, Adrian no sentía la necesidad de demostrar que era el hombre más poderoso de la habitación.
Por primera vez, deseó que alguien lo conociera sin tener que recurrir a los rumores.
Se sentó junto a la ventana, con la carta entre las manos.
Y, aunque jamás lo habría confesado en voz alta, pensó en su futura esposa.
No me tema, Evelyn.
No usted.
A la mañana siguiente, Evelyn desayunaba en su habitación cuando Margaret irrumpió con una expresión de absoluto desconcierto.
—¡Mi señora!
Evelyn levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
—Ha llegado una dama a la residencia.
—Eso ya lo sabía.
—Pero no es una dama cualquiera.
Margaret se acercó a la mesa y bajó la voz.
—Es Lady Isabella Langford.
Evelyn dejó lentamente la taza sobre el platillo.
—¿No debía llegar mañana?
—El carruaje apareció hace unos minutos. Y, mi señora…
Margaret vaciló.
—¿Qué ocurre?
—Ha pedido que la conduzcan directamente a los aposentos del duque.
Evelyn permaneció inmóvil.
No porque sintiera celos.
No porque temiera que Adrian estuviera ocultándole algo.
Sino porque, al escuchar aquel nombre, un recuerdo de su primera vida emergió de las profundidades de su memoria.
Un salón iluminado por velas.
Una mujer vestida de rojo.
Una discusión entre dos familias nobles.
Y una carta que, muchos años después, había provocado uno de los mayores escándalos de la corte.
Evelyn se levantó tan deprisa que la silla raspó el suelo.
—Margaret, necesito que me consigas mi capa.
—¿Va a salir, mi señora?
Evelyn miró hacia la puerta.
—No. Voy a conocer a nuestra invitada.
Porque acababa de recordar algo que no había pensado en décadas.
En su primera vida, Lady Isabella Langford había desaparecido de la corte pocos días después de anunciarse un compromiso matrimonial.
Nadie había sabido explicar por qué.
Y, si la memoria de Evelyn no le fallaba, aquella desaparición había coincidido con la muerte de una persona que Adrian de Blackthorne había amado profundamente.
Su madre no podía estar relacionada con Isabella.
No tenía sentido.
Pero Evelyn había vivido demasiado tiempo como para ignorar una coincidencia de aquella magnitud.
Se colocó la capa sobre los hombros y se dirigió hacia la puerta.
Esta vez no permitiría que los secretos de otras personas decidieran su destino.
Y si Lady Isabella había venido a Blackthorne para destruir su compromiso, tendría que descubrir primero con quién estaba tratando.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
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🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁