Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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Capitulo 10
Alma había descubierto algo maravilloso.
Su matrimonio con Mino podía ser una desgracia, sí. Una catástrofe. Un castigo enviado por los dioses para vengarse de todas las veces que se había burlado de sus compañeros de clase.
Pero también podía convertirse en una oportunidad de enriquecerse.
Y Alma no era una mujer que desperdiciara una buena oportunidad.
Por eso, aquella mañana, después de enterarse de que la duquesa estaba dispuesta a recompensarla con unas tierras si conseguía que su hijo retomara los estudios imperiales y aprobara los exámenes correspondientes, tomó una decisión.
Debía ganarse la cooperación de su esposo.
Y, si era necesario, recurriría a métodos poco convencionales.
Encontró a Xie Lang en el jardín, sentado bajo un árbol mientras hojeaba un libro. El muy desgraciado parecía estar disfrutando de la tranquilidad, completamente ajeno a la tragedia académica que estaba a punto de caerle encima.
Alma respiró hondo.
Después, se acercó con una sonrisa tan dulce que habría hecho desconfiar hasta al criminal más experimentado.
—Querido esposo mío...
Xie Lang levantó la cabeza.
Alma se sentó a su lado y, antes de que él pudiera preguntar qué quería, le rodeó los hombros con ambos brazos.
Mino se quedó inmóvil.
Su esposa lo estaba abrazando.
Su esposa.
La misma mujer que había intentado estrangularlo verbalmente durante los últimos días, que amenazaba con divorciarse cada vez que él la llamaba cariñosamente y que lo miraba como si estuviera calculando cuántos golpes necesitaba para enterrarlo.
Ahora lo abrazaba por los hombros.
Y lo había llamado querido esposo.
Mino parpadeó.
—¿Te enfermaste, esposa?
Alma perdió brevemente la sonrisa.
—¿Qué?
—¿Tienes fiebre? ¿Te duele la cabeza? ¿Te golpeaste al venir hasta aquí?
Él dejó el libro a un lado y le tocó la frente con preocupación.
—No tienes fiebre. Entonces, ¿por qué me hablas así?
—¡Porque quiero ser amable contigo!
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Alma apretó los dientes.
Maldito desconfiado. ¿No puedes disfrutar de que tu esposa sea cariñosa contigo durante cinco minutos?
Sin embargo, no podía perder la paciencia. Todavía no había conseguido las tierras.
Así que volvió a sonreír.
Era una sonrisa espléndida, radiante, llena de dulzura.
Y también de ambición.
Xie Lang la contempló en silencio.
Había algo extraño en aquella expresión.
No era la sonrisa de una mujer enamorada.
Era la sonrisa de alguien que acababa de descubrir un cofre lleno de oro y estaba pensando en cómo llevárselo sin que nadie la descubriera.
—Esposo mío —murmuró Alma, acariciándole el hombro—. ¿Podrías hacer algo por mí?
—Lo que quieras.
La respuesta fue tan inmediata que Alma casi se sintió culpable.
Casi.
—¿Podrías volver a los estudios imperiales?
El rostro de Xie Lang cambió.
La sonrisa desapareció de sus labios.
—¿Qué?
—Los estudios imperiales. Ya sabes, esos donde los jóvenes nobles aprenden y se preparan para los exámenes oficiales.
—Sé lo que son los estudios imperiales.
—¡Entonces no necesitas que te lo explique!
—¿Por qué quieres que vuelva?
Alma juntó las manos frente a su pecho.
—Porque sería maravilloso que mi querido esposo se convirtiera en un hombre culto, respetado y admirado por todos.
Xie Lang la observó con los ojos entrecerrados.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué quieres realmente?
Alma sintió que su sonrisa comenzaba a temblar.
—¿Por qué siempre sospechas de mí?
—Porque hace dos días intentaste divorciarte de mí.
—¡Eso fue antes!
—Ayer también lo intentaste.
—¡Porque eres insoportable!
—Y ahora me abrazas, me llamas querido esposo y quieres que vuelva a estudiar. —Xie Lang inclinó la cabeza—. Dime, esposa, ¿qué estás tramando?
Alma apartó la mirada.
¡Lo odio! ¡Lo odio muchísimo! ¿Por qué tenía que enamorarse de mí un hombre tan observador? ¡Podría haber elegido a un idiota rico y fácil de manipular!
Aunque, pensándolo bien, Mino era rico.
Y ella necesitaba esas tierras.
Así que no podía darse el lujo de rendirse.
—Si apruebas los exámenes imperiales... —comenzó a decir, jugando nerviosamente con los dedos.
Xie Lang se quedó mirándola.
—¿Sí?
—No volveré a pedirte el divorcio.
El silencio cayó sobre el jardín.
Xie Lang abrió los ojos.
Alma aprovechó para observar su reacción. Parecía que acababa de recibir la noticia de que el emperador le regalaría medio reino.
—¿Lo prometes? —preguntó él.
—Sí.
—¿De verdad?
—¡Sí!
—¿No volverás a decir que quieres separarte de mí?
Alma tragó saliva.
—Bueno... al menos no por este asunto.
—¿Qué significa eso?
—¡Significa que no volveré a pedirte el divorcio si haces lo que te estoy pidiendo!
Xie Lang se llevó una mano al pecho.
—Esposa, eres demasiado cruel.
—¿¡Qué hice ahora!?
—Me ofreces una promesa tan maravillosa y luego le añades condiciones.
Alma estuvo a punto de arrancarse el cabello.
¡Las tierras! ¡Piensa en las tierras! ¡Piensa en tu futuro! ¡Piensa en todas las cosas que podrás comprar cuando tengas dinero propio!
No podía permitir que sus emociones arruinaran sus objetivos.
En su vida anterior había aprendido que, a veces, uno tenía que hacer lo necesario para sobrevivir.
Y ella pensaba sobrevivir.
No moriría como la villana de aquella novela. No terminaría encerrada, ejecutada ni humillada por un protagonista con complejo de salvador.
Con unas tierras a su nombre, tendría ingresos propios. Podría ahorrar dinero, construir una vida independiente y, llegado el momento, marcharse lejos de su molesto esposo.
Todo estaba perfectamente calculado.
Solo necesitaba que Mino estudiara.
Y que aprobara.
Y que no descubriera sus verdaderas intenciones.
Alma volvió a acariciarle el hombro.
—Además, querido esposo, si apruebas...
Se acercó un poco más.
Xie Lang dejó de respirar por un instante.
—¿Si apruebo?
Alma se inclinó hacia él y susurró:
—Te daré un beso.
El libro cayó de las manos de Xie Lang.
¡PUM!
El pobre hombre se quedó completamente petrificado.
Un beso.
Su esposa acababa de ofrecerle un beso.
¿Su Alma?
¿Su pequeño hámster malhumorado?
¿La mujer que prefería lanzarle un zapato antes que darle un abrazo?
Xie Lang sintió que el calor le subía desde el cuello hasta las orejas.
—¿U-un beso?
Alma asintió con una expresión inocente.
—Sí.
—¿Tú... me besarás?
—¡Eso acabo de decir!
—¿En los labios?
Alma se quedó callada.
¡¿En qué otra parte se supone que voy a besarte, idiota?!
Pero no podía decirlo en voz alta. Tenía que conservar su papel de esposa dulce y cariñosa.
Así que inclinó la cabeza y sonrió.
—¿Dónde quieres que te bese, esposo mío?
Xie Lang se cubrió la boca con una mano.
Estaba rojo.
Rojo como el vestido de novia que Alma había llevado el día de su boda.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de su pecho.
En su vida anterior había imaginado muchas veces cómo sería besar a Alma. Había pensado en ello durante las clases, antes de dormir, cuando ella se enfadaba con él e incluso cuando fingía que no le importaba que hablara con otros chicos.
Pero nunca, ni en sus fantasías más atrevidas, había imaginado que ella se acercaría a él por voluntad propia y le ofrecería un beso.
¡Aunque fuera a cambio de aprobar un examen!
—Esposa... —murmuró con voz temblorosa.
Alma sintió una pequeña punzada de culpa al verlo tan sonrojado.
Duró aproximadamente dos segundos.
Después recordó las tierras.
—Entonces, ¿aceptas?
Xie Lang la miró a los ojos.
—¿Me besarás de verdad?
—¡Sí!
—¿No te arrepentirás?
—¡No!
—¿Y si quiero dos besos?
Alma dejó de sonreír.
—Uno.
—¿Tres?
—¡Uno!
—¿Y si saco la mejor calificación de todos los estudiantes?
Alma apretó los labios.
Aquel desgraciado acababa de encontrar la manera de negociar.
—Dos —concedió, con el dolor de alguien que veía cómo su fortuna desaparecía ante sus ojos.
Xie Lang sonrió.
—Entonces estudiaré.
Alma parpadeó.
¿Así de fácil?
¿De verdad bastaba con ofrecerle un beso para que aquel holgazán aceptara regresar a los estudios imperiales?
Si lo hubiera sabido antes, habría empezado por ahí.
—¡Excelente! —exclamó ella, abrazándolo con más entusiasmo—. ¡Sabía que podía confiar en ti, querido esposo!
Xie Lang se quedó mirando el rostro de su esposa, incapaz de contener la sonrisa.
Alma me abrazó.
Alma me ofreció un beso.
Mi esposa quiere besarme.
Su mente ya había abandonado cualquier consideración relacionada con los exámenes.
Ahora estaba imaginando el momento en que recibiría su recompensa.
¿Ella cerraría los ojos?
¿Le tomaría el rostro entre las manos?
¿Se pondría nerviosa?
¿Y si después de besarlo descubría que le gustaba?
¿Y si aquel beso era el comienzo de una vida matrimonial llena de cariño?
Xie Lang casi empezó a reír de felicidad.
—Esposa, no te preocupes. Aprobaré todos los exámenes.
—¡Así me gusta!
—Y conseguiré la mejor calificación.
—¡Maravilloso!
—Y entonces me darás mis dos besos.
Alma le palmeó la espalda.
—Por supuesto, querido esposo.
A unos pasos de distancia, Loto contemplaba la escena mientras sostenía una bandeja de té.
Había salido para llevarles una bebida y terminó presenciando algo que jamás habría esperado ver en su vida.
La joven señora estaba abrazando al marqués y coqueteando con él.
Y el marqués, que siempre había sido tan orgulloso y distante, parecía un muchacho enamorado que acababa de recibir una declaración de amor.
Loto se tapó la boca para contener la risa.
No lo consiguió.
—Je, je...
Alma giró la cabeza.
—¿De qué te ríes, Loto?
—¡De nada, señora!
—¡Entonces deja de reírte!
—Sí, señora.
Loto bajó la cabeza, pero sus hombros seguían temblando.
Xie Lang, en cambio, ni siquiera se molestó en regañarla. Estaba demasiado ocupado contemplando a su esposa.
Alma se levantó de un salto.
—¡Muy bien! Mañana mismo empezarás a estudiar. Voy a conseguirte todos los libros que necesites y prepararé un horario. Tendrás que levantarte temprano, estudiar durante horas y repetir las lecciones hasta que las memorices.
La sonrisa de Xie Lang desapareció poco a poco.
—¿Mañana?
—¡Naturalmente!
—¿Y durante cuántas horas?
—Las que sean necesarias.
—¿No podemos empezar la próxima semana?
Alma lo miró con dulzura.
—Querido esposo...
Xie Lang se estremeció.
Aquella voz melosa volvía a sonar.
—¿Sí, esposa?
Ella le acarició la mejilla.
—¿Quieres tus besos o no?
Xie Lang se sentó inmediatamente, recogió el libro del suelo y se puso de pie.
—¡Estudiaré desde mañana al amanecer!
—¡Excelente decisión!
—¡Incluso puedo empezar hoy!
—¡Qué esposo tan maravilloso tengo!
Alma le dio unas palmaditas en el hombro y se marchó satisfecha, acompañada por Loto.
En cuanto estuvo fuera de su vista, dejó de sonreír.
—Loto, prepara papel, tinta y todos los libros que puedas conseguir. También quiero saber cuánto valen las tierras que me prometió la duquesa.
—Por supuesto, señora.
—Y averigua cuándo se celebrarán los exámenes imperiales.
—¿No cree que el joven señor podría molestarse si descubre que lo está presionando tanto?
Alma se detuvo.
Miró a Loto con una expresión seria.
—Loto, hay tres cosas importantes en este mundo.
—¿Cuáles, señora?
—La supervivencia, el dinero y la supervivencia con dinero.
Loto se quedó mirándola.
Luego soltó una carcajada.
Mientras tanto, bajo el árbol, Xie Lang abrazaba su libro contra el pecho, con las mejillas todavía encendidas.
—Dos besos...
Sonrió como un tonto.
Ni siquiera sabía qué materias tendría que estudiar ni cuándo serían los exámenes. Tampoco le preocupaba demasiado la posibilidad de suspender.
Porque acababa de descubrir que su esposa podía ser increíblemente dulce cuando quería algo.
Y él estaba dispuesto a darle todo lo que pidiera.
Aunque tuviera que estudiar hasta quedarse ciego.
Aunque tuviera que memorizar todos los libros de la biblioteca imperial.
Aunque tuviera que convertirse en el mejor estudiante del reino.
¡Con tal de recibir aquellos dos besos!
Lo que Xie Lang ignoraba era que Alma ya había empezado a diseñar un horario de estudio tan brutal que incluso los profesores imperiales sentirían compasión por él.
Y lo que Alma ignoraba era que su peor enemigo acababa de encontrar una motivación mucho más poderosa que cualquier recompensa económica.
Porque mientras ella estudiaba cómo conseguir sus tierras, él ya estaba soñando con cómo conseguir el tercer beso.