Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 16
Capítulo 16. ¿Podré pagarlo?
Esa misma noche, apenas Lucía cruzó la puerta de la casa, supo que algo había cambiado. La estaban esperando otra vez. Pero no con la cara de tribunal de la otra vez. Con otra cara. Con una sonrisa.
Y las sonrisas de esa familia le daban más miedo que los gritos.
—Mira quién llegó —dijo Brenda, dulcísima, saliendo de la cocina—. Nuestra Lucía. ¿Dónde andabas, eh? Te vimos hoy. En un restaurante bien elegante. Con gente de mucho dinero.
Lucía sintió que se le helaba la sangre, pero no lo dejó ver. Colgó la bolsa con calma.
—Fui a comer con Fernanda. Ella pagó. Ya la conocen, tiene buen carro.
—¿Nada más Fernanda? —Gerardo se acercó, con las manos en los bolsillos y esa falsa despreocupación de cuando quería sacar algo—. Porque había unos señores ahí. De traje. De coche del año. ¿No será que ya te conseguiste a alguien y no nos has dicho, hermanita?
Ahí estaba. Lo que ella se temía. Habían olido el dinero, y ahora iban a perseguir ese olor como perros.
—No tengo novio —dijo, con una firmeza tranquila—. Y aunque lo tuviera, sería asunto mío. Los señores esos ni los conozco, estaban en otra mesa. No inventen.
—Uy, "asunto mío" —la remedó Brenda, con la mano en la cadera—. Desde que andas de independiente todo es "asunto tuyo". Antes no eras tan misteriosa. ¿Qué nos escondes?
—No escondo nada. Escondo que no hay nada que esconder, que es distinto. —Lucía se quitó los zapatos, cansada—. Fernanda me invitó a comer. Fin de la historia. Si quieren, márquenle y le preguntan.
Eso las calló un momento, porque a Fernanda le tenían un poco de miedo: era la única del entorno de Lucía que les contestaba de tú por tú y no se dejaba.
—Uy, qué carácter —doña Rosa entrecerró los ojos—. Yo nada más digo que si te sale un buen prospecto, uno con dinero, no seas tonta como con Ubaldo. Piensa en tu familia. Un yerno rico nos vendría bien a todos.
A todos. Otra vez a todos. Lucía casi se rio.
—Me voy a dormir —dijo, cortando la conversación—. Mañana trabajo.
Se encerró en su cuarto y se recargó en la puerta, con el corazón latiéndole fuerte. Ahora entendía, con una claridad definitiva, por qué tenía que irse cuanto antes. Si esta familia llegaba a creer que había un hombre con dinero cerca de ella, la venderían al mejor postor sin parpadear. Mientras más rápido desapareciera de esa casa, y mientras menos supieran de su vida, más a salvo estaría.
Sacó el teléfono. Miró, por enésima vez, el saldo de su tarjeta secreta. Y le escribió un mensaje a Doña Carmen: que sí, que quería el departamento, que iría el lunes a arreglar todo.
—
El lunes llegó, y con él, los nervios.
Lucía volvió a Polanco, volvió a esa torre de cristal que parecía tocarle el cielo con la punta, y otra vez, parada en la banqueta con su bolsa de tela, se sintió una intrusa. La otra vez había venido deslumbrada, casi de visita. Hoy venía a decir que sí, a comprometerse con una renta, y el peso de esa palabra —renta, cada mes, sin falta— le apretaba el pecho.
¿De verdad podré pagarlo?, se preguntó, mirando el vestíbulo de mármol. ¿De verdad una como yo puede vivir en un lugar como este?
Las cuentas se le repetían en la cabeza como un rezo angustiado. El depósito. El primer mes. Lo que le quedaría para comer mientras entraban encargos. Por más vueltas que le diera, los números no cerraban solitos; necesitaba que la renta fuera un milagro, y los milagros, en su experiencia, no abundaban.
Aun así, entró. El portero la reconoció y la dejó pasar con una inclinación de cabeza, como si perteneciera ahí, y ese gesto pequeño —que la trataran con respeto, sin medirla, sin sospechar de ella— le hizo un nudo tibio en la garganta. En su colonia, los porteros no existían. En su casa, nadie le sostenía la puerta.
Subió en ese elevador de espejos y música suave, y con cada piso que subía se le aceleraba más el corazón: piso quince, dieciocho, veinte. Se miró de reojo en el espejo. Se acomodó un mechón. Se dijo que no importaba el suéter zurcido, que había venido a rentar, no a un desfile.
Una parte de ella tenía pánico de que la renta fuera imposible y tuviera que dar media vuelta, humillada, y volver a esa casa a decir que no había podido, a aguantar el "te lo dije" de su mamá y la burla de Brenda. Otra parte, pequeña y terca, la que había juntado peso por peso durante años en una tarjeta secreta, se atrevía a soñar que esta vez, por una vez, algo iba a salirle bien. Que existía en algún lugar del mundo una puerta que se abriera para ella sin cobrarle el alma a cambio.
Pensó, sin querer, en el cliente del vestido. En cómo la había mirado en el desfile, en el restaurante, como si ella valiera algo. Se enojó consigo misma por pensarlo justo ahora, cuando lo que necesitaba era concentrarse en la renta y no en un hombre imposible que jamás se fijaría de verdad en una costurera. "Deja de soñar tonterías", se dijo. "Un techo primero. Lo demás, nunca."
El elevador se detuvo en el veintidós con un timbre suave.
Las puertas se abrieron. Al fondo del pasillo alfombrado, una puerta estaba entreabierta, con una raya de luz cálida escapándose al corredor. La esperaban.
Lucía respiró hondo, apretó la correa de la bolsa contra el hombro y caminó hacia esa puerta como quien camina hacia el resto de su vida. Cada paso sobre la alfombra la acercaba a un "sí" o a un "no" que iba a decidir mucho más que dónde iba a dormir: iba a decidir si por fin se atrevía a creer que merecía algo bueno, o si volvía, con la cabeza gacha, a la casa que la había exprimido.
—¿Podré pagarlo? —se preguntó por última vez, en voz baja.
Levantó la mano para tocar.